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Category: Columnas

Sin equipos técnicos, la política energética diseña a ciegas 

Quienes hemos trabajado en políticas de sostenibilidad energética observamos con extrema preocupación la situación que se vive en las últimas semanas en la Agencia de Sostenibilidad Energética (ASE). En estos días está perdiendo a una parte importante de su personal, a lo que se suma la incertidumbre sobre el futuro de sus programas. Esos hechos no hablan de un ajuste de gestión sino de una institución en riesgo. 

Quiero detenerme en lo que de verdad está en juego, que son las capacidades técnicas que esta institución acumuló. Conviene recordar qué es la ASE. Cuando se diseñó, en plena crisis energética de 2007-2008 y siguiendo recomendaciones internacionales, se la pensó como el brazo ejecutor de la política energética: el Ministerio define, la agencia implementa. Y eso importa, porque una agencia de eficiencia energética se define por su capacidad técnica. La agencia es, antes que nada, la gente que sabe hacer el trabajo.

Esa relación va en dos sentidos. La política no solo baja desde el Ministerio: también se alimenta y se corrige con lo que la agencia recoge en terreno, trabajando con la gente. Sin ese cuerpo técnico, el Ministerio termina diseñando a ciegas, sin saber qué pasa de verdad en las casas, en las empresas y en cada comuna del país.

Esa capacidad no se improvisó. Viene del Programa País de Eficiencia Energética, que funcionaba desde 2005; sobre esa base se constituyó la agencia en 2010, con los mismos equipos y las mismas oficinas, y en 2017 amplió su mandato hasta lo que es hoy. Quince años de trabajo seguido dejan equipos que conocen su oficio, metodologías que ya se probaron, datos, y la confianza de los municipios y las comunidades donde se ejecutan los programas. Saber con quién hablar, cómo hacerlo y dónde. Es lo más valioso que tiene la institución y lo más fácil de perder. Cuando se van los equipos, lo que se pierde no es una línea del presupuesto: es una memoria que costó quince años escribir, y que no vuelve fácilmente.

Hay algo más en su origen que conviene no olvidar. La agencia nació con distintos sectores políticas y una industria empujando a favor del modelo, y siguió en pie bajo administraciones de distinto signo. No es patrimonio de un sector. Se la creó, además, a propósito para sacar la sostenibilidad energética del vaivén político y darle estabilidad cuando cambiaran las autoridades; se quería que no dependiera de la coyuntura. Llama la atención que sea hoy una coyuntura política la que amenace con vaciarla.

Si, la gestión de la ASE, como en toda institución, merece una revisión de prioridades y se le debe exigir transparencia, eficiencia, reorientar programas de ser necesario. Todo eso es parte de su tarea. Reorientar, sin embargo, no es desarmar. Lo primero se decide con información y con un horizonte; lo segundo deja un daño que no se repara.

La preocupación es entonces la de perder esa capacidad técnica, hecha de personas que conocen el terreno, esa que es difícil de levantar y fácil de dispersar. Vale la pena reconocer su valor antes de que se vaya, porque la transición energética de la que tanto hablamos no ocurre sola. La ejecuta la gente que hoy está perdiendo sus puestos de trabajo.

Paz Araya. Coordinadora internacional de la Red de Pobreza Energética


2030: el año meta para garantizar el acceso a energía

La luz es una forma de energía que permite que los objetos sean visibles. La mayor fuente de luz natural es el sol, pero también existen formas artificiales, tales como la luz de una vela, lámparas, la luz eléctrica, entre otras. Desde el año 2017 y cada 16 de mayo, gracias a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se celebra el “Día Internacional de la Luz”, para así fomentar relaciones de cooperación entre líderes del sector tecnológico y científico de la luz, permitiendo así contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas.

Desde el punto de vista de la energía eléctrica, la luz juega un rol fundamental y más aún en estos tiempos de pandemia, siendo imprescindible para el funcionamiento de los centros hospitalarios, centros de ventas de productos de primera necesidad, los medios de comunicación, el desarrollo industrial, y principalmente, para el desarrollo de las actividades que hoy se realizan en el hogar, tales como el ver televisión, el cocinar, el trabajar y/o estudiar. Y si bien, para algunos la disponibilidad de luz para todo esto pareciera algo básico y natural, al día de hoy aún hay casi mil millones de personas en el mundo sin acceso a electricidad.

La agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) destaca como uno de sus objetivos el “garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos”. A pesar de los avances tecnológicos y de la alta penetración que las energías renovables han tenido hoy en día a nivel mundial, aún existe una alta dependencia de los combustibles fósiles y contaminantes, y se espera que más de 600 millones de personas en el mundo continúen sin acceso a la electricidad al 2030, es decir, más de la población que actualmente hay en América del Sur.

Nuestro país presenta un gran potencial y disponibilidad de recursos naturales renovables para la generación de energía. De hecho, según la Asociación Chilena de Energías Renovables y Almacenamiento (ACERA), a abril del 2021 han sido reportados 9123 MW (megawatts) de capacidad instalada de energías renovables no convencionales ERNC, correspondiente al 32% de la capacidad nacional. Pero a pesar de esto, en Chile aún hay cerca de treinta mil familias sin acceso permanente a la luz eléctrica.

Ante este escenario, es imprescindible seguir fomentando e invertir recursos en el desarrollo tecnológico, impulsar la penetración de energías limpias a la red eléctrica, además del desarrollo de iniciativas que promuevan la implementación de microrredes eléctricas en lugares con nulo o limitado acceso a la electricidad. Y junto con esto, la formación de técnicos y profesionales que sean capaces de acercar los avances tecnológicos a las comunidades, así como la creación de conciencia por el cuidado de los recursos disponibles. Estas medidas forman un eje fundamental para lograr así un país garantizador de un acceso a la energía asequible, segura, sostenible y moderna.

Marco Rivera Abarca. Académico Universidad de Talca – Chile. Especialista en electrónica de potencia para aplicaciones de energías renovables.

Columna disponible en El Dínamo

Energía solar: una oportunidad para reducir la pobreza energética

En Chile, 50.113 hogares no disponen de energía eléctrica, más del 30% de los hogares gastan excesivamente en energía y sobre el 66% de los hogares presentan problemas de eficiencia energética en sus viviendas. Estas situaciones son distintas caras de cómo se expresa la pobreza energética en nuestro país. Un hogar se encuentra en situación de pobreza energética cuando no tiene acceso equitativo a servicios energéticos de alta calidad, que le permitan cubrir sus necesidades de electricidad, calefacción, agua caliente sanitaria, entre otras, y así, sostener el desarrollo humano y económico de sus miembros. 

La energía solar resulta una importante oportunidad para superar la pobreza energética. Por una parte, permite enfrentar brechas de acceso a energía: los sistemas fotovoltaicos y termosolares son una solución relativamente simple y con costos cada vez más bajos, que permiten a largo plazo reducir el gasto en energía de los hogares. De esta forma, la energía solar tiene el potencial de enfrentar las tres dimensiones de la pobreza energética: acceso, equidad y calidad. 

Avanzar en la transición energética y enfrentar los desafíos del cambio climático, pasa por mejorar el acceso a las ERNC y satisfacer las necesidades energéticas de los hogares. Sin embargo, la alta desigualdad existente en nuestro país genera que no todos los hogares cuenten con las mismas condiciones para hacer este importante cambio. 

A nivel domiciliario, en Chile se ha avanzado con la ley 21.118. Desde el año 2018 se ha observado un crecimiento en la capacidad instalada, pasando de instalar 9,6 MW en 2018 a 31,5 MW en 2020. Además, en promedio, los sistemas más utilizados a nivel domiciliario (entre 1 y 5 kW) han reducido sus costos de 2,141 (USD/kWp) a 1,639 (USD/kWp) en 2020. Es decir, la capacidad instalada sigue aumentando, al tiempo que los precios de las tecnologías bajan, abriendo más oportunidades para su uso.

Pese a esto, el costo de inversión inicial sigue siendo sumamente elevado para hogares en situación de pobreza. Resulta fundamental diseñar modelos de financiamiento dirigidos a este sector, que permitan reducir la desigualdad y mejorar el acceso a energías de alta calidad, generando condiciones mínimas para el desarrollo. El “Programa de Inclusión Energética” desarrollado por EBP-EGEA-RedPE es pionero, mas queda aún un largo camino por recorrer.

Democratizar el acceso a la energía solar e incentivar la autogeneración de electricidad a nivel residencial, trae beneficios sustantivos para mejorar las condiciones de pobreza energética; pero para ello, debemos primero mejorar la aislación térmica de las viviendas, desarrollar mecanismos financieros para hogares en situación de pobreza y continuar impulsando programas de agregación de demanda, que permitan dinamizar el mercado y continuar reduciendo costos. Para eso, resulta fundamental la colaboración de todos los actores para avanzar en la transformación de nuestra matriz energética.

Catalina Amigo Jorquera. Coordinadora Ejecutiva Red de Pobreza Energética y Red de Inclusión Energética Latinoamericana.

Javier Piedra. Director Fundación Energía Para Todos.

Columna Publicada en Revista Nueva Minería

Pobreza energética: saludar al invierno en tiempos de COVID-19

De acuerdo con los datos registrados por la Dirección Meteorológica de Chile, en los últimos 30 años se observa un aumento promedio de temperaturas máximas diarias en gran parte del territorio nacional, a excepción de la zona norte costera que se ha enfriado levemente. Este fenómeno pudo percibirse en el verano reciente con una mayor frecuencia de días con temperaturas que excedieron los 30ºC en el centro y sur del país. Las temperaturas cálidas persisten más allá de la estación estival y nos ofrecen un otoño cálido y seco, haciéndonos olvidar los duros inviernos que vivíamos en décadas pasadas. A pesar de que cada año tenemos estaciones frías más cortas y en promedio más cálidas, prontamente comenzaremos un nuevo invierno, que será el segundo sobrellevando una pandemia.

Saludar al invierno significa para muchas familias aumentar su gasto en combustibles para lidiar con temperaturas más bajas. En las comunas del sur del país —con inviernos más largos que en el centro y norte— las condiciones climáticas obligan a las personas a requerir constantemente energía para mantener un ambiente intradomiciliario saludable y que ofrezca el confort térmico suficiente para desarrollar las actividades de la vida diaria, que durante una cuarentena incluyen las actividades personales, laborales y de esparcimiento, es decir, todo. Por lo tanto, saludar al invierno en pandemia no es trivial ya que significa aumentar aún más el presupuesto del gasto en energía.

Si consideramos algunos datos internacionales de países como China, Italia, India, Alemania y Estados Unidos, podemos encontrar un aumento de la demanda de electricidad residencial y, por lo tanto, del costo para los hogares asociados a los cambios en los patrones de vida y ocupación durante la cuarentena implementada en pandemia. En efecto, las series de tiempo en estos países han mostrado un aumento de la demanda energética del sector residencial que va entre un 11% al 32% en el periodo de confinamiento. Este incremento se atribuye principalmente al mayor uso de sistemas de climatización y electrodomésticos durante las horas del día. En países más cercanos como Brasil, se analizaron los cambios en las cargas eléctricas comparando el periodo pandémico comprendido entre enero a septiembre 2020 con el mismo periodo del año anterior; aun cuando se han reportado descensos importantes que alcanzan el 19% —por ejemplo los descensos alcanzados en la zona sur de Brasil— se plantea que las bajas pertenecen al sector comercial e industrial, y que gran parte de la demanda energética se ha trasladado al sector residencial.

 

A nivel nacional, la Revista Energética de Chile mencionaba el año pasado una disminución promedio de 4,6% en el consumo energético nacional entre marzo y julio 2020 respecto al mismo periodo del año anterior; sin embargo, esta disminución ocurrió en sectores comerciales y de manufactura tal como ocurrió en Brasil. Teniendo en cuenta los datos de 32 comunas de la Región Metropolitana, se estimó un aumento del 17% de la demanda de energía eléctrica residencial durante el mes de junio 2020 con respecto al mismo periodo del 2019. Si consideramos la situación en el sur del país, ciudades como Valdivia, Temuco, Puerto Montt o Coyhaique mostraron problemas de abastecimiento de energía el año pasado, particularmente en el periodo de confinamiento, dado el aumento en la demanda de pellet residencial; de acuerdo con los datos del Ministerio de Energía, la demanda de pellet era de un 18% en junio 2019 y llegó a 40% en junio 2020, es decir, creció más de un 100%.

Los datos nacionales e internacionales nos obligan a reflexionar sobre el real significado de la llegada del invierno en un año donde seguimos viviendo la primera pandemia de la era del Antropoceno. Saludar al invierno en tiempos de pandemia significa aumentar el consumo energético en el hogar y con ello la probabilidad de caer en pobreza energética. Esto implica que las familias se hacen más vulnerables aumentando su probabilidad de no acceder de manera equitativa a servicios energéticos de calidad que les permitan cubrir las necesidades fundamentales y básicas.

Las inequidades socioeconómicas preexistentes se han agudizado con esta pandemia, por lo mismo es esperable que las diversas aristas involucradas en la pobreza energética se vean afectadas. Hogares que pasan frío en el invierno, o que no pueden afrontar sus gastos energéticos, o que aumentan desmesuradamente el gasto en energía, o que acceden a combustibles que afectan la calidad del aire intradomiciliario y ambiental, o que no tienen acceso a sistema agua caliente sanitaria, o que no cuentan con un suministro eléctrico continuo, ven claramente afectado el bienestar integral de sus residentes. Por lo mismo, es perentorio repensar cómo queremos saludar al invierno —y también al verano con sus olas de calor y la demanda de sistemas de climatización— en los tiempos venideros, y cómo haremos para hacernos más resilientes a las futuras amenazas.

Macarena Valdés S. Académica Escuela de Salud Pública, Universidad de Chile. Investigadora Red de Pobreza Energética

Columna disponible en UChile, El Dinamo y El Mostrador.

La hora del planeta: una alerta sobre la energía que queremos

Como todos los años, las y los ciudadanos del mundo nos sumamos a “La hora del planeta”.  Éste es un llamado y acción global que convoca a apagar la luz y todos los artefactos electrónicos durante una hora, el 27 de marzo, entre 20:30 y 21:30. Cada año, esta acción conlleva al debate respecto del impacto de las acciones puntuales o individuales, y su beneficio real para el planeta. Si ahondamos un poco, la acción de apagar la luz no es antojadiza, puesto que, la energía —en su más amplio sentido— es el mayor contribuyente de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Así, el acto simbólico de “apagar la luz” busca que reflexionemos respecto al modelo de desarrollo que tenemos, sobre el que queremos tener y, particularmente, en cómo podemos generar las condiciones para avanzar hacia una economía baja en carbono. En esto, la energía cumple un rol clave.

La hora del planeta no es una mera acción de carácter comunicativo, es una acción que mediante la oscuridad y la paralización busca que tomemos conciencia respecto de la necesidad y urgencia de esfuerzos para una transición energética hacia fuentes de energías más limpias. Asimismo, debemos ser claros en que la transición no es sólo sinónimo de energías renovables y limpias, es también una transformación del paradigma energético, es una crítica a los modelos de desarrollo que han priorizado los rendimientos económicos en desmedro de las comunidades locales, relegadas como costos de transacción y/o (per)zonas de sacrificio.

Chile es un país desigual, pero eso no significa que tengamos que seguir siéndolo. La pandemia hizo aun más visibles esas desigualdades. El estallido social ha puesto de manifiesto una necesidad imperiosa de cambios profundos, de nuevos acuerdos colectivos donde esta vez seamos todos partícipes. Así, se hace perentorio concebir el desarrollo energético del país desde una nueva óptica respecto a los desafíos que impondrá el cambio climático y sus consecuencias socio-naturales.

En Chile tenemos la oportunidad histórica de ponernos a escribir una nueva constitución que enmarcará el país que anhelamos y cómo queremos seguir construyéndolo. Las definiciones que acordemos delinearán no solo el desarrollo económico, sino que social, político y cultural, el rol del Estado y de cada uno de los habitantes del país. Por lo tanto, creemos fundamental que este debate considere a la energía como derecho humano para avanzar en una transición energética justa, garantizando el acceso equitativo a los servicios energéticos de calidad, donde la justicia ambiental, territorial e intergeneracional, además del derecho a una vivienda digna y adecuada sean sus bases fundamentales.

Escribir estas líneas sobre “La hora del planeta” nos recuerda también que somos unos privilegiados por contar con energía para hacer funcionar nuestros equipos electrónicos, iluminarnos, para calentarnos e incluso para refrescarnos. Pero no debemos olvidar que muchos habitantes del país no cuentan con ese privilegio, que no pueden acceder a plataformas digitales para educarse, que pasan inviernos fríos, que usan combustibles contaminantes en sus hogares, no tienen la posibilidad de refrigerar sus alimentos, o viven en zonas contaminadas por la generación de energía. Por ellos y con ellos, debemos escribir nuestra carta magna.

Roxana Bórquez. Investigadora RedPE y CR2

Julián Cortés. Investigador RedPE y ENEAS

Paz Araya. Investigadora RedPE.

Conéctate con la naturaleza disponible en youtube

8M: En Transición Energética, NO sin Mujeres

En los últimos años, el país ha entrado en una fase en donde las políticas públicas vinculadas al cambio climático y las transiciones energéticas se vuelven cada vez más importantes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta búsqueda e implementación de políticas públicas enfocadas en el logro de la ‘sustentabilidad’ (en su noción tradicional) puede entrar en tensión con el logro de los objetivos de justicia social que día a día son más demandados por las comunidades a nivel local y global.

Políticas de transición energética rápidas y agresivas corren el riesgo de no ser sensibles temporal y procedimentalmente para incluir en la toma de decisiones a tod@s l@s actores involucrad@s en los procesos de cierre de industrias, cambios tecnológicos y normativos o en la promoción de nuevos emprendimientos verdes. De la misma forma, una política de transición energética sin perspectiva de justicia corre el riesgo de no considerar las condiciones de vulnerabilidad estructural de ciertas poblaciones y comunidades.

Para poder hablar de una transición energética justa, se deben tener en cuenta, entre otros elementos, las realidades y complejidades de las desigualdades de género. Con ello, el ‘no sin mujeres’ toma relevancia para visibilizar la discriminación que sufrimos las mujeres en el sector energético a nivel doméstico, laboral y territorial; que, en la otra cara de la moneda implica una limitación del debate, el cual excluye a la mitad de la población que además es la más vulnerable a los efectos del cambio climático y la contaminación intra y extradomiciliaria asociada a la energía.

Desde un primer ámbito, las viviendas juegan un rol fundamental en mostrar los vínculos cotidianos que existen entre mujeres y energía. Cuando las casas son frías, los electrodomésticos inseguros, los combustibles para cocinar y calefaccionar contaminantes, entre otros, estamos ante la “pobreza energética” y, tal como ocurre con otras pobrezas, no es raro ver en ella el rostro de miles de mujeres que, día tras día, dedican parte importante de su tiempo a labores domésticas no remuneradas que las exponen constantemente al deterioro de salud y accidentes caseros vinculados a la energía.

Por otro lado, la instalación de industrias energéticas como las termoeléctricas a carbón, genera contaminación que también daña la salud humana; y si bien las enfermedades afectan a la población en general, lo hacen con mayor frecuencia en mujeres embarazadas, niños, niñas y personas mayores. De esta forma, las mujeres se encuentran afectadas no solo por las enfermedades que ellas pueden sufrir, sino que por las labores de cuidado que suelen realizar en estos grupos vulnerables; esta situación es una de las razones por las que en numerosas ocasiones agrupaciones lideradas por mujeres han salido a denunciar procesos industriales contaminantes vinculados a la producción de energía.

Otra arista no menor, es que aún se suele pensar que las mujeres no tienen cualidades para el desarrollo de la ciencia y las tecnologías, lo que repercute en un sinfín de brechas digitales y tecnológicas. De hecho, este estereotipo sexista ha implicado que, a nivel laboral, según estudios del Ministerio de Energía, la fuerza laboral femenina en el sector sólo alcanza un 23%. Además, las mujeres del sector ganan un 24% menos que los hombres y ocupan sólo el 18% del total de cargos gerenciales.

En este nuevo Chile que queremos construir, es necesario evidenciar y enfrentar la exclusión de las mujeres como usuarias, sujetas políticas de resistencia ante proyectos energéticos y sujetas que participan en el mercado laboral de la energía. Para ello, las brechas de género, que hemos mencionado anteriormente, deben ser superadas, para permitir el avance hacia sociedades sustentables más justas e inclusivas.

El rol de las mujeres en la planificación energética debe ser relevado, reconociendo sus necesidades e intereses en la toma de decisiones, y destacando el rol de las mujeres como agentes de transformación en la sociedad.

Es urgente crear más y mejores oportunidades para mujeres en la fuerza laboral del sector energético, que es altamente masculinizada, sobre todo en cargos directivos. Por otro lado, es necesario hacer hincapié en la visibilización de la dimensión doméstica y cotidiana de la energía, que suele ser de interés para las mujeres, sin embargo, en su mayoría los proyectos sobre capacitaciones en energía o recambios tecnológicos se piensan respecto de un receptor o usuario hombre.

 

Respecto a la promoción de nuevos proyectos de energías renovables, se considera como desafío incorporar elementos interculturales en el abordaje de los problemas de género, considerando los contextos específicos de comunidades rurales y/o indígenas o los diferentes sectores urbanos, así como también los desafíos asociados al reconocimiento e inclusión de las diversidades sexuales.

Hoy, se requiere un cambio cultural para re-equilibrar los roles de género respecto de las tareas socialmente asignadas, además de plantar cara frente a situaciones patriarcales que ocurren en el sector energético. Lo anterior, nos permitirá acercarnos hacia un sistema energético con más participación de la ciudadanía, más democrático en el acceso y gestión de la energía, en donde encontremos una economía que ponga en el centro el cuidado de la vida y el valor del trabajo reproductivo. Solo así se abrirán oportunidades para generar transiciones energéticas justas que nos permitan abordar los problemas de contaminación local, el cambio climático y avanzar en la tan ansiada sustentabilidad.

Claudia Fuentes. Encargada de Proyecto de Descarbonización de Fundación Chile Sustentable. Ingeniera en Recursos Naturales Renovables y estudiante del Master Governance of Risk and Resources. Integrante de la Red Ecofeminista por la Transición Energética y de la
Red de Pobreza Energética.


El medio ambiente y la sustentabilidad son temas que deben ampararse en una nueva constitución


Este viernes 5 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Eficiencia Energética, fecha que busca promover el uso adecuado, eficiente y sustentable de la energía. El Académico del Departamento de Geología y director del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes (CEGA) e integrante de la RedPE, la Red Transdisciplinaria ENEAS y PROMA de la U. de Chile, Diego Morata, destaca algunos de los principales problemas que se han evidenciado durante la pandemia en esta materia.

Sin lugar a duda, esta crisis sociosanitaria que, como humanidad estamos sufriendo desde más de un año, nos tiene que servir de aprendizaje para cambiar determinados esquemas y paradigmas que teníamos enquistados en nuestro metro cuadrado de confort. En particular, en Chile hemos podido ver cómo los temas de eficiencia energética y sustentabilidad aparecen y desaparecen de la agenda política-social como si fuesen cometas.

Es cierto que el discurso sociopolítico de los últimos meses estaba (y con justa razón) centrado en cómo abordar la pandemia en el país. Pero, a pesar de ese tema prioritario que se tomó la agenda durante gran parte de 2020, hay una deuda enorme que Chile tiene con el medio ambiente, la sustentabilidad y, en particular, la eficiencia energética. Y han salido opiniones interesantes comenzando por una entrevista que le hicieron a nuestro Rector Ennio Vivaldi, en donde se pone de manifiesto la importancia de invertir en ciencia para abordar problemas que afectan a nuestra sociedad.

Conseguimos pasar el invierno del 2020 y, posiblemente a consecuencia de las restricciones de movilidad en las grandes ciudades, no fue un mal año en lo que se refiere a calidad del aire. Pero el problema de la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos de este país sigue vigente. Hay demasiadas zonas de sacrificio. Hay muchos problemas ambientales relacionados con un desarrollo feroz que no respeta el medio ambiente. Hay poca cultura cívica, pues es normal ver en nuestras calles a ciudadanos que tiran los papeles de envoltorios de caramelos al suelo.

Pronto llegará el otoño, las lluvias y la natural bajada de temperatura, por lo que volveremos a ver esas imágenes repetidas hasta la saciedad de personas con problema respiratorios asociados a una mala calidad de aire esperando en los centros médicos a ser atendidos. Una vez más, presenciaremos calles inundadas por problemas de mala gestión territorial. Estas son imágenes que se repiten año tras año y que necesitan una mirada holística con una fuerte base en la ciencia. Sin ir más lejos, este verano vimos cómo una lluvia pronosticada hizo estragos en el centro de nuestro país. Sin lugar a duda, no podemos controlar que llueva más o menos, pero si podemos tener una mejor gestión de nuestro territorio a fin de construir un futuro más sustentable.

Por otra parte, se empieza a oír el serio problema de que el centro-sur de Chile puede llegar a tener en relación con la crisis hídrica. Se habla mucho y falta realmente una visión de Estado que aborde, de verdad, con recursos importantes, la problemática desde los diferentes aspectos que ella conlleva. En el sur de nuestro país, la radiación solar no es intensa y estamos viendo que, con las reducciones de precipitaciones, nuestros ríos ya no llevan los caudales que se veían en años anteriores. En este contexto, estudios del CEGA están mostrando que es posible, desde el punto de vista técnico, implementar pequeñas plantas de generación y co-generación geotérmica en esta zona de Chile. Se trata de instalaciones que ocupan muy poco espacio, por lo que el impacto ambiental es mínimo, permitiendo la generación de electricidad y calor que puede usarse para la calefacción distrital.

Como sociedad también hemos demostrado que el sur de Chile no quiere mega-proyectos que impactan fuertemente en el medio ambiente. Por tanto, la geotermia debiese tomarse la agenda de la matriz energética de esta zona, ya que el potencial está bajo nuestros pies. Sólo se necesita la voluntad política de hacerse cargo que esa fuente de energía permitiría una independencia energética importante y daría seguridad y estabilidad a nuestra matriz eléctrica. Asimismo, este tipo de proyectos supondrían una reducción de los problemas de salud asociados a la mala calidad del aire y una mejora en la calidad de la construcción de nuestras viviendas. Estamos hablando de una de las mejores soluciones para un futuro más sustentable, sobre todo si se pone en la balanza el costo que el Estado necesita hacer todos los años por la cantidad de vidas humanas que se pierden con estos problemas ambientales y de salud asociados.

Son muchos los desafíos que tenemos por delante si aspiramos a un Chile más sustentable. Quizá esta pandemia nos ha abierto un poco más nuestra visión hacia una sociedad más justa e igualitaria. Pero aún quedan muchos retos por delante. Debemos tomar conciencia que el medio ambiente y la sustentabilidad no tienen color político. Deben ser un tema transversal a la sociedad, resguardado en el amparo de una nueva constitución, que permita tener un Estado mucho más participativo y que favorezca el trabajo inter, multi y transdiciplinario hacia una mejora en la eficiencia energética y la sustentabilidad.

Diego Morata. Director del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes y académico del Departamento Geología de la Universidad de Chile. Gerente de EBP Chile y Directora de Espacio Público. Es parte de la Red Transdisciplinar ENEAS de la Universidad de Chile y también de la Red de Pobreza Energética.

Reportaje disponible en uchile.cl

Medio ambiente y sustentabilidad de cara a una nueva Constitución para Chile


Estos deben ser temas transversales a la sociedad, resguardados en el amparo de una nueva Constitución, que permita tener un Estado mucho más participativo y que favorezca el trabajo inter, multi y transdiciplinarios hacia una mejora en la eficiencia energética
y la sustentabilidad.

La crisis sociosanitaria que estamos sufriendo hace más de un año nos tiene que servir de aprendizaje para cambiar esquemas y paradigmas que teníamos enquistados en nuestro día a día. En particular, en Chile hemos podido ver cómo los temas de eficiencia energética y sustentabilidad aparecen y desaparecen de la agenda política-social como si fueran cometas.

Es cierto que el discurso sociopolítico de los últimos meses estaba centrado en cómo abordar la pandemia en el país. Y con justa razón. Pero, a pesar de ese tema prioritario, hay una deuda enorme que Chile tiene con el medio ambiente, la sustentabilidad y la eficiencia energética. Ya existen opiniones interesantes en donde se pone de manifiesto la importancia de invertir en ciencia para abordar éste y otros problemas que afectan a nuestra sociedad.

Conseguimos pasar el invierno de 2020 -posiblemente a consecuencia de las restricciones de movilidad en las grandes ciudades- con números no tan malos en cuanto a la calidad del aire. Pero el problema de mejorar los estándares de vida de los ciudadanos sigue vigente, partiendo por la gran cantidad de zonas de sacrificio existentes. Hay muchos problemas ambientales relacionados con un desarrollo feroz que no respeta el ecosistema. Hay poca cultura cívica, pues es normal ver en nuestras calles a ciudadanos que tiran los papeles de envoltorios de caramelos al suelo.

Pronto llegará el otoño, las lluvias y la natural bajada de temperatura, por lo que volveremos a ver esas imágenes repetidas hasta la saciedad de personas con problemas respiratorios asociados a una mala calidad de aire, esperando en los centros médicos a ser atendidos. Una vez más, presenciaremos calles inundadas por problemas de mala gestión territorial. Estas son imágenes que se repiten año tras año y que necesitan una mirada holística con una fuerte base en la ciencia. Sin ir más lejos, este verano vimos cómo una lluvia pronosticada hizo estragos en el centro de nuestro país. Sin lugar a duda, no podemos controlar que llueva más o menos, pero sí podemos tener una mejor gestión de nuestro territorio a fin de construir un futuro más sustentable.

Al mismo tiempo, hay que poner luces sobre la crisis hídrica en la zona centro-sur. Actualmente, falta una visión de Estado que aborde de verdad y con recursos importantes la problemática desde los diferentes aspectos que ella conlleva. En el sur de nuestro país, la radiación solar no es intensa y estamos viendo que, con las reducciones de precipitaciones, nuestros ríos ya no llevan los caudales que se veían en años anteriores. En este contexto, estudios del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes están mostrando que es posible, desde el punto de vista técnico, implementar pequeñas plantas de generación y co-generación geotérmica en esta zona. Se trata de instalaciones que ocupan muy poco espacio, por lo que el impacto ambiental es mínimo, permitiendo la generación de electricidad y calor.

Este viernes 5 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Eficiencia Energética y son muchos los desafíos que tenemos por delante si aspiramos a un Chile más sustentable. Quizá esta pandemia nos abrió un poco más nuestra visión hacia una sociedad más justa e igualitaria. Pero aún quedan muchos retos por delante, especialmente entendiendo el contexto social y político que estamos enfrentando desde el estallido social. Debemos tomar conciencia que el medio ambiente y la sustentabilidad no tienen color político. Deben ser temas transversales a la sociedad, resguardados en el amparo de una nueva Constitución, que permita tener un Estado mucho más participativo y que favorezca el trabajo inter, multi y transdiciplinario hacia una mejora en la eficiencia energética y la sustentabilidad.

Diego Morata. Director del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes y académico del Departamento Geología de la Universidad de Chile. Gerente de EBP Chile y Directora de Espacio Público. Es parte de la Red Transdisciplinar ENEAS de la Universidad de Chile y también de la Red de Pobreza Energética.

Reportaje disponible en el dínamo

Desarrollo Energético Local, una Oportunidad Sostenible y Participativa

Gentileza: Revista nueva minería

Publicación disponible AQUÍ

Recuperación Post-Pandemia: Una Oportunidad para Avanzar en Justicia Ambiental

 

RECUPERACIÓN POST-PANDEMIA: UNA OPORTUNIDAD PARA AVANZAR EN JUSTICIA AMBIENTAL

El acontecer nacional de los últimos meses marcará nuestras vidas y el devenir de importantes procesos económicos, políticos y socioculturales, por lo que es fundamental hacernos cargo de los problemas actuales y tomar las decisiones urgentes para el futuro cercano.

Hace casi un año tuvimos que aprender con dureza que nuestra sociedad es mucho más desigual de lo que estábamos dispuestos a asumir y, solo unos meses después, una pandemia global desnudó aún más nuestras profundas diferencias y acrecentó las brechas existentes.

Hemos visto que parte importante de las desigualdades actuales se expresan en las condiciones de habitabilidad, el acceso a servicios básicos y la posibilidad de vivir en ambientes libres de contaminación. Así, las comunas menos afectadas por la pandemia son las más acomodadas y las personas en ciudades contaminadas son más vulnerables. Hoy al virus y, permanentemente, al cambio climático. Este último, ha ido profundizando las condiciones de desigualdad existentes.

Sequías, incendios, aluviones, ya son parte de nuestros desastres regulares, mientras recién comenzamos a comprender el nuevo clima en el que vivimos y el desigual impacto de desastres que empeoran las condiciones de vida de los más vulnerables y generan mayores dificultades para los países en vías de desarrollo. A lo anterior se suman profundas transformaciones socioculturales que están ocurriendo como la automatización, digitalización y cierre de innumerables fuentes laborales.

En un escenario como éste, tenemos la oportunidad de reinventarnos, definir reglas para una economía circular y una gobernanza policéntrica, modificar la enseñanza y sus contenidos, mejorar el acceso a servicios básicos y fortalecer derechos sociales. Debemos poner los incentivos adecuados, avanzar en las restricciones necesarias e impulsar nuevos modelos de desarrollo.

En este contexto, las energías renovables son una oportunidad para el desarrollo local, junto a esfuerzos de gran escala para avanzar en eficiencia energética, la coordinación intersectorial, la generación de nuevas oportunidades laborales y el impulso a la innovación local.

Las decisiones de hoy definirán el país del futuro

Gentileza Revista ACERA

Publicación disponible AQUÍ

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