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Category: Columnas

Pobreza energética y vivienda social

La necesidad de elaborar una definición de Pobreza Energética para Chile fue declarada en la Política Energética 2050 cuando se expone que, en Chile, es necesario responder a cuáles son los elementos que determinan la pobreza energética y cuál es el nivel actual en nuestro país. Se plantea la necesidad de definir el concepto y su forma de medición con el objetivo de establecer políticas específicas para su reducción. La Red de Pobreza Energética (RedPE) nace al alero de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile con un equipo multidisciplinario que busca enfrentar este desafío. Actualmente la red se compone de investigadores y socios de distintos ámbitos, tanto públicos como privados, de regiones y de diferentes actores de la sociedad civil. El enfoque de la red se ha iniciado desde la escala de la vivienda, para avanzar hacia una escala territorial de las dimensiones que afectan la pobreza energética.

Es en la escala de vivienda, donde precisamente existe el gran desafío de construir indicadores que nos permitan evaluar la pobreza energética residencial, en los distintos contextos climáticos, geográficos y territoriales de nuestro país. Chile, desde los 80, inició una política habitacional para suplir el déficit cuantitativo de hogares, que dejó como resultado, un extenso parque habitacional edificado a lo largo de todo el país, con pobres estándares constructivos y mínimos requerimientos de espacio público. Es precisamente la mala calidad constructiva que tienen las viviendas, la responsable de la contaminación por combustión a leña (Material Particulado 10 y 2.5) que sufren muchas ciudades al sur del nuestro país, afectando la salud de la población. Una vivienda mal aislada y llena de infiltraciones de aire, no permite mantener el calor dentro de la vivienda; y eso, en consecuencia, implica mayor cantidad de energía requerida para generar calor y mantener un ambiente mínimamente confortable.

En el caso de las ciudades del sur, esa energía calórica se genera a partir de la combustión de leña. Y no se puede prohibir el uso de leña, cuando es el recurso energético más barato y asequible para las familias de menores ingresos. No contar con recursos para costear la calefaccionar en un hogar, implica tener que tolerar el frío sin otra alternativa que abrigarse más dentro de la vivienda y en el caso de los adultos mayores, permanecer mayor tiempo dentro de la cama. Por lo tanto, ¿qué hacemos? Si prohibimos el uso de leña, las personas más vulnerables no pueden costear otros combustibles para calefaccionar, lo cual trae como consecuencia problemas de salud de las personas por bajas temperaturas dentro del hogar. Pero su extensivo uso, genera por otro lado, la contaminación atmosférica, que también afecta a la salud de las personas. Si bien hoy contamos con un subsidio de reacondicionamiento térmico y una reglamentación térmica para vivienda, los requerimientos exigidos siguen siendo pocos, sobre todo para la zona sur de nuestro país, que cuenta con climas con frío extremo.

Mejorar la calidad constructiva de una vivienda, no es sólo preocuparse de la aislación térmica. Implica resolver problemas de infiltraciones, puentes térmicos, humedad, garantizar adecuados niveles de ventilación, así como contar con fuentes de calefacción limpias, seguras y con combustible asequibles y disponibles. El desafío de mejorar la calidad de nuestras edificaciones es a toda escala y en todo el territorio, porque no sólo las familias más vulnerables pasan frío en invierno, las familias de clase media también. La vivienda debe garantizar una calidad de ambiente interior saludable y confortable, con los mínimos requerimientos energéticos posibles. Si esto último es de consenso nacional, entonces cabe preguntarse:

¿Cuántos chilenos sufrimos algún tipo de pobreza energética?

Alejandra Cortés. Profesora asistente, departamento de Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile.

Mira la columna de opinión aquí

Vivienda vulnerable, salud vulnerable: La urgencia de investigación

Las políticas públicas e iniciativas privadas relacionadas con temas de vivienda y urbanismo tienen como objetivo primario el mejoramiento de las condiciones en que las personas viven y se desarrollan; esto es particularmente relevante cuando nos referimos a quienes viven en campamentos —asentamientos que agrupan a familias vulnerables en zonas geográficas con problemas de habitabilidad.

Según las estadísticas de Techo —organización no gubernamental y sin fines de lucro dedicada a la gestión de viviendas sociales y a la superación de la pobreza— alrededor de 700 campamentos se distribuyen en nuestro país, lo que alcanza a más de 40.000 familias socioeconómicamente vulnerables. Las viviendas de campamentos usualmente están expuestas a condiciones que no solo son inadecuadas sino que también ponen en riesgo a las personas que residen en ellas; así, la evidencia indica que la precariedad habitacional está relacionada con la salud y por ende, con la calidad de vida.

La falta de acceso a agua potable, saneamiento y electricidad favorece la exposición de quienes viven en campamentos a riesgos biológicos, químicos y físicos.  Por ejemplo, existe un aumento de la probabilidad de accidentes asociado al uso de fuentes informales de electricidad y la utilización de combustibles fósiles —carbón o leña— favorece la emisión de contaminantes intra y extradomiciliarios, y con ello las enfermedades respiratorias, lo que recae directamente y en mayor cantidad en efectos negativos sobre la población infantil.

La vulnerabilidad de estas comunidades se ilustra en múltiples situaciones, donde la pobreza energética es una causa estructural y el deterioro de la salud es una consecuencia común. Superar estas condiciones de vulnerabilidad no solo implica mejoras en la salud individual sino que representan rasgos necesarios en una sociedad moderna y sustentable. En este contexto, los campamentos ilustran un desafío para la salud urbana que no solo debería ser abordardo desde el enfoque tecnocrático sino que requiere incorporar una mirada multidisciplinaria.

Disminución de la tasa de enfermedades respiratorias, mejoras en salud mental, y menor tasa de accidentes domésticos son algunos de los efectos positivos en la salud que ha mostrado la evidencia internacional sobre la intervención de campamentos —reubicación o remodelamiento/acondicionamiento de viviendas —.  A nivel nacional, el estudio de Burgos y cols. mostró que personas de campamentos de la Región Metropolitana reubicadas en viviendas sociales reducían la tasa de accidentes pero no mostraban diferencias significativas en cuanto a otros eventos de salud. Los autores destacaban dos aspectos relevantes: el acceso a servicios básicos y la respuesta social local como atributos valorados por una comunidad que no evidenció cambios estadísticamente significativos, ya que mantenía la percepción de inseguridad y falta de conectividad asociada al territorio.

Para formular políticas públicas consistentes con los estándares de un país desarrollado es necesario contar con más evidencia en esta materia. Es pertinente contar con más investigación local —con pertinencia territorial— que describa cómo las mejoras en las condiciones de la vivienda relacionadas con la infraestructura, la pobreza energética, la seguridad y la salud ambiental impactan en distintos aspectos de estas comunidades.  Muchos de los beneficios pudieran no ser sustentables sin la participación de las personas, por lo que se hace necesario evaluar la forma cómo las familias viven las mejoras de las condiciones de habitabilidad con el fin de maximizar los beneficios y minimizar potenciales externalidades negativas.

Macarena Valdés S. Académica Escuela de Salud Pública, Universidad de Chile. Investigadora Red de Pobreza Energética

Columna disponible en El Quinto Poder

La (mala) costumbre del frío en la vivienda

Por muy tolerante al frío que se sea, esta semana en la zona centro sur del país las temperaturas exteriores se encuentran muy lejanas al rango de confort térmico de los seres humanos (generalmente entre 16ºC y 27ºC)(1). La “costumbre” al frío o más bien, “aguante” a bajas temperaturas en el hogar es una idea internalizada en nuestra sociedad. Para la mayoría, prácticas como pasar frío en invierno, tener algún tipo de enfermedad respiratoria unas dos veces esta temporada y desembolsar una cantidad preocupante de dinero en calefaccionar se aceptan como algo “normal”. Sumadas a esta “normalidad” se encuentran las emisiones de gases contaminantes al aire producto de la combustión, que se han vuelto el “sacrificio necesario” para sobrevivir a las bajas temperaturas de la estación.

La mayoría de los chilenos nos encontramos, especialmente en esta época, en disconfort térmico dentro de la vivienda por una gran cantidad de horas, y en los horarios de mayor exigencia, es decir, cuando se registran las mínimas diarias de temperatura es justamente cuando se pasa mayor tiempo en el hogar. Además, de acuerdo a cifras de CEPAL, un porcentaje no menor de familias necesita destinar más del 10% del presupuesto familiar en mantener condiciones aceptables de temperatura al interior de la vivienda. Ambos escenarios pueden definirse como pobreza energética porque es necesario gastar parte importante del presupuesto mensual en calefacción, en desmedro de otros gastos, o en caso de no poder cubrir dicho gasto, por asumir el frío y aguantarlo. Esta situación es realmente dramática si pensamos en grupos familiares integrados por menores de edad, ancianos o enfermos.

La actual reglamentación térmica chilena establece que los parámetros con los que se construyen la mayoría de las viviendas en Chile hasta el día de hoy es insuficiente para acondicionar térmicamente y mantener una temperatura confortable al interior de los hogares sin poder prescindir de sistemas de calefacción activos. Esto se observa en prácticamente todos los climas de nuestro país. De este modo nuestro ambiente habitacional se encuentra lleno de viviendas mal aisladas, con exceso de infiltraciones, puentes térmicos, condensación y con una envolvente (muros y cubierta en contacto con el exterior) deficiente que presenta una alta transmitancia térmica, es decir con un importante flujo de calor a través de ésta. Todo debido a una baja exigencia de estos factores en la construcción lo que se ve agravado por el mal uso de quiénes habitan las viviendas.

Los caminos para mejorar considerablemente esta situación y sacar a un alto porcentaje de familias de la pobreza energética son diversos y van desde empapar a nuestra sociedad de un aprendizaje respecto a habitar y entender una vivienda energéticamente eficiente, utilizar equipos o sistemas de calefacción con alto rendimiento energético y no contaminantes además de incluir energías renovables no convencionales, ERNC, en dichos sistemas. Pero ante todas estas estrategias, la más fundamental tiene que ver con el mejoramiento de nuestra vivienda desde los elementos que componen su envolvente (muros, ventanas, piso y cubiertas), aislándola de manera correcta y suficiente para cubrir una alta cantidad de horas de demanda de calefacción sin requerir demasiado consumo de estufas o equipos activos de acondicionamiento térmico. El mejoramiento de tan sólo este elemento, la piel de nuestro hogar, nos permitiría aumentar nuestro confort térmico, cuidar nuestro bolsillo y por lo tanto, mejorar nuestra calidad de vida.

Es urgente entonces que la Reglamentación Térmica Chilena aumente su exigencia, que existan programas o subsidios de apoyo al mejoramiento de viviendas existentes o nuevas y que se hagan los esfuerzos de manera colectiva para exigir y lograr un mayor estándar para nuestros hogares.

Sólo de este modo podremos avanzar a disminuir la pobreza energética en nuestro país, a evitar enfermedades relacionadas al frío o malas condiciones atmosféricas, aumentar nuestra calidad del ambiente interior y pasar inviernos más felices.

Monserrat Bobadilla Z. Arquitectura Sustentable y Eficiencia Energética. Red de Pobreza Energética

Columna disponible en El Dínamo

Pobreza Energética: un desafío complejo para la política pública

En la pasada cuenta pública se planteó una agenda país que busca enfrentar desafíos tales como el desarrollo, la equidad y la inclusión social. Cada uno de estos, requiere comprensiones profundas de sus condicionantes, expresiones e implicancias en la vida de las personas.

Como Red de Pobreza Energética, nos encontramos abocados desde el 2016 a la comprensión de este fenómeno caracterizado por la insuficiencia, mala calidad o poca sostenibilidad de fuentes que permitan a las personas y comunidades cubrir sus necesidades energéticas. En este sentido hay situaciones preocupantes como  la territorialización de la pobreza energética. Por ejemplo, un 46% de la población total que no cuenta con acceso a electricidad se encuentra en el sur de Chile en las regiones del Bio-Bio y la Araucanía, evidenciando la precaria situación que se vive en esa zona del país.

Por otra parte, hay un uso diferenciado de combustibles para calefacción de acuerdo con la zona climática, lo que trae aparejadas consecuencias como el uso de leña en la zona sur donde la contaminación del aire se señala como principal problema ambiental. Confluyen así la costumbre y el costo en acceso a combustibles de bajo costo y altamente contaminantes, lo que sumado a las inadecuadas condiciones del revestimiento térmico de las viviendas, implica un uso  intensivo de combustible para alcanzar el confort térmico.

Por otra parte, un 34% del segmento pobre, así como un 21% de la clase media baja afirman pasar frio en invierno, lo que se debe en gran medida a la falta de aislación de las viviendas y de calefacción para las mismas. La clase media sufre pobreza energética. Finalmente, sobre el gasto familiar en energía, es posible señalar que las familias de menores ingresos gastan un mayor porcentaje de su presupuesto que las familias de mayores ingresos, pero al revisar los valores absolutos (el total de dinero gastado) es mucho menor y no alcanza para cubrir de manera adecuada sus necesidades energéticas.  En otras palabras, las familias de menores ingresos y la clase media realizan un esfuerzo mayor para calefaccionarse y cubrir sus necesidades energéticas. Estas cifras nos muestran que la pobreza energética va más allá del segmento con menos recursos, se extiende a la clase media, y son una expresión más de las profundas desigualdades existentes en nuestro país.

En este sentido, resulta esperanzador el anuncio de una Ruta Energética que declara entre sus tareas centrales la construcción de un Mapa de Vulnerabilidades, que permita localizar las condiciones territoriales, climáticas, económicas y sociales que afectan la capacidad de acceso, uso y sostenibilidad de este recurso. Creemos que este un paso en la dirección correcta, que apunta en parte a un abordaje de la complejidad del fenómeno, pero junto a él debe sumarse otros en orden al establecimiento de mecanismos permanentes de coordinación funcional intersectorial y multiescalar.

La superación de la pobreza energética no debe quedar en manos únicamente de una cartera, como por ejemplo la de Energía, sino que debe ser capaz de articular a todas las instituciones involucradas en todas sus escalas, sólo así se podrá hacer cargo de un problema tan profundo y complejo, facilitando de esta forma, la instalación de sistemas de observación que remitan información oportuna y relevante para la toma de decisiones y la articulación de agentes del mundo público, privado y de la sociedad civil detrás de un horizonte común de bienestar para todos y todas.

Creemos que así podremos avanzar en complejizar la acción del Estado a la hora de enfrentar con decisión y efectividad este y otros fenómenos, antiguos y nuevos, que afectan significativamente la vida de las personas.

Antonieta Urquieta. Profesora Asistente del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile. Jefa de Carrera de Trabajo Social. Doctora en Trabajo Social y políticas comparadas de bienestar social por la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. Magister en Trabajo Social y Políticas Sociales de la Universidad de Concepción. Licenciada en Trabajo Social y Asistente Social de la Universidad de Valparaíso.

Columna disponible en Cooperativa

Confort Térmico como derecho humano, la pobreza también es energética

Ya sea leyendo, conversando, escuchando la radio o revisando una “app”, sin duda todos nos enteramos que se venían dias complejos en cuanto a situaciones climáticas se refieren para gran parte de nuestro país. De la misma manera, autoridades y representantes de las empresas de servicios básicos (energía, agua, gas, etc) realizaron sendos llamados a la ciudadanía hacia el autocuidado para la prevención ante desastres socionaturales.

A propósito de esto, hace unos días atrás, en un taller de la Red de Pobreza Energética estas noticias reflotaron en nosotros una de las banderas de nuestra Red: el confort térmico como derecho humano.

Sin duda, una de las construcciones filosófico-jurídicas más importantes en la historia de la humanidad ha sido el reconocimiento de la existencia de los derechos humanos; no sólo por la relevancia de poner al ser humano como su eje y centro, sino por el reconocimiento de su dignidad frente al  Estado y otras entidades.

Esta concepción marca un antes y un después en la relación Estado-Ciudadano-Sociedad Civil, puesto que nos permite advertir una etapa donde estos derechos son un límite a cualquier actividad (estatal o privada)  a favor de los individuos, y las consiguientes obligaciones de respecto, promoción y protección. No en vano, estos principios están consagrados como “Bases” de nuestra institucionalidad en la Constitución Política.

A grandes rasgos, y con fines netamente explicativos, podemos resumir la evolución de los derechos humanos bajo las siguientes clasificaciones:

  1. Derechos humanos de Primera Generación o también llamados: “Derechos Civiles y Políticos”. Reconocidos a partir de la Revolución Francesa, y expresados en la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Son derechos en los que tiene primacía la reivindicación de la autonomía y libertad individual frente al Estado.
  2. Derechos Humanos de Segunda Generación o también conocidos como “Derechos Económicos, Sociales y Culturales” (DESC). Esta nueva generación de derechos humanos exhorta al Estado a asumir un rol activo, exige una actividad positiva por parte de éste. En términos generales, los DESC configuran una “obligación de hacer” del Estado y son de satisfacción progresiva.
  3. Derechos Humanos de Tercera Generación, también llamados “Derechos de los Pueblos o de Solidaridad”. A partir de la segunda mitad del siglo XX, estamos siendo actores-testigos de una nueva “expansión” de las fronteras de los derechos humanos que tratan de responder a los nuevos retos y desafíos, así como a la necesidad de cooperación entre las naciones y de los distintos grupos que lo integran producto de la sostenida interdependencia y globalización mundial.

Entre los “nuevos derechos humanos” que han sido propuestos para formar parte de esta “nueva frontera de los derechos humanos” se encuentran, a modo ilustrativo, los siguientes: el derecho al desarrollo; el derecho al medio ambiente; el derecho a beneficiarse del patrimonio común de la humanidad, el derecho a la asistencia humanitaria, el derecho a la autodeterminación, a la independencia económica y política, a la identidad nacional y cultural, a la paz, a la coexistencia pacífica, al entendimiento y confianza, a la cooperación internacional y regional, a la justicia internacional, al uso de los avances de las ciencias y la tecnología, a la solución de los problemas alimenticios, demográficos, educativos y ecológicos, a proteger el medio ambiente y patrimonio común de la humanidad, a contribuir al progreso que garantice la vida digna y la seguridad humana.

Este nuevo paradigma también ha dejado sentir su influencia en la teoría de los derechos humanos, que cada vez va orientándose más hacia los problemas y necesidades concretas de una nueva categoría de actores aparecidos en la escena nacional e internacional: conflictos étnicos, armamentismo, inmigrantes y refugiados (no sólo producto de guerras sino también por efectos del cambio climático y los desastres naturales), terrorismo de corte religioso, etc.

Producto de la “juventud” de estos nuevos actores y escenarios, la discusión jurídica, filosófica y política entorno a esta nueva generación de derechos humanos no ha sido pacífica, existiendo intensas reticencias y debates entorno a ellos.

Por lo tanto, al hablar de Confort Térmico dentro del estudio de la Pobreza Energética, nos encontraríamos ante un nuevo derecho humano en proceso de formación; “in statu nascendi”, dado que los Estados, principales creadores del Derecho Internacional, se muestran reacios a su reconocimiento en algún instrumento de carácter vinculante o bien, en algunos casos, los vemos incorporados de manera difusa en sus políticas públicas y/o legislaciones locales al abordar sus respectivos conflictos energéticos.

Un enfoque desde la perspectiva de los derechos humanos (considerando al confort térmico como un derecho) nos brinda un marco de análisis en el cual se asume que éstos son propios de la naturaleza humana y deben ser garantizados en el presente y en el futuro; supone entonces, por un lado, un deber de todos los actores tanto de atender a cada una de sus dimensiones (acceso a la energía, calidad de la energía y equidad energética) como al Estado de garantizarlos de manera progresiva.

Julían Cortés Oggero. Programa de Reducción de Riesgos y Desastres (CITRID) / Universidad de Chile. Programa de Riesgo Sísmico (PRS) / Universidad de Chile. Red de Pobreza Energética (RedPE) / Universidad de Chile. julian@dgf.uchile.cl

Columna disponible en El Quinto Poder

Chile contaminado ¿Quién asume el costo de descontaminar?

El pasado 25 de mayo, el Ministerio de Energía presentó la Ruta Energética 2018-2022, documento que reúne propuestas y prioridades en materia energética para los próximos cuatro años. Esta hoja de ruta, que incluye una componente de consulta ciudadana, propone dentro de sus principales ejes generar un catastro de vulnerabilidad energética en las familias chilenas para así poder acortar las brechas existentes, así como regular los biocombustibles sólidos como la leña. En este contexto,  una pregunta que surge es ¿cómo una política pública que busca modernizar el sector energético y utilizar energías limpias y amigables con el medio ambiente puede hacer un balance entre lo técnico y lo práctico en regiones donde la leña es la principal fuente de energía?

En la zona centro-sur de Chile, la pobreza energética está relacionada con una dependencia extrema de la leña para calefaccionar los hogares, con ciudades que llegan a un 95% de viviendas que utilizan leña para calefacción. Al alto consumo de este combustible se suma  la deficiente aislación térmica de las construcciones. Es por ello que a pesar de un alto consumo de leña, en ciudades como Valdivia, alrededor de un 70% de las familias no llegan a las condiciones de confort recomendables al interior de sus viviendas o gastan un porcentaje muy alto de sus ingresos para lograrlo. Para contrarrestar esta situación, se han implementado Planes de Descontaminación Atmosférica (PDA) en todas las grandes ciudades desde Santiago al sur del territorio nacional.

El PDA define cuatro maneras para reducir las emisiones de material particulado, estos son: mejorar la aislación de viviendas nuevas y existentes, creación de un programa de recambio de calefactores, mejoramiento de la calidad de la leña y la difusión, sensibilización, capacitación y educación a la comunidad.

Si bien desde una mirada técnica, estos lineamientos apuntan a abordar las principales problemáticas asociadas a la contaminación atmosférica por consumo de leña, ocurre también que  las familias han tenido, en algunos casos, que asumir el costo económico de los cambios establecidos a la generación de contaminantes en Chile. En este contexto, un estudio realizado por el Instituto Forestal, INFOR, ha mostrado que en general, todas las medidas del PDA, a excepción del mejoramiento térmico de viviendas, son regresivas, ya que familias de ingresos más bajos hacen un mayor esfuerzo económico que familias de ingresos más altos para resolver un problema común. Un ejemplo claro en este sentido es el programa de certificación de leña que generó un aumento importante en el precio o las alertas ambientales que prohíben el uso de leña. Estas medidas permiten descontaminar, pero a su vez al incrementar el gasto en calefacción, afectan directamente a aquellas familias con ingresos más bajos, quienes no pueden optar con fuentes de calefacción limpias.

Dentro de las propuestas de los PDA, el programa de re-acondicionaminto térmico de viviendas es la única medida de carácter redistributiva, es decir, que beneficia más a las familias de ingresos más bajos. Esto permitiría reducir de manera significativa la demanda de energía para calefacción (30% a 70%), lo que no sólo reduce la contaminación atmosférica, sino que el gasto de las familias y mejoras en las condiciones de confort.

El caso de los Planes de Descontaminación Atmosférica nos invitan a considerar el diseño e implementación de políticas públicas orientadas a resolver el problema de la contaminación atmosférica desde una mirada holística, en la cual la contaminación atmosférica sería sólo la expresión de un problema mucho más profundo y complejo, como lo es la pobreza energética. Por ello, el foco de la política pública no debe ser sólo reducir la concentración de MP2,5, sino generar las condiciones para que las personas vivan en ambientes bien calefaccionados y saludables.

Alejandra Schueftan. Gerenta Instituto Forestal, sede Los Ríos. Red de Pobreza Energética

Columna disponible en El Mostrador

Pobreza Energética: el rostro más frío de la desigualdad

En Chile pasamos más frío del que estamos dispuestos a asumir. Sin embargo, cuando comienzan a bajar las temperaturas, es difícil evitar pensar en cuáles son las condiciones en las que viven gran parte de los habitantes de nuestro país. A través del concepto “pobreza energética” hemos estado visibilizando la importancia de contar con acceso equitativo a energía de calidad para cubrir los servicios energéticos básicos, especialmente aquellos relacionados con lograr temperaturas saludables y confortables al interior de los hogares.

Sabemos que gran parte de las viviendas del país no cuentan con una adecuada aislación térmica lo que, en otoño e invierno, significa tener que destinar una parte importante del presupuesto familiar en energía para calefacción. Este y otros servicios energéticos son parte importante de la vida cotidiana de chilenos y chilenas, sin embargo, hoy día no contamos con las herramientas adecuadas para caracterizar las condiciones de acceso a estos servicios en los hogares, ni tampoco del impacto que el gasto en energía tiene para el presupuesto de las familias.

Pese a lo anterior, contamos con algunos datos parciales que nos permiten visualizar la importancia y la magnitud de este problema. Por ejemplo, sabemos que un 34% del segmento más pobre de la población declara pasar frío en invierno, así como un 27% del segmento vulnerable y un 21% del segmento medio bajo (ENE, 2016). Asimismo, sabemos que el quintil de menores ingresos gasta casi 3 veces más de su presupuesto mensual en energía -en términos relativos-, respecto del quintil de mayores ingresos (EPF, 2013). Esto, para “satisfacer” (al menos en parte) necesidades asociadas al uso de electricidad, calefacción, agua caliente sanitaria y cocción de alimentos, necesidades que muchas veces se ven limitadas para priorizar otros gastos familiares, debido a los escasos ingresos de este segmento de la población. Por otra parte, los datos de la encuesta CASEN 2015 nos muestran que un 11,6% de los hogares del país no cuentan con agua caliente sanitaria, agudizándose esta cifra al observarla según quintiles, donde cerca de un 40% del quintil de menores ingresos no cuenta con este servicio energético.

Otro dato relevante se relaciona con el tipo de combustible que utilizamos en las distintas zonas climáticas del país para calefaccionar nuestros hogares. Mientras que en la zona centro predomina el uso de gas y parafina para calefacción, en la zona sur del país, desde la región del Bio-bio hasta la región de Aysén, destaca el uso intensivo de leña. Este uso también está fuertemente asociado a ciudades saturadas de contaminación atmosférica, como Los Ángeles, Temuco, Valdivia, Osorno, Puerto Montt y Coyhaique, lo que nos habla de un problema asociado a la calidad de la energía.

También sabemos que la pobreza energética afecta de forma más cruda a niños, niñas, personas mayores, enfermas crónicas y mujeres embarazadas, precisamente por aumentar su vulnerabilidad frente a enfermedades respiratorias y cardiovasculares, tanto por la exposición a bajas temperaturas, como por la exposición a contaminación intradomiciliaria. Por lo anterior, también sabemos que las principales afectadas por la pobreza energética son las mujeres, debido a que la división sexual del trabajo aún dominante en nuestro país se traduce para ellas en una mayor cantidad de tiempo dedicado a trabajo no remunerado en los hogares y al cuidado de otros y otras (ENUT, 2015). Todas estas acciones requieren de la gestión y del uso cotidiano de energía, ya sea para la utilización de electrodomésticos, la cocción y refrigeración de alimentos, la calefacción del hogar, entre otras.

Considerando los datos que tenemos, si bien no podemos hacer una evaluación profunda sobre las condiciones de pobreza energética y su relación con otras dimensiones de la exclusión social, hoy día si podemos reconocer que la pobreza energética agudiza otras desigualdades, como las desigualdades de género, de salud y de educación, potenciando las profundas diferencias económicas y aumentando la vulnerabilidad frente a eventos extremos (por ejemplo, las bajas temperaturas de estos días). Sin embargo, y pese a la evidente importancia de este tema, los datos actuales no nos permiten visibilizar con mayor detalle y profundidad esta situación.

En este contexto, visualizamos con urgencia la necesidad de observar la pobreza energética tanto en los espacios domésticos como en esos otros espacios que habitamos frecuentemente. Por ejemplo, ¿qué temperaturas y qué nivel de contaminación tienen las salas de clases donde estudian nuestros niños y niñas? De igual forma, ¿cómo se relacionan las enfermedades respiratorias de niños, niñas y personas mayores con las condiciones de temperatura, humedad y contaminación de sus viviendas?, ¿a qué niveles de contaminación intradomiciliaria se exponen niños y niñas de diferentes quintiles y cuáles son las temperaturas en las que habitan?, ¿de qué manera influyen la temperatura, humedad y contaminación en su aprendizaje y desarrollo?

Si queremos reducir la desigualdad en nuestro país debemos hacernos cargo de estos problemas. Si los niños y niñas de los quintiles más pobres pasan frío, se exponen a contaminación intradomiciliaria y ni siquiera en los colegios cuentan con temperaturas saludables para el aprendizaje, nunca lograremos “emparejar la cancha” y ofrecer oportunidades reales de inclusión social.

Chile cuenta con condiciones privilegiadas para generar energías limpias, por ejemplo, a partir de energía geotérmica, solar, eólica, entre otras. Esto, sumado a infraestructura habilitante, incentivos efectivos y regulaciones adecuadas, podrían entregar la energía requerida para alcanzar las temperaturas saludables en hogares, hospitales y recintos educacionales. Pero para avanzar en este tema, debemos estar dispuestos, primero, a aceptar que la pobreza en nuestro país es más profunda de lo que queremos ver, y segundo, a invertir en medidas de largo plazo que permitan reducir de forma efectiva las actuales brechas de desigualdad.

Dra. Anahí Urquiza. Coordinadora Red de Pobreza Energética (www.pobrezaenergetica.cl ). Investigadora Cr2 (www.cr2.cl). Académica Facultad de Ciencias Sociales (www.facso.uchile.cl). Universidad de Chile

Columna disponible en El Mostrador

Género y energía: otra cara de la pobreza

El vínculo entre pobreza y género ha impulsado numerosas investigaciones en organismos internacionales. En Chile, este tema no es titular ¿Será porque es un tópico emergente o porque preferimos evitar asuntos que son duros de roer? La pobreza es compleja de abordar porque tiene muchas caras y una de ellas es la que nace del cruce entre energía, género y pobreza: las mujeres son las más pobres energéticamente.

El concepto de pobreza energética sigue siendo desconocido para muchos. Acogiendo a los esfuerzos impulsados por el Estado, la Red de Pobreza Energética ha trabajado en su definición exponiendo que un hogar se encuentra en un estado de pobreza energética cuando no dispone de energía suficiente para cubrir las necesidades fundamentales, como acceso a agua, temperatura mínima y máxima, agua caliente sanitaria, iluminación, por mencionar algunas.

La pobreza energética va más allá del mero acceso al recurso, pues integra variables como calidad y equidad así como de sociales y culturales. No es lo mismo, por ejemplo, climatizar una casa con leña húmeda y estar expuesto a contaminación intradomiciliaria, que calefaccionar con una fuente limpia como la geotermia. Si bien existen todavía variados desafíos en esta temática de género, de cara al comienzo de la época invernal y la llegada de las bajas temperaturas, es la pobreza energética una de las caras de esta desigualdad.

En Chile, esta discusión es incipiente, sin embargo, en países como Reino Unido y España se han realizado estudios que señalan que las mujeres son las más expuestas a la pobreza energética. En el Reino Unido los movimientos ciudadanos han tomado el tema como una bandera de lucha en contra la injusticia social. Por otra parte, la Asociación Catalana de Ingeniería Sin Fronteras en 2016 señaló que los sectores más vulnerables en España son las familias monoparentales, las mujeres jubiladas, jefas de hogar, trabajadoras de servicio doméstico y las mujeres migrantes.

La realidad chilena ofrece un escenario similar: es la mujer quien realiza mayor trabajo no remunerado, lo que incluye trabajos domésticos y de cuidado en el hogar, destinando en promedio 2 horas diarias más para actividades de este tipo (Encuesta Nacional Sobre Uso del Tiempo). La mujer es quien pasa más tiempo en el hogar, jugando un rol protagónico en el cuidado de niños y adultos mayores.

Por otra parte, de acuerdo a datos de la encuesta CASEN 2015 los hogares liderados por mujeres muestran una tendencia hacia estados de conservación más precarios de las viviendas (tipo de vivienda, material y estado de conservación de muros, piso y techo) respecto de aquellos hogares liderados por hombres.

Estos datos sugieren que la pobreza energética afecta mayormente a mujeres, siendo este nexo entre género y pobreza una categoría de análisis urgente a la hora de impulsar políticas públicas que buscan disminuir la pobreza energética de nuestro país. Creemos y sostenemos que el primer paso es incluir la perspectiva de género a la hora de construir los instrumentos de diagnóstico, ya que partir con datos certeros que visibilicen esta dramática situación en la que viven miles de mujeres junto a las personas que ellas tienen a cargo, es fundamental para hacer de nuestra sociedad una más inclusiva, justa y sana.

Sofía Vargas, Investigadora CEGA

Jorgelina Sannazzaro, investigadora NUMIES

 

* Ambas investigadoras pertenecen a la Red de Pobreza Energética – RedPE

FUENTE: El Quinto Poder

Pobreza energética: una urgencia ineludible

En mayo de 2016 fue promulgada la Ley 20.928 de Equidad Tarifaria, otro gran paso que fue perfeccionado con decretos adicionales, los que fijaron precios de la electricidad, ajustes y recargos, legalizando así una forma de equidad en el acceso a la energía: establece que ninguna cuenta de luz superará el 10% del promedio nacional; rebaja el costo en las comunas donde hay proyectos de generación de energía; y elimina el cobro individual por corte y reposición.

 

Tanto la Política Energética 2050 como la Ley 20.928 asumieron un concepto acuñado en el extranjero y que un grupo de profesionales e instituciones estudia hoy en Chile: la pobreza energética. Una de las metas de la política Energía 2050, sobre la cual trabaja el Ministerio de Energía, es contar con una definición que se adapte a la realidad nacional.

A nivel de países desarrollados, se entiende que una persona o familia está en el umbral de la pobreza energética cuando destina más del 10% de sus ingresos a pagar la energía. En Chile, la realidad es diferente. En algunas regiones, como la Metropolitana, las personas prefieren o están obligadas a pasar frío debido a los altos precios de la calefacción. En la zona sur, se usa leña para calefaccionar, muchas veces húmeda, que es barata pero tiene un enorme costo en salud (se calculan más de 3.700 muertes prematuras por enfermedades cardiopulmonares asociadas a contaminación atmosférica).

 

Las caras de la pobreza energética son muchas. Se espera por esta razón que emane de allí una definición que aborde este concepto en toda su complejidad.

Es cierto que se han dado pasos importantes.

La Ley 20.928 de Equidad Tarifaria responde a algunas dimensiones de la pobreza energética: atendiendo necesidades básicas de hogares vulnerables al eliminar el cobro por reposición, el que podía implicar una fracción importante de los ingresos de una familia, mejorando las condiciones de acceso, desde una perspectiva económica, a la electricidad. La normativa hace también un reconocimiento a la generación local, que comprende que la generación energética local puede tener un efecto directo en el bienestar de las personas cercanas a una central, incorporando de esta forma el concepto de equidad, el cual está presente en el tercer y último beneficio de la ley, al garantizar que entre los chilenos no haya grandes diferencias en el precio de la energía eléctrica.

 

Como investigadores del Centro de Energía de la Universidad de Chile e integrantes de la Red de Pobreza Energética, consideramos que Chile debe dar un nuevo paso, necesario en esta nueva fase del desarrollo del país. Creemos que llegó el momento no sólo de definir la pobreza energética, sino de diagnosticarla, hacerse cargo de ella, y superarla.

¿Qué significa pobreza energética? Que tenemos necesidades de diverso tipo y que deberían ser todas garantizadas: iluminación, conservación de alimentos, acceso a la comunicación, protección para los electrodependientes, entre otras. Pueden ser todas de diversa magnitud, pero son todas importantes, porque la energía cubre necesidades por las cuales el Estado debe velar.

Paz Araya. Investigadora del Centro de Energía de la Universidad de Chile y Coordinadora de Poryectos RedPE.

Patricio Mendoza. Académico del Departamento de Ingeniería Civil Eléctrica y del Centro de Energía de la Universidad de Chile. Coordinador Digital RedPE.


Olas de calor, desigualdad y envejecimiento de la población: una peligrosa combinación

Santiago de Chile es una ciudad altamente segregada y desigual respecto de las condiciones socioeconómicas de los hogares, el acceso a servicios e infraestructura urbana y también del porcentaje de cobertura vegetal o zonas verdes. Respecto de esto último, estudios recientes indican que las comunas de mayores ingresos son las que poseen mayor superficie de áreas verdes por habitante, lo que no solo tiene impactos positivos en la configuración del paisaje y las oportunidades para realizar actividades al aire libre, sino que las áreas verdes ayudan también a regular la temperatura de las ciudades, limitando las llamadas “islas de calor” y reduciendo los efectos de las olas de calor que se hacen cada vez más frecuentes en la zona central del país. Analicemos brevemente esto en el contexto de los episodios de altas temperaturas que tuvimos la última semana en la ciudad de Santiago.

Entre el 9 y el 16 de noviembre tuvimos nuestra primera ola de calor de la temporada y durante cinco días la temperatura rondó los 30ºC. Gracias al sistema de monitoreo del Minvu (RENAM), logramos identificar que en dicha semana las temperaturas máximas de Renca estuvieron siempre sobre los 33ºC, mientras que en Vitacura solo cerca de los 27ºC. Esto no debiera sorprendernos, pues, mientras las áreas verdes disponibles en Renca suman 17,8 metros cuadrados per cápita (incluyendo toda el área del cerro Renca), en Vitacura la cifra alcanza los 56,2 metros cuadrados. Este es solo en ejemplo de disparidad entre comunas “ricas” y “pobres” de nuestra ciudad.

La situación anterior resulta preocupante al largo plazo, pues en investigaciones llevadas a cabo en el (CR)2 hemos constatado que las olas de calor serán cada vez más frecuentes en el país. Así, al proyectar estos fenómenos en las ciudades de la zona centro sur del Valle Central, considerando la posible evolución durante el siglo XXI, se visualiza que los días con temperaturas sobre 30ºC se podrían triplicar hacia el fin del presente siglo (desde 8% hasta 28%).

Ante las olas de calor, la población más vulnerable son niños, enfermos y personas de la tercera edad. Respecto de este último grupo, y en el contexto de las proyecciones anteriores, se debe considerar que todos los indicadores muestran que estamos envejeciendo como población y que, a mediados del presente siglo, el porcentaje de la población mayor será cercano al 25%. Por tanto, cada vez tendremos a más personas mayores expuestas a olas de calor, las cuales ocurrirán con mayor frecuencia.

Vale la pena preguntarse entonces: ¿cómo es la calidad de las viviendas (aislación térmica) de las personas mayores?, ¿qué servicios de salud tendremos disponibles para enfrentar las complicaciones relacionadas con las altas temperaturas?, ¿qué características tienen los barrios para reducir las islas de calor?, ¿cuántos contaremos con los recursos económicos para comprar equipos de aire acondicionado y, al mismo tiempo, pagar los costos de energía que involucran? En el contexto de la discusión sobre las pensiones, la calidad del sistema de salud y la segregación de la ciudad, problematizar la “pobreza energética” que probablemente enfrentará una parte importante de nuestra población se vuelve un tema clave.

En este contexto, tendremos que evaluar a futuro si es que artefactos como los ventiladores eléctricos o los equipos de aire acondicionado domiciliario deberían ser considerados en la canasta familiar de algunas ciudades y el modo en que estos impactan en la calidad de vida de las personas mayores, considerando la desigual capacidad económica de la población. Por otra parte, no podemos dejar de considerar que el aumento de consumo de aire acondicionado no está exento de efectos colaterales, porque, además de ser altamente desigual su acceso (aparatos y costo de energía), se sospecha que su uso intensivo podría implicar un aumento de las islas de calor, debido al efecto que produce su funcionamiento en el entorno inmediato.

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Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales y coordinadora de la Red de Pobreza Energética

Patricio Mendoza. Académico del Departamento de Ingeniería Civil Eléctrica y del Centro de Energía de la Universidad de Chile. Coordinador Digital RedPE.


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