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Estamos en guerra: ¿una profecía que se cumple a sí misma?

Entender la violencia se ha convertido en un tema recurrente a partir del estallido social. ¿Qué motiva la acción de los encapuchados, los abusos por parte de las fuerzas del orden y los saqueos a locales comerciales? Algunos responsabilizan una educación insuficiente, la desesperanza adquirida, las expectativas de la juventud “millenial” o la crisis de los valores tradicionales. Otros, en relación con la conducta de las fuerzas policiales, señalan como factores explicativos la incompetencia de las autoridades de gobierno, la actitud violenta de los propios oficiales o la cultura represiva de los altos mandos militares.

Es probable que todas estas variables contribuyan al fenómeno. Sin embargo, a nuestro juicio, aquellas no explican, por sí solas, como la violencia escala en una manifestación y conducta aislada de unos pocos individuos, a describir de manera generalizada y recurrente la acción de una parte considerable de grupos sociales. Para comprender aquello, como sugería el sociólogo norteamericano Robert R. Merton en su libro “Social Theory and Social Structure” (1949), no debemos buscar las causas en los atributos y motivaciones personales de cada sujeto, sino más bien en el plano de las estructuras sociales, y particularmente, en la interrelación entre medios institucionalizados y fines culturales. Según señala Merton, cuando existe una coincidencia entre medios y fines, la sociedad opera de manera conservadora, sin alterar sus estructuras. Por el contrario, cuando los dos están en disonancia entre sí, se dan las condiciones para una crisis social.

En situaciones normales, la sociedad se rige por expectativas compartidas, por ‘normas simbólicas’ que respetamos precisamente porque podemos dar por sentado que otros las respeten también: de este modo, pagamos por adquirir ciertos bienes y servicios pues asumimos que los demás harán lo mismo y que quien no lo haga será sancionado por el orden público; asimismo, respetamos a quienes están encargados de mantener ese orden público porque suponemos que los demás lo harán y también porque creemos que los oficiales de policía actuarán conforme a lo que la ley establece; aceptamos que quien ocupa posiciones de autoridad pueda decidir por nosotros porque creemos que los demás también aceptarán esas mismas decisiones y, quizá más importante, porque presumimos que las autoridades decidirán en razón de los intereses movilizados por la opinión pública y que podrán ser removidas del cargo si no lo hacen.

La convivencia cotidiana se funda en el hecho que su validez es auto-evidente. Por lo mismo, puede permanecer por largo tiempo incuestionada. Incluso cuando es puesta en tela de juicio, por ejemplo, cuando se acusa a la ley de ser ilegitima, a los políticos de ser corruptos, los propietarios de haber obtenido su fortuna mediante fraudes, es posible todavía aceptar el rol de las instituciones solo por la creencia de que otros también las aceptarán y que quienes no, serán marginados y castigados. De esa manera, la sociedad se conserva y reproduce, pese a saberse a sí misma improbable e imperfecta. Por el contrario, cuando su plausibilidad empieza a decaer, se hace espacio para la incertidumbre sobre si una determinada norma será efectivamente aceptada por otros. Es aquí cuando se abre el espacio para soluciones alternativas al problema, para la innovación y una mayor creatividad. Pero con ello caen – o se suspenden – los fundamentos de cualquier comunicación orientada al consenso.

La violencia aparece entonces como una opción válida. Cuando algunos evaden la propiedad privada o pública sin ser sancionados, no es sólo el propietario que se ve afectado, si no la propia idea de propiedad, en tanto saquear o destruir se hacen parte de la normalidad. Cuando vemos que la ley se aplica sin medida y sin legitimidad y que otros se resisten a quien busca castigarlos, lo que se pierde es el valor de la ley misma. Y cuando vemos que los políticos no saben responder, cuando más de nueve décimos de la opinión pública está en contra de ellos, lo que se derrumba es el propio valor de la autoridad democrática.

En tal contexto, cuando todas las normas sociales pierden su plausibilidad, se hace patente lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben llama la “vida desnuda”: una comunicación carente de presupuestos y centrada exclusivamente en el manejo del cuerpo. Entonces, el ser humano al frente, no es alguien del cual se pueda presuponer disposición a la argumentación y al cambio, sino un obstáculo para la imposición de la propia idea de lo correcto, un enemigo frente al cual las únicas opciones son subyugar o ser subyugado.

 

Afortunadamente, y a pesar de los temores del gobierno y las expectativas de un sector de los manifestantes, las normas sociales en las que descansa la convivencia de los chilenos parecen resistir todavía.

Ciertamente, su eficacia como medios institucionalizados aceptados en el sentido de Merton no es directa, como antes, pero ellas todavía definen el ámbito de lo que debiese esperarse: constitución democrática, acceso justo al sistema de la salud, educación de calidad, reducción de las desigualdades basadas en el origen socioeconómico y política medioambiental sustentable.

El reclamo reconoce la deseabilidad de los valores de la modernidad y su importancia como horizonte normativo común y, dentro de este marco, demanda, con rabia, que dichos valores puedan (¡al fin!) ser efectivamente realizados con los medios tradicionales.

De esta manera, el valor de las normas persiste, más se reconoce que ellas ya no describen lo que es, sino lo que debe ser

El problema es que cuando estas normas sociales ya no describen la realidad sino lo deseable, lo contra fáctico, se hace más probable aceptar definitivamente su ineficacia y descartarlas de una vez. Esta es la situación sociopolítica actual del país: un delicado equilibrio, sustentado en la esperanza, por parte de la clase política y de los protestantes, que aún es posible identificar una vía racional para alcanzar las promesas de desarrollo a pesar de la desconfianza mutua. Si este equilibrio es alterado, se abre espacio para alternativas, como la violencia, que no requieren ampararse en normas sociales, sino que justamente se nutren de la ausencia de aquellas. Así, manifestantes se convierten en violentistas, transeúntes en saqueadores y las fuerzas del orden, en abusadores.

Considerado lo anterior, el discurso bélico avanzado desde los primeros días por el presidente Piñera y reforzado con las medidas propuestas, centradas en fortalecer en orden público y perseguir a quienes hagan “desórdenes”, corren el riesgo de generar una mayor radicalización de los actores involucrados al confirmar la realidad de la retórica del enfrentamiento. Dicho enfrentamiento, puede acentuar la oposición entre bandos, contribuyendo a un debilitamiento más profundo de las mismas normas sociales. Se genera así un espiral, una escalada marcada por la adopción de más violencia como único medio si no para convivir, sí para seguir viviendo.

 

Julio Labraña.

Marco Billi.


Seminario Internacional “Pobreza Energética: Adaptación y Mitigación en la transición Energética Latinoamericana”

20/11/2019

Seminario Internacional “Pobreza Energética: Adaptación y Mitigación en la transición Energética Latinoamericana”.

¿Cuándo?: 27, 28 y 29 de noviembre 2019.

NUEVA UBICACIÓN:

Miércoles y jueves (todo el día);  viernes (solo por la tarde): Colegio de Ingenieros, Sta. María 506, Providencia. Metro Salvador, Santiago.

Viernes mañana: Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, Av. Portugal N°84, Santiago.

Revisa aquí el PROGRAMA COMPLETO de los paneles de discusión y actividades

Seminario gratuito, previa inscripción AQUÍ


Crisis social y ecológica: la necesidad de un nuevo modelo de gobernanza

Estos últimos días nos remece una avalancha de emociones. En un mismo día podemos pasar rápidamente de los malestares a las preocupaciones, de la incredulidad a la indignación, pero también se hace espacio la esperanza.

Los problemas que enfrentamos son graves y urgentes, deudas pendientes de hace mucho tiempo que demandan reflexiones y diálogos profundos para poder salir de esta crisis, sumado a situaciones actuales que son inaceptables. Bajo este contexto, no es fácil volver a mirar la relación que existe con las condiciones socio-ambientales y el desafío que nos trae el cambio climático.

Sin embargo, no podemos pensar en la crisis social sin asumir la crisis ecológica, menos ahora que vemos que se abren nuevos caminos en el momento constituyente que ya está en marcha, y que nos permiten, por primera vez en nuestra historia, hacernos cargo de los desafíos climáticos que el país debe enfrentar de manera seria y a largo plazo. Perdernos en atacar los síntomas sin preocuparnos de la enfermedad es hipotecar el futuro de todo el país.

La evidencia científica es tan abrumadora como incontestable, Chile es un país altamente vulnerable frente al cambio climático.

Es muy claro en identificar las amenazas climáticas (ej. sequías, aluviones, incendios, olas de calor, marejadas, etc.), pero queda mucho por saber sobre sus consecuencias sociales.

Sin embargo, sabemos que el impacto social de las amenazas climáticas está relacionado estrechamente con la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra una gran cantidad de nuestra población y la actual crisis social no ha hecho otra cosa que recordárnoslo de la manera más dramática.

Además hay ciertos elementos que ya hemos identificado como críticos.

(1) Las consecuencias del cambio climático afectan más a los grupos vulnerables, tanto por su fragilidad frente a diversas crisis como por su dependencia de las decisiones de los grupos dominantes.

(2) Las amenazas climáticas profundizan los problemas ambientales ya existentes, por las condiciones de sobreexplotación de los recursos, y las debilidades institucionales para proteger ecosistemas y resguardar el uso común de los recursos.

(3) Contamos con poca información sobre las condiciones en las cuales los territorios enfrentan estas amenazas actualmente (considerando tanto su sensibilidad como su resiliencia) y lo poco que existe no está siendo utilizado para la toma de decisiones.

El desafío que enfrentamos es gigantesco: debemos poner en marcha las transformaciones estructurales que el país necesita para reducir la desigualdad y la injusticia social, considerando los riesgos climáticos actuales y futuros, así como los co-impactos que produzcan las medidas que se establezcan.

Un ejemplo es la transición energética, ineludible e impostergable, que no debiese perjudicar a los sectores vulnerables, ya sea por el aumento del costo de la vida, los cambios en las posibilidades de empleo o la afectación de ecosistemas.

La frase anterior no es trivial: “debemos poner en marcha las transformaciones estructurales que el país necesita” y esto implica como tomar decisiones colectivas vinculantes de forma legítima (nuevo pacto social) y decidir cómo se utilizará el territorio y la capacidad que tendrán las comunidades que viven en ellos para definir los cambios necesarios que permitan enfrentar las amenazas (fin al neoliberalismo desatado).

Además,  fortalecer las capacidades institucionales para la toma de decisiones con una proyección de largo plazo (2050), la participación de las comunidades y la consideración de diferentes fuentes de conocimiento (gobernanza policéntrica).

Para lograr una transformación de esta envergadura necesitamos una discusión profunda, que permita reconocer los diferentes conocimientos existentes sobre los fenómenos involucrados, desarrollar estructuras de coordinación entre múltiples esferas, fortalecer nuestras condiciones de resiliencia (disminuyendo la dependencia de pocos sectores productivos altamente sensibles al clima y propensos a la sobreexplotación, restaurando ecosistemas, fortaleciendo capacidades institucionales para identificar riesgos e implementando cambios en las zonas vulnerables) y activando un amplio proceso deliberativo que nos permita definir el futuro que queremos.

Con tristeza, pero realismo, fuimos conscientes que la COP25 no podía realizarse en Chile bajo las condiciones actuales. No habría sido responsable haber puesto en riesgo a nuestra población por las medidas extremas de seguridad que se habrían tomado para mantener la “normalidad”, poniendo en peligro al mismo tiempo las urgentes negociaciones climáticas.

Ahora, estando más lejos de esta pérdida, debemos retomar la agenda interna con más fuerza que antes.

El cambio climático no es una preocupación de científicos y activistas globales, es un problema de desigualdad que nos golpea con fuerza y hará crecer aún más la situación de vulnerabilidad y desigualdad territorial de nuestro país. Debemos ser parte de estos procesos, para que la anhelada transformación social sea también una transformación socio-ecológica.

Estos cambios no pueden hacerse en un panel de expertos o entre actores políticos que tomen decisiones de espaldas a la ciudadanía.

Hablamos de transformaciones profundas, difíciles de llevar a cabo en procesos urgentes, pero tremendamente necesarias para abordar los problemas de raíz. Los desafíos climáticos urgen por una mejora en la capacidad de tomar decisiones en los propios territorios, que fomenten la participación real de la comunidad, dejando ámbitos de regulación a nivel nacional, pero con espacios de innovación y coordinación entre ambos espacios.

Ya en el año 2009, la premio Nobel de Economía Elinor Ostrom nos hablaba de una “gobernaza policéntrica” para referirse a esta forma de gobernar los recursos comunes, respetando la soberanía territorial de los habitantes en diferentes niveles, valorando las estrategias de resolución de conflicto y tejido social a nivel local.

La crisis actual también puede ser observada como una “fisura en el régimen” (hablando en el lenguaje de las llamadas “transiciones socio-técnicas”) y, por lo tanto, es una oportunidad de cambio estructural que es urgente de lograr.

Estamos en un momento decisivo o transformamos nuestra sociedad o quienes sobrelleven las consecuencias del cambio climático serán solo los más privilegiados de los privilegiados.

Acompañando un proceso constituyente, la planificación de largo plazo que debemos impulsar en nuestro país (como parte también de nuestros compromisos internacionales para enfrentar el cambio climático) nos podría permitir establecer una verdadera perspectiva de Estado que vaya más allá del gobierno de turno, y que nos permita definir cómo viviremos ahora y en el futuro, considerando los diversos riesgos a los que nos enfrentaremos y fortaleciendo la resiliencia para enfrentarlos.

Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, investigadora del Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia (CR)2 y Coordinadora de la Red de Pobreza Energética.

Disponible en cooperativa.cl

Una guerra de sombras: Piñera y el estado de crisis

Hay una práctica común en todo líder en apuros extraordinarios: atribuir la responsabilidad de sus pesares a un enemigo poderoso, firmemente articulado y que tiene por único propósito desestabilizar su posición. Es poco lo que se puede hacer frente a este enemigo. Si bien su amenaza parece en un principio venir de fuera, con el paso del tiempo ésta se hace cercana, convirtiendo a contactos confiables en enemigos. La infección se extiende, piensa el líder, el enemigo está ya en el hogar y toda acción adquiere una necesidad inmediata, urgente.

Retóricas similares aparecen frecuentemente en la historia. Una de las más recientes es la histeria del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ante una posible conspiración del “deep state” para acabar con su administración. Este enemigo se extiende por medios de comunicación, partidos políticos (¡incluso el propio!) y distintos representantes nacionales e internacionales. Ejemplos de décadas anteriores, ciertamente más graves, la ofrecen Hitler y Stalin que, en sus momentos finales, fueron también presos de una desconfianza radical respecto de sus antes cercanos y de la tentación de explicar sus pesares por un agente difuso e invencible. Para Chile resulta difícil no pensar en el Plan Z y la amenaza de establecer la dictadura del proletario como un ejemplo de esta tendencia.

Del mismo modo, el presidente Piñera no se da cuenta que está enfrentando una crisis producto de las desigualdades y exclusiones cuya existencia resulta cada día menos justificable, sino que en cambio aspira a presentarse como el último baluarte en la “guerra contra un enemigo poderoso”. Este Gran Otro se manifiesta, para su Ministro del Interior, en una “escalada organizada para causar un grave daño a nuestro país y a la vida de cada uno de los ciudadanos” que, como expresa con temor la Primera Dama en privado, tiene por intención nada menos que “romper toda la cadena de abastecimiento, de alimentos, incluso en algunas zonas el agua, las farmacias”. Esta narrativa ofrece una rápida simplificación de una situación compleja y, al mismo tiempo, ofrece una línea de acción clara para la toma de decisiones.

Cabe destacar que esta tentación por la adopción de narrativas simplificadoras no es exclusiva del gobierno. Para los movimientos sociales de distinto cuño que protagonizan las protestas el Gran Otro es representado por el modelo neoliberal, acusado de ser motor no de desarrollo, sino de toda desigualdad, todo malestar, toda degradación ambiental, todo privilegio y toda corrupción. Para esta narrativa, la promesa de progreso y bienestar articulada por los sostenedores del modelo neoliberal es una invención retórica dirigida a legitimar los abusos de unos pocos. Por lo cual, derrocar este modelo y sus elites económicas y políticas se describe como el camino para abrir las puertas para un Chile mejor y más justo.

Alrededor de esta contra narrativa se articula una protesta que, precisamente por tener una convicción compartida, no requiere de una organización formal. Pero para el Ejecutivo y las élites que este representa, incapaces de entender que el mundo de creencias que en los años fueron construyendo y que terminaron creyendo ha dejado de ser convincente para los demás, pero bien conscientes de cómo la contra narrativa emergente significa un ataque a sus privilegios, evocar la existencia de una tal organización termina siendo quizás la explicación más plausible. Emerge de este modo el Gran Otro, el enemigo poderoso y organizado que aterroriza hoy en día al gobierno de Piñera.

La consecuencia de esta guerra de sombras es la tendencia a extremar y polarizar las perspectivas: primero que todo la del Ejecutivo ensimismado en una guerra contra su Gran Otro, pero también aquella de los protestantes, no dispuestos a ningún compromiso con los que ven esencialmente como abusadores y represores. La bajada de fuerzas militares a la calle radicaliza aún más esta posición, puesto que, para muchos, aquello implica ‘retroceder el reloj a 1973: otras sombras, más siniestras y nunca olvidadas, dan nueva fuerza -y nueva unidad- al movimiento, que a la lucha por la igualdad suma ahora también la defensa de una libertad que se siente crucialmente amenazada.

Con eso, se restringe el espacio para un diálogo constructivo en pro de una reforma que supere los reduccionismos de la narrativa neoliberal sin paralizar el país en un tira-y-afloja permanente (a todo desmedro de la población común y sus necesidades) ni conducir a una escalamiento de la violencia. En este contexto, quizás el riesgo mayor de la situación actual es que, frente al Gran Otro que construyeron para sí, los miembros de la actual élite dirigente reaccionen como animales acorralados, incompetentes por escucharla y canalizarla institucionalmente, incapaces de huir sin perder todo lo que ellos creen haber ganado y que otros le acusan de haber robado, sin otra opción que luchar: animales acorralados, sí, pero (¡detalle importante!) con el monopolio de la violencia de la nación, y con cada día menos que perder y menos escrúpulos para usarla pues, en su visión de mundo, este enemigo extraordinario requiere también de medidas extraordinarias.

Julio Labraña. Investigador RedPE.

Marco Billi. Investigador RedPE.

Columna disponible en el mostrador

Pobreza energética y teletrabajo ¿Una nueva fuente de desigualdad social?

Gentileza: Energía y Equidad
Autores:  Maximiliano Proaño e Ignacio Sánchez

Si bien el teletrabajo era considerado una creciente tendencia en distintos países con anterioridad a la crisis global originada por el COVID-19, lo cierto es que el explosivo crecimiento que ha tenido esta modalidad de ejercer la actividad laboral, encontró a muy pocos sectores y servicios preparados para llevarlo a cabo adecuadamente. A primera vista el teletrabajo puede ser percibido como positivo para trabajadoras y trabajadores, mayor flexibilidad para disponer de su tiempo, ahorro de tiempo y de dinero al no tener que efectuar los, muchas veces extensos, desplazamientos desde casa al hogar y viceversa. En general han sido las empresas las que han tenido sus aprehensiones en aplicar el teletrabajo, por su conservadora visión de que el jefe tiene que estar encima del trabajador o trabajadora para que  produzca adecuadamente. Sin embargo, a los pocos meses de la implementación forzada del teletrabajo por el confinamiento decretado en la mayoría de los países, ha quedado de manifiesto, que quienes más tienen que perder son las trabajadoras y los trabajadores. Esto por dos razones, la regulación es inexistente o débil y las condiciones materiales de la mayoría de la fuerza laboral para trabajar desde el hogar, no son las adecuadas.

En Chile, la ley que modifica el código del trabajo en materia de trabajo a distancia, lo define como “aquel en el que el trabajador presta sus servicios, total o parcialmente, desde su domicilio u otro lugar o lugares distintos de los establecimientos, instalaciones o faenas de la empresa”. Si bien la ley de teletrabajo aprobada en plena crisis sanitaria, fijó un derecho a desconexión de al menos 12 horas, también establece que “las partes podrán acordar que el trabajador quede excluido de la limitación de jornada de trabajo”. Al abrir la puerta la ley para un aumento de la jornada laboral “de común acuerdo”, y dado el desequilibrio en la relación entre empleador y trabajador, podrá implicar en la práctica que trabajadoras y trabajadores trabajen horas extra sin pago adicional. En efecto algunas críticas que se le hacen al teletrabajo o trabajo a distancia es que ha significado “una tendencia a la flexibilización de las condiciones de trabajo, encubrimiento de la relación de dependencia, aumento de la jornada de trabajo, además de los perjuicios que pueda implicar el aislamiento y las complicaciones que puedan provenir de desarrollar el trabajo en un ambiente no diseñado para eso como es el hogar en el caso del teletrabajo domiciliario”.

Si bien la mayoría de los países latinoamericanos han implementado medidas para facilitar el teletrabajo, son muy pocos los que poseen una regulación especial para su implementación. En Argentina aún se encuentra en tramitación un proyecto de ley en la materia, mientras que Colombia reguló el teletrabajo hace 12 años.

En los países latinoamericanos una dificultad adicional para el teletrabajo es que parte importante de los hogares padecen la pobreza energética. Aunque es un tema que tiene sólo algunos años y no se ha podido enmarcar en una medida general, comúnmente se entiende pobreza energética como “la incapacidad de asegurar los niveles necesarios de energía en el hogar, esto significa vivir en una casa imposible de enfriar o calentar, iluminar o mantener electrodomésticos, debido a las facturas excesivas de energía, los bajos ingresos y la mala eficiencia energética. Las personas con poca energía son más vulnerables a los riesgos de salud como las enfermedades respiratorias y las enfermedades mentales”. Desde Taller Ecologista han observado que el “concepto de pobreza energética ha sido elaborado como una forma de comprender la relación entre el estado de privación vivenciado por el actor social y su relación con las fuentes y el acceso a la energía”. 

Como ejemplo, de acuerdo a la Red de Pobreza Energética, 35.900 chilenos y chilenas no poseen acceso a electricidad, mientras que el porcentaje de la población que declara pasar frío en su hogar en invierno corresponde a un 34% del segmento pobre, un 27% del segmento vulnerable y un 21% de la clase media baja. Sumado a lo anterior, los efectos en las condiciones estructurales del hogar (disminución de ingresos, mayor permanencia de los habitantes en el hogar, mayor número de los mismos, etc.) pueden hacer cruzar la línea de pobreza energética a hogares que antes no la presentaban.

Trabajar desde el hogar debido al COVID-19 implica integrar por parte del trabajador, costos asumidos normalmente por el empleador, como son la insumos de trabajo (Computadores, teléfonos, papelería, etc), Servicios relacionados (Internet, electricidad, Servicios sanitarios) y infraestructura mínima (espacio de trabajo, iluminación adecuada y mobiliario correspondiente). Costos que significan indudablemente un aumento en el costo de vida para todos los hogares volviéndose insalvable para hogares en pobreza energética y sumiendo a muchos otros en la misma.

En un segundo punto, las familias de bajos ingresos mantienen un gasto mayor en proporción de energía que los estratos medios y altos (ver gráfico). Lo anterior no quiere decir que mantengan energía de mayor calidad, en Chile, en especial en la zona centro-sur el uso de leña es preponderante y genera una alta tasa de material particulado, con el efecto del COVID-19 y la permanencia en el hogar en paralelo de la llegada del invierno, las emisiones aumentarán en su magnitud y ventana horaria, apareciendo horarios con alta contaminación que no existían.

Adicionalmente lleva a una mayor atención a la elevación del material particulado en casos de contaminación intradomiciliaria o de hacinamiento, debido a que ha encontrado que el COVID-19 podría aumentar su permanencia en el aire debido este tipo de partículas y una relación directa con la incidencia y gravedad de enfermedades respiratorias.

También existen correlaciones entre la contaminación y la disminución de la capacidad de toma de decisiones afectando directamente la productividad, elemento que puede afectar colateralmente a calidad y percepción del trabajo realizado a distancia.

En un tercer punto es el efecto de las brechas de género en términos de cuidados en el hogar, donde directamente una mayor tasa de incidencia de enfermedades, agravadas por la contaminación, aumenta las labores de cuidado que son principalmente realizadas por mujeres manteniendo una presión y crisis permanente cuando existe el teletrabajo, al tener que lidiar simultáneamente con mantener un buen desempeño laboral y caer en deficiencia de los cuidados y viceversa, agravando las condiciones estructurales.

Creemos que el desarrollo de la crisis del COVID-19 plantea un escenario complejo con mucha incertidumbre de por medio, en el cual más que plantear respuestas inmediatas y efectistas para el teletrabajo es necesario contar con la información adecuada para realizar las preguntas acertadas.

Las causas que generan la pobreza energética son multidimensionales y se deben tomar en cuenta todas sus aristas, considerando como base mínima regulaciones que no traspasen los costos estructurales del empleador en los y las trabajadoras, no siendo solamente los costos propios del trabajo diario, medidas que prevean también los costos y externalidades negativas amplificadas de la estadía permanente en un ambiente intradomiciliario contaminado, tanto en la remuneración, diferencias de género,  el desempeño como en la exigencia esperada. 

Si los procesos de implementación masiva del teletrabajo no consideran lo anteriormente expuesto, especialmente en las condiciones de pobreza energética en que se encuentran muchos hogares en latinoamérica, es posible advertir que el teletrabajo puede significar una nueva forma de profundizar la desigualdad entre quienes cuentan con las condiciones para ejercer el teletrabajo en el hogar y quienes no las tienen, o al menos no para lograr un desempeño adecuado.

Publicación disponible en Energía y Equidad

U. de Chile presentó documento para enfrentar los desafíos de la pobreza energética en el país

A partir del trabajo colaborativo y transdisciplinario impulsado por la Red de Pobreza Energética, se realizó el lanzamiento de la investigación “Acceso equitativo a energía de calidad en Chile. Hacia un indicador territorializado y tridimensional de pobreza energética”, que permitirá implementar metodologías para medir este fenómeno adaptándose a la realidad nacional.

 

Gentileza Comunicaciones VID
Con el objetivo de contribuir con el acceso equitativo a la energía de calidad en el país, el jueves 11 de julio la Red de Pobreza Energética (RedPE) de la Universidad de Chile, lanzó un documento transdisciplinar elaborado por más de 20 profesionales de diversos centros, casas de estudio e instituciones estatales, que desarrolla dos propuestas para cuantificar este fenómeno. La iniciativa fue presentada frente a autoridades, académicos, investigadores y representantes de organismos gubernamentales, destacando nuevas metodologías e instrumentos coherentes con las necesidades del contexto nacional.
Asimismo, en el evento realizado en Casa Central y presidido por el Rector Ennio Vivaldi, la Universidad firmó acuerdos de colaboración con el Instituto Forestal de Chile (INFOR), la Fundación TECHO Chile, la Asociación Chilena de Energías Renovables (ACERA) y la ONG Adapt Chile. Estas alianzas trabajarán en ámbitos asociados a la gestión climática, desde la planificación de estrategias sectoriales asociadas a la pobreza energética como campo de acción.
En la inauguración, el Rector Vivaldi destacó parte de los desafíos en este ámbito. “Los grandes problemas de la sociedad actual no se resuelven desde una disciplina en particular. En este sentido, la pobreza energética es un tema que requiere mirada transdisciplinaria para desarrollar una solución integral. Por otro lado, es fundamental confrontar la realidad con datos factuales y no sólo valorativos. Si no partimos por conocer estas definiciones, no se puede entender empíricamente lo que está ocurriendo en el país para generar un diagnóstico y soluciones acordes a las necesidades de toda la sociedad”, señaló.
Los investigadores de la RedPE presentaron los principales resultados de la investigación desarrollada desde 2015 con otras instituciones públicas y privadas. Parte de éstos, indican que la pobreza energética en Chile se expresa en una mala eficiencia de las viviendas, bajo confort térmico, gasto excesivo de energía, e interrupciones del suministro eléctrico. Por ello, la agrupación propone indicadores territoriales y tridimensionales para construir políticas públicas, que avancen hacia una caracterización más compleja de este problema.
Para la coordinadora de la RedPE y académica de la Facultad de Ciencias Sociales, Anahí Urquiza, esta realidad representa uno de los tantos desafíos del país en materia energética. “Debemos seguir trabajando por generar conciencia sobre este fenómeno como un problema social en Chile. Es fundamental trabajar colectivamente y en diálogo con la sociedad civil. Desde la colaboración podremos pensar en estrategias sectoriales, además de hacernos cargo de las necesidades de nuestra población y las diferentes condiciones de desarrollo en regiones. Este tema no se soluciona sólo con políticas públicas y por ello es fundamental generar otras herramientas y dinamizar el mercado”, agregó.
La investigación impulsada por la RedPE expone que actualmente más del 66% de los hogares chilenos presenta problemas de eficiencia energética y un 21% de las personas declara pasar frío al interior de sus viviendas en época invernal. Producto de estas dificultades, múltiples familias no pueden asegurar necesidades básicas como calefacción, ventilación, agua caliente sanitaria y la opción de cocinar o refrigerar alimentos, entre otras actividades asociadas a la confortabilidad térmica.
La gerente de INFOR de la sede Los Ríos, Alejandra Schueftan, integró la mesa de diálogo del conversatorio “Pobreza energética y desafíos sectoriales”, junto a representantes de las otras tres instituciones que firmaron convenios de colaboración con la Universidad. “Uno de puntos más importantes de este contexto es la brecha en información técnica sobre eficiencia energética y cómo hacerla llegar a los diversos actores, sobre todo cuando se trata del usuario. Además de atender los lenguajes y formatos utilizados, se ha vuelto fundamental generar modelos de financiamiento para incorporar al sector privado en esta gestión”, comentó.
En tanto, el jefe nacional de Ingeniería y Construcción de Techo Chile, Carlos Westermeier, concluyó que “el contexto ha cambiado bastante y hemos debido replantear soluciones. El problema de la pobreza energética no se soluciona en la vivienda, sino también entregando conocimiento a las comunidades y las familias con las que trabajamos. Desde hace dos años comenzamos a hablar sobre este fenómeno, pues impacta en la manera de diseñar los hogares. Cada territorio tiene ciertas particularidades que deben ser abordadas desde distintas formas y por ello hemos insistido en colaborar con otras instituciones”.
El documento de la RedPE propone conceptualizaciones e indicadores territoriales y tridimensionales de pobreza energética, para impactar la política pública en esta materia.
El evento realizado en Casa Central de la U. de Chile, fue presidido por el Rector Ennio Vivaldi, quien destacó los desafíos para enfrentar este fenómeno.
La coordinadora de la RedPE y académica de FACSO, Anahí Urquiza, agregó la importancia de entender la pobreza energética como un problema social de Chile.
La iniciativa contó con la participación de INFOR, Techo Chile, Adapt Chile y ACERA; instituciones con las que la U. de Chile firmó convenios de colaboración para la gestión climática.

Seminario “La Cultura de la Pobreza en Chile”

11/06/2019

La conceptualización de la Pobreza es uno de los grandes desafíos del desarrollo en América Latina para su abordaje y resolución. Su medición, en especial de su dimensión socioeconómica, es fundamental para la focalización de políticas y programas sociales, y la comprensión patrones de consumo para la ampliación del mercado.

En este sentido, si bien nuestro país ha mostrado un progresivo avance en la reducción de la pobreza en comparación al resto de la región, siendo uno de los países que casi ha erradicado la pobreza extrema (CEPAL, 2019), se observa la emergencia de problemáticas que tensionan estas cifras, complejizando la concepción economicista de la pobreza y apuntalando una comprensión de la pobreza como modo de vida.

Por esta razón, y en el marco de la cátedra de Antropología Sociocultural de la carrera de Trabajo Social de la Universidad de Las Américas, el presente seminario tiene por objetivo generar un espacio de reflexión y aproximación conceptual-metodológica de la cultura de la pobreza en Chile. En este sentido, este seminario se propone: i) Propiciar un análisis crítico de la conceptualización de la cultura de la pobreza en Chile en un marco de referencia latinoamericano; ii) Discutir el abordaje conceptual de dimensiones/problemáticas emergentes de la pobreza en Chile desde las miradas técnicas y académicas; y iii) Sistematizar los contenidos y discusiones vertidas de este seminario para su posterior divulgación.

Expositores: Dra. María Antonieta Urquieta. Doctora en Trabajo Social y políticas comparadas de bienestar social por la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. Magister en Trabajo Social y Políticas Sociales de la Universidad de Concepción. Licenciada en Trabajo Social y Asistente Social de la Universidad de Valparaíso. Académica Carrera de Trabajo Social y Coordinadora de la Línea Vulnerabilidad Energética Territorial y Gestión Local de la Red de Pobreza Energética, Universidad de Chile.

Lic. Patricia Mauna. Licenciada en Sociología de la Universidad de Chile. Analista socioeconómica del Departamento de Presupuestos Familiares del Instituto Nacional de Estadísticas.

Mg©. Diego Rodríguez. Magister © en Políticas públicas y Sociólogo de la Universidad de Chile. Coordinador de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo y actual Analista del Departamento de Estudios Sociales del Instituto Nacional de Estadísticas.

Mtr. Patricia González. Maestra en Estudios Socioambientales de FLACSO-Ecuador y Antropóloga Social de la Universidad de Chile. Docente de la cátedra Antropología Sociocultural de la carrera de Trabajo Social de la Universidad de Las Américas, Sede Viña del Mar.

Detalles:

La realización de este evento será el día martes 11 de Junio en el Salón UDLA de la Facultad de Ciencias Sociales, Campus Los Castaños, Universidad de Las Américas, ubicada en 7 Norte no 1348, Viña del Mar, Región de Valparaíso.


Acceso equitativo a energía de calidad en chile: hacia un indicador territorializado y tridimensional de pobreza energética

Revisa el pdf aquí

Workshop: Umbrales de pobreza energética para Chile

Durante la tarde del viernes 09 de noviembre,  la Redpe organizó una jornada de discusión en torno a los indicadores de pobreza energética. En el taller, realizado en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, se presentaron los resultados de los talleres previos realizados en Santiago, Valdivia y Temuco.

La coordinación de la Redpe espera publicar al término de 2018 un documento de trabajo que sintetice el trabajo realizado durante este año sobre los indicadores para medir la pobreza energética.

Participantes

Monserrat Bobadilla –Latitud Eficiancia Energética

Alejandra Schueftan –I nstituto Forestal

Alejandra Cortés – FAU U. CHILE

Pablo Hidalgo G. –Anesco Chile

Francisco Campos P. – Punto Cardinal Consultores

Valentina Faúndez M. – RedPE

Nicolás Alamos Correa –RedPE

Guillermo Palacios F. – RedPE

Rodrigo Cordero Pérez – RedPE

Javier Piedra Fierro –Fundación Energía Para Todos

Carla Lanyon O. –Centro de Energía

Paz Araya – RedPE

Francisco Guerrero Moya – Fundación Urbanismo Social – Arq. UTEM

Mauricio Alarcón Caro – FAU U. CHILE

Sofía Vargas – CEGA FCFM

María José Labarca – FAU U. CHILE

Ignacia Sánchez – Coacceso

Catalina Amigo – MASS

Rubén Calvo – RedPE

Anahí Urquiza – CR2 – CITRID


Desafíos energéticos: el rol de la sociedad civil en la transición energética chilena

Durante los últimos años, las energías renovables han penetrado raudamente en la matriz energética del país. En el año 2017, la generación con este tipo de fuentes representó el 43% de la producción energética y se espera que para el año 2030 alcance el 75%, según lo planteado en el último reporte mensual entregado por las Generadoras de Chile.

Ante este escenario, resulta clave orientar dicho proceso con miras a una transición energética sostenible. Resolver esta problemática no sólo pasa por una dimensión tecnológica en torno a la generación, transmisión, distribución y almacenamiento, sino también implica una dimensión sociocultural, donde la inserción y participación de las personas permitan que esta transición lleve a la sostenibilidad energética esperada.

El proceso de transición hacia una matriz energética sostenible requiere nuevas y/o renovadas relaciones entre los diversos actores involucrados, tales como el Estado, privados, ONGs, fundaciones, academia y comunidades, estableciendo cooperación recíproca y permanente, lo cual genere un marco de confianza y un incremento del bienestar social. Lo anterior ya fue reconocido, impulsado y promovido en la Agenda 2030, cuando en el año 2015, Chile adoptó el compromiso de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS), acción que busca mejorar la calidad la vida de las personas a través de energías asequibles y no contaminantes, entre otros fines, lo cual se ve reforzado con el sello ciudadano de la Ruta Energética 2018-2022 de la actual administración.

Alcanzar esta meta en los próximos años requiere del compromiso y la participación activa de todos los actores, es decir, el gobierno, el sector privado y la sociedad civil, siendo esta última una componente clave para que la transición energética sea exitosa; forjando de esta forma una cultura energética sostenible. Ante ello, cabe preguntarse: ¿Cómo se está incorporando la sociedad civil a esta transición energética?

Existen muchas formas. Algunas de ellas comprenden la participación: informativa, consultiva, cogestión, control y asociación, entre otras. La participación consultiva ha sido mayormente utilizada por el Estado en los últimos años, hecho que se aprecia al revisar el Programa Comuna Energética y el Plan Ruta Energética, donde se registran las necesidades y prioridades ciudadanas que permiten formular los lineamientos y/o proyectos en torno a las energías renovables. Sin embargo, la participación consultiva es sólo uno de varios instrumentos correlacionados para abordar la incorporación de la ciudadanía. Por lo tanto, es necesario promover una participación empoderada que incorpore una mayor cantidad de herramientas participativas y de actores.

Un ejemplo concreto de esto último es la ejecución de proyectos de energías renovables y gestión local, cuyo objetivo es el desarrollo social sostenible por medio de soluciones energéticas locales que poseen la potencialidad de integrar las opiniones, propuestas y capacidades de las personas en el diseño, implementación y evaluación de la intervención energética en el corto, mediano y largo plazo, dotando así de mayor protagonismo a la comunidad local durante todo el proceso.

Precisamente en torno a este tipo de iniciativas, la academia, como un actor de la sociedad civil, y en coherencia con su misión de desarrollar conocimientos al servicio del bienestar de la población, puede desempeñar un rol relevante al desarrollar proyectos de gestión local de recursos con energías renovables, en la medida que estos proyectos sean capaces de otorgarle un rol protagónico a las comunidades. Nuevos horizontes de desarrollo, orientados a lograr formas de empoderamiento efectivo y transferencia tecnológica para la gestión local, entendiendo esto como un desafío altamente complejo, donde se debe entregar y producir conocimiento a través de procesos de diálogo y organización local, son parte de esta meta.

Este tipo de iniciativa ofrece la potencialidad de facilitar el proceso de transición energética, puesto que abre espacios de empoderamiento a las personas, abarcando los ámbitos informativos, educativos, consultivos, cogestión, control y asociación. En concreto, entrega seguridad a las comunidades al derribar las barreras de desinformación en torno a las energías renovables, visibilizando los recursos y oportunidades locales, que harán que esta transición lleve a la sostenibilidad energética deseada.

En este marco, para promover un proceso de transición energética en Chile, es necesario abordar la dimensión sociocultural y generar espacios de participación que sean capaces de otorgar protagonismo a las comunidades, creando experiencias de gestión local de recursos con miras a un desarrollo sostenible definido desde la propia ciudadanía.

Por lo tanto, el compromiso de todos los actores involucrados es fundamental para promover y ejecutar los diversos proyectos en materia de energías renovables y gestión local. El éxito del proceso de transición energética recaerá en que cada actor de la sociedad cumpla su rol para así  poder avanzar de forma integral en la disminución de la pobreza energética.

Ericka Osses. Asistente de línea energías renovables y gestión local, especialista en arquitectura, planificación y diseño de entorno

Mauricio Muñoz. Especialista en geología y geotermia CEGA U. de Chile

Columna disponible en El Quinto Poder

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