Sin equipos técnicos, la política energética diseña a ciegas
Quienes hemos trabajado en políticas de sostenibilidad energética observamos con extrema preocupación la situación que se vive en las últimas semanas en la Agencia de Sostenibilidad Energética (ASE). En estos días está perdiendo a una parte importante de su personal, a lo que se suma la incertidumbre sobre el futuro de sus programas. Esos hechos no hablan de un ajuste de gestión sino de una institución en riesgo.
Quiero detenerme en lo que de verdad está en juego, que son las capacidades técnicas que esta institución acumuló. Conviene recordar qué es la ASE. Cuando se diseñó, en plena crisis energética de 2007-2008 y siguiendo recomendaciones internacionales, se la pensó como el brazo ejecutor de la política energética: el Ministerio define, la agencia implementa. Y eso importa, porque una agencia de eficiencia energética se define por su capacidad técnica. La agencia es, antes que nada, la gente que sabe hacer el trabajo.
Esa relación va en dos sentidos. La política no solo baja desde el Ministerio: también se alimenta y se corrige con lo que la agencia recoge en terreno, trabajando con la gente. Sin ese cuerpo técnico, el Ministerio termina diseñando a ciegas, sin saber qué pasa de verdad en las casas, en las empresas y en cada comuna del país.
Esa capacidad no se improvisó. Viene del Programa País de Eficiencia Energética, que funcionaba desde 2005; sobre esa base se constituyó la agencia en 2010, con los mismos equipos y las mismas oficinas, y en 2017 amplió su mandato hasta lo que es hoy. Quince años de trabajo seguido dejan equipos que conocen su oficio, metodologías que ya se probaron, datos, y la confianza de los municipios y las comunidades donde se ejecutan los programas. Saber con quién hablar, cómo hacerlo y dónde. Es lo más valioso que tiene la institución y lo más fácil de perder. Cuando se van los equipos, lo que se pierde no es una línea del presupuesto: es una memoria que costó quince años escribir, y que no vuelve fácilmente.
Hay algo más en su origen que conviene no olvidar. La agencia nació con distintos sectores políticas y una industria empujando a favor del modelo, y siguió en pie bajo administraciones de distinto signo. No es patrimonio de un sector. Se la creó, además, a propósito para sacar la sostenibilidad energética del vaivén político y darle estabilidad cuando cambiaran las autoridades; se quería que no dependiera de la coyuntura. Llama la atención que sea hoy una coyuntura política la que amenace con vaciarla.
Si, la gestión de la ASE, como en toda institución, merece una revisión de prioridades y se le debe exigir transparencia, eficiencia, reorientar programas de ser necesario. Todo eso es parte de su tarea. Reorientar, sin embargo, no es desarmar. Lo primero se decide con información y con un horizonte; lo segundo deja un daño que no se repara.
La preocupación es entonces la de perder esa capacidad técnica, hecha de personas que conocen el terreno, esa que es difícil de levantar y fácil de dispersar. Vale la pena reconocer su valor antes de que se vaya, porque la transición energética de la que tanto hablamos no ocurre sola. La ejecuta la gente que hoy está perdiendo sus puestos de trabajo.

Paz Araya. Coordinadora internacional de la Red de Pobreza Energética










