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Seminario “Pobreza energética y sistemas de calefacción en el sur de Chile: una aproximación transdisciplinar”

A partir de las 9:00 hrs. del día viernes 28 de septiembre, la Universidad de la Frontera en Temuco recibió el nuevo seminario abierto RedPE abierto “Pobreza energética y sistemas de calefacción en el sur de Chile: una aproximación transdisciplinar”, el cual se realizó en el Auditorio del Núcleo de Ciencias Sociales y Humanidades de la UFRO.

Con el objetivo de dar a conocer las situaciones energéticas presentes en la región de la Araucanía, principalmente centradas en el sector residencial, la jornada reunió a unas 20 personas, las cuales discutieron a partir de las presentaciones de los 4 expositores.
El encuentro inició con la exposición de las investigadoras de RedPE, Anahí Urquiza y Alejandra Cortés, “Pobreza energética: Una aproximación compleja para los desafíos del sur”, para luego dar paso a la presentación “Diagnóstico energético regional” del Seremi de Energía de la Región, Álvaro Valverde. El seminario siguió con las exposiciones de Fernando Lanas, académico de la Facultad de Medicina de la UFRO, a cargo de presentar “Contaminación del aire y enfermedad Cardiovascular”, mientras que Alex Boso, miembro del Núcleo de Ciencias Sociales de la UFRO, cerró la jornada con “La adopción de las estufas a pellet en el sur de Chile: el rol de los afectos, percepciones y prácticas sociales”.
Por último, el seminarió finalizó con un taller para todos los presentes, el cual tenía por objetivo conocer la percepción y conocimiento que tienen los asistentes ante el proceso desarrollado por el Programa De Recambio de Calefactores en las comunidades de Temuco y Padre de las Casas.

Al menos 61% de hogares se encuentra en estado de pobreza energética

La cifra corresponde a Valdivia y fue señalada por un estudio del Instituto Forestal. Esto significa que las familias gastan más del 10% de sus ingresos en energía, pero aún así no cubren sus necesidades.

A partir del seminario abierto en Valdivia el pasado 23 de agosto en la Universidad Austral de Chile, el Diario Austral sacó una nota sobre la pobreza energética y los estudios de INFOR en torno al tema.


Pobreza energética y vivienda social

La necesidad de elaborar una definición de Pobreza Energética para Chile fue declarada en la Política Energética 2050 cuando se expone que, en Chile, es necesario responder a cuáles son los elementos que determinan la pobreza energética y cuál es el nivel actual en nuestro país. Se plantea la necesidad de definir el concepto y su forma de medición con el objetivo de establecer políticas específicas para su reducción. La Red de Pobreza Energética (RedPE) nace al alero de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile con un equipo multidisciplinario que busca enfrentar este desafío. Actualmente la red se compone de investigadores y socios de distintos ámbitos, tanto públicos como privados, de regiones y de diferentes actores de la sociedad civil. El enfoque de la red se ha iniciado desde la escala de la vivienda, para avanzar hacia una escala territorial de las dimensiones que afectan la pobreza energética.

Es en la escala de vivienda, donde precisamente existe el gran desafío de construir indicadores que nos permitan evaluar la pobreza energética residencial, en los distintos contextos climáticos, geográficos y territoriales de nuestro país. Chile, desde los 80, inició una política habitacional para suplir el déficit cuantitativo de hogares, que dejó como resultado, un extenso parque habitacional edificado a lo largo de todo el país, con pobres estándares constructivos y mínimos requerimientos de espacio público. Es precisamente la mala calidad constructiva que tienen las viviendas, la responsable de la contaminación por combustión a leña (Material Particulado 10 y 2.5) que sufren muchas ciudades al sur del nuestro país, afectando la salud de la población. Una vivienda mal aislada y llena de infiltraciones de aire, no permite mantener el calor dentro de la vivienda; y eso, en consecuencia, implica mayor cantidad de energía requerida para generar calor y mantener un ambiente mínimamente confortable.

En el caso de las ciudades del sur, esa energía calórica se genera a partir de la combustión de leña. Y no se puede prohibir el uso de leña, cuando es el recurso energético más barato y asequible para las familias de menores ingresos. No contar con recursos para costear la calefaccionar en un hogar, implica tener que tolerar el frío sin otra alternativa que abrigarse más dentro de la vivienda y en el caso de los adultos mayores, permanecer mayor tiempo dentro de la cama. Por lo tanto, ¿qué hacemos? Si prohibimos el uso de leña, las personas más vulnerables no pueden costear otros combustibles para calefaccionar, lo cual trae como consecuencia problemas de salud de las personas por bajas temperaturas dentro del hogar. Pero su extensivo uso, genera por otro lado, la contaminación atmosférica, que también afecta a la salud de las personas. Si bien hoy contamos con un subsidio de reacondicionamiento térmico y una reglamentación térmica para vivienda, los requerimientos exigidos siguen siendo pocos, sobre todo para la zona sur de nuestro país, que cuenta con climas con frío extremo.

Mejorar la calidad constructiva de una vivienda, no es sólo preocuparse de la aislación térmica. Implica resolver problemas de infiltraciones, puentes térmicos, humedad, garantizar adecuados niveles de ventilación, así como contar con fuentes de calefacción limpias, seguras y con combustible asequibles y disponibles. El desafío de mejorar la calidad de nuestras edificaciones es a toda escala y en todo el territorio, porque no sólo las familias más vulnerables pasan frío en invierno, las familias de clase media también. La vivienda debe garantizar una calidad de ambiente interior saludable y confortable, con los mínimos requerimientos energéticos posibles. Si esto último es de consenso nacional, entonces cabe preguntarse:

¿Cuántos chilenos sufrimos algún tipo de pobreza energética?

Alejandra Cortés. Profesora asistente, departamento de Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile.

Mira la columna de opinión aquí

Investigadoras RedPE presentan en jornada energética de Techo

Durante el jueves 02 de agosto, Antonieta Urquieta y Monserrat Bobadilla, investigadoras de la RedPe,  visitaron Techo Chile para participar de una jornada que buscó acercar el trabajo de la Red a arquitectos del Área de Desarrollo de Habitad de Techo.

Antonieta Urquieta, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, presentó “Pobreza energética: nuevos desafíos para pensar un Chile sin campamentos”, relatando los principales avances de RedPE desde su creación. Por otra parte, Urquieta destacó la importancia de incluir el trabajo territorial en los programas que abordan distintas dimensiones de pobreza.
En este contexto señaló, “Techo está presente generando reales posibilidades de cobertura y cercanía con la gente, lo cual se traduce en conocimiento concreto sobre fenómenos”. De esta forma, la investigadora finalizó su presentación enfatizando en las características de la pobreza energética como aislamiento, acceso y materialidad , las cuales vinculan estrechamente a las labores que realiza Techo en los campamentos chilenos.
Por otra parte, Monserrat Bobadilla expuso “Definición del límite de pobreza energética desde la vivienda” y destacó cómo la vulnerabilidad es una característica presente en gran parte de los hogares chilenos, lo cual debe ser revertido por la búsqueda de equilibrio entre tres factores: confort, gasto y salud de los miembros del hogar. Además, la investigadora señaló que es necesario establecer límites aplicables en Chile, para así no depender de datos sesgados desde otras naciones y sus realidades.
De esta forma, las presentaciones de ambas investigadoras se enmarcan dentro del objetivo de RedPE en generar lazos con los distintos actores influyentes en el mundo energético, en este caso con Techo, organización clave de la sociedad civil.

La (mala) costumbre del frío en la vivienda

Por muy tolerante al frío que se sea, esta semana en la zona centro sur del país las temperaturas exteriores se encuentran muy lejanas al rango de confort térmico de los seres humanos (generalmente entre 16ºC y 27ºC)(1). La “costumbre” al frío o más bien, “aguante” a bajas temperaturas en el hogar es una idea internalizada en nuestra sociedad. Para la mayoría, prácticas como pasar frío en invierno, tener algún tipo de enfermedad respiratoria unas dos veces esta temporada y desembolsar una cantidad preocupante de dinero en calefaccionar se aceptan como algo “normal”. Sumadas a esta “normalidad” se encuentran las emisiones de gases contaminantes al aire producto de la combustión, que se han vuelto el “sacrificio necesario” para sobrevivir a las bajas temperaturas de la estación.

La mayoría de los chilenos nos encontramos, especialmente en esta época, en disconfort térmico dentro de la vivienda por una gran cantidad de horas, y en los horarios de mayor exigencia, es decir, cuando se registran las mínimas diarias de temperatura es justamente cuando se pasa mayor tiempo en el hogar. Además, de acuerdo a cifras de CEPAL, un porcentaje no menor de familias necesita destinar más del 10% del presupuesto familiar en mantener condiciones aceptables de temperatura al interior de la vivienda. Ambos escenarios pueden definirse como pobreza energética porque es necesario gastar parte importante del presupuesto mensual en calefacción, en desmedro de otros gastos, o en caso de no poder cubrir dicho gasto, por asumir el frío y aguantarlo. Esta situación es realmente dramática si pensamos en grupos familiares integrados por menores de edad, ancianos o enfermos.

La actual reglamentación térmica chilena establece que los parámetros con los que se construyen la mayoría de las viviendas en Chile hasta el día de hoy es insuficiente para acondicionar térmicamente y mantener una temperatura confortable al interior de los hogares sin poder prescindir de sistemas de calefacción activos. Esto se observa en prácticamente todos los climas de nuestro país. De este modo nuestro ambiente habitacional se encuentra lleno de viviendas mal aisladas, con exceso de infiltraciones, puentes térmicos, condensación y con una envolvente (muros y cubierta en contacto con el exterior) deficiente que presenta una alta transmitancia térmica, es decir con un importante flujo de calor a través de ésta. Todo debido a una baja exigencia de estos factores en la construcción lo que se ve agravado por el mal uso de quiénes habitan las viviendas.

Los caminos para mejorar considerablemente esta situación y sacar a un alto porcentaje de familias de la pobreza energética son diversos y van desde empapar a nuestra sociedad de un aprendizaje respecto a habitar y entender una vivienda energéticamente eficiente, utilizar equipos o sistemas de calefacción con alto rendimiento energético y no contaminantes además de incluir energías renovables no convencionales, ERNC, en dichos sistemas. Pero ante todas estas estrategias, la más fundamental tiene que ver con el mejoramiento de nuestra vivienda desde los elementos que componen su envolvente (muros, ventanas, piso y cubiertas), aislándola de manera correcta y suficiente para cubrir una alta cantidad de horas de demanda de calefacción sin requerir demasiado consumo de estufas o equipos activos de acondicionamiento térmico. El mejoramiento de tan sólo este elemento, la piel de nuestro hogar, nos permitiría aumentar nuestro confort térmico, cuidar nuestro bolsillo y por lo tanto, mejorar nuestra calidad de vida.

Es urgente entonces que la Reglamentación Térmica Chilena aumente su exigencia, que existan programas o subsidios de apoyo al mejoramiento de viviendas existentes o nuevas y que se hagan los esfuerzos de manera colectiva para exigir y lograr un mayor estándar para nuestros hogares.

Sólo de este modo podremos avanzar a disminuir la pobreza energética en nuestro país, a evitar enfermedades relacionadas al frío o malas condiciones atmosféricas, aumentar nuestra calidad del ambiente interior y pasar inviernos más felices.

Monserrat Bobadilla Z. Arquitectura Sustentable y Eficiencia Energética. Red de Pobreza Energética

Columna disponible en El Dínamo

Pobreza Energética: el rostro más frío de la desigualdad

En Chile pasamos más frío del que estamos dispuestos a asumir. Sin embargo, cuando comienzan a bajar las temperaturas, es difícil evitar pensar en cuáles son las condiciones en las que viven gran parte de los habitantes de nuestro país. A través del concepto “pobreza energética” hemos estado visibilizando la importancia de contar con acceso equitativo a energía de calidad para cubrir los servicios energéticos básicos, especialmente aquellos relacionados con lograr temperaturas saludables y confortables al interior de los hogares.

Sabemos que gran parte de las viviendas del país no cuentan con una adecuada aislación térmica lo que, en otoño e invierno, significa tener que destinar una parte importante del presupuesto familiar en energía para calefacción. Este y otros servicios energéticos son parte importante de la vida cotidiana de chilenos y chilenas, sin embargo, hoy día no contamos con las herramientas adecuadas para caracterizar las condiciones de acceso a estos servicios en los hogares, ni tampoco del impacto que el gasto en energía tiene para el presupuesto de las familias.

Pese a lo anterior, contamos con algunos datos parciales que nos permiten visualizar la importancia y la magnitud de este problema. Por ejemplo, sabemos que un 34% del segmento más pobre de la población declara pasar frío en invierno, así como un 27% del segmento vulnerable y un 21% del segmento medio bajo (ENE, 2016). Asimismo, sabemos que el quintil de menores ingresos gasta casi 3 veces más de su presupuesto mensual en energía -en términos relativos-, respecto del quintil de mayores ingresos (EPF, 2013). Esto, para “satisfacer” (al menos en parte) necesidades asociadas al uso de electricidad, calefacción, agua caliente sanitaria y cocción de alimentos, necesidades que muchas veces se ven limitadas para priorizar otros gastos familiares, debido a los escasos ingresos de este segmento de la población. Por otra parte, los datos de la encuesta CASEN 2015 nos muestran que un 11,6% de los hogares del país no cuentan con agua caliente sanitaria, agudizándose esta cifra al observarla según quintiles, donde cerca de un 40% del quintil de menores ingresos no cuenta con este servicio energético.

Otro dato relevante se relaciona con el tipo de combustible que utilizamos en las distintas zonas climáticas del país para calefaccionar nuestros hogares. Mientras que en la zona centro predomina el uso de gas y parafina para calefacción, en la zona sur del país, desde la región del Bio-bio hasta la región de Aysén, destaca el uso intensivo de leña. Este uso también está fuertemente asociado a ciudades saturadas de contaminación atmosférica, como Los Ángeles, Temuco, Valdivia, Osorno, Puerto Montt y Coyhaique, lo que nos habla de un problema asociado a la calidad de la energía.

También sabemos que la pobreza energética afecta de forma más cruda a niños, niñas, personas mayores, enfermas crónicas y mujeres embarazadas, precisamente por aumentar su vulnerabilidad frente a enfermedades respiratorias y cardiovasculares, tanto por la exposición a bajas temperaturas, como por la exposición a contaminación intradomiciliaria. Por lo anterior, también sabemos que las principales afectadas por la pobreza energética son las mujeres, debido a que la división sexual del trabajo aún dominante en nuestro país se traduce para ellas en una mayor cantidad de tiempo dedicado a trabajo no remunerado en los hogares y al cuidado de otros y otras (ENUT, 2015). Todas estas acciones requieren de la gestión y del uso cotidiano de energía, ya sea para la utilización de electrodomésticos, la cocción y refrigeración de alimentos, la calefacción del hogar, entre otras.

Considerando los datos que tenemos, si bien no podemos hacer una evaluación profunda sobre las condiciones de pobreza energética y su relación con otras dimensiones de la exclusión social, hoy día si podemos reconocer que la pobreza energética agudiza otras desigualdades, como las desigualdades de género, de salud y de educación, potenciando las profundas diferencias económicas y aumentando la vulnerabilidad frente a eventos extremos (por ejemplo, las bajas temperaturas de estos días). Sin embargo, y pese a la evidente importancia de este tema, los datos actuales no nos permiten visibilizar con mayor detalle y profundidad esta situación.

En este contexto, visualizamos con urgencia la necesidad de observar la pobreza energética tanto en los espacios domésticos como en esos otros espacios que habitamos frecuentemente. Por ejemplo, ¿qué temperaturas y qué nivel de contaminación tienen las salas de clases donde estudian nuestros niños y niñas? De igual forma, ¿cómo se relacionan las enfermedades respiratorias de niños, niñas y personas mayores con las condiciones de temperatura, humedad y contaminación de sus viviendas?, ¿a qué niveles de contaminación intradomiciliaria se exponen niños y niñas de diferentes quintiles y cuáles son las temperaturas en las que habitan?, ¿de qué manera influyen la temperatura, humedad y contaminación en su aprendizaje y desarrollo?

Si queremos reducir la desigualdad en nuestro país debemos hacernos cargo de estos problemas. Si los niños y niñas de los quintiles más pobres pasan frío, se exponen a contaminación intradomiciliaria y ni siquiera en los colegios cuentan con temperaturas saludables para el aprendizaje, nunca lograremos “emparejar la cancha” y ofrecer oportunidades reales de inclusión social.

Chile cuenta con condiciones privilegiadas para generar energías limpias, por ejemplo, a partir de energía geotérmica, solar, eólica, entre otras. Esto, sumado a infraestructura habilitante, incentivos efectivos y regulaciones adecuadas, podrían entregar la energía requerida para alcanzar las temperaturas saludables en hogares, hospitales y recintos educacionales. Pero para avanzar en este tema, debemos estar dispuestos, primero, a aceptar que la pobreza en nuestro país es más profunda de lo que queremos ver, y segundo, a invertir en medidas de largo plazo que permitan reducir de forma efectiva las actuales brechas de desigualdad.

Dra. Anahí Urquiza. Coordinadora Red de Pobreza Energética (www.pobrezaenergetica.cl ). Investigadora Cr2 (www.cr2.cl). Académica Facultad de Ciencias Sociales (www.facso.uchile.cl). Universidad de Chile

Columna disponible en El Mostrador

Pobreza energética: una urgencia ineludible

En mayo de 2016 fue promulgada la Ley 20.928 de Equidad Tarifaria, otro gran paso que fue perfeccionado con decretos adicionales, los que fijaron precios de la electricidad, ajustes y recargos, legalizando así una forma de equidad en el acceso a la energía: establece que ninguna cuenta de luz superará el 10% del promedio nacional; rebaja el costo en las comunas donde hay proyectos de generación de energía; y elimina el cobro individual por corte y reposición.

 

Tanto la Política Energética 2050 como la Ley 20.928 asumieron un concepto acuñado en el extranjero y que un grupo de profesionales e instituciones estudia hoy en Chile: la pobreza energética. Una de las metas de la política Energía 2050, sobre la cual trabaja el Ministerio de Energía, es contar con una definición que se adapte a la realidad nacional.

A nivel de países desarrollados, se entiende que una persona o familia está en el umbral de la pobreza energética cuando destina más del 10% de sus ingresos a pagar la energía. En Chile, la realidad es diferente. En algunas regiones, como la Metropolitana, las personas prefieren o están obligadas a pasar frío debido a los altos precios de la calefacción. En la zona sur, se usa leña para calefaccionar, muchas veces húmeda, que es barata pero tiene un enorme costo en salud (se calculan más de 3.700 muertes prematuras por enfermedades cardiopulmonares asociadas a contaminación atmosférica).

 

Las caras de la pobreza energética son muchas. Se espera por esta razón que emane de allí una definición que aborde este concepto en toda su complejidad.

Es cierto que se han dado pasos importantes.

La Ley 20.928 de Equidad Tarifaria responde a algunas dimensiones de la pobreza energética: atendiendo necesidades básicas de hogares vulnerables al eliminar el cobro por reposición, el que podía implicar una fracción importante de los ingresos de una familia, mejorando las condiciones de acceso, desde una perspectiva económica, a la electricidad. La normativa hace también un reconocimiento a la generación local, que comprende que la generación energética local puede tener un efecto directo en el bienestar de las personas cercanas a una central, incorporando de esta forma el concepto de equidad, el cual está presente en el tercer y último beneficio de la ley, al garantizar que entre los chilenos no haya grandes diferencias en el precio de la energía eléctrica.

 

Como investigadores del Centro de Energía de la Universidad de Chile e integrantes de la Red de Pobreza Energética, consideramos que Chile debe dar un nuevo paso, necesario en esta nueva fase del desarrollo del país. Creemos que llegó el momento no sólo de definir la pobreza energética, sino de diagnosticarla, hacerse cargo de ella, y superarla.

¿Qué significa pobreza energética? Que tenemos necesidades de diverso tipo y que deberían ser todas garantizadas: iluminación, conservación de alimentos, acceso a la comunicación, protección para los electrodependientes, entre otras. Pueden ser todas de diversa magnitud, pero son todas importantes, porque la energía cubre necesidades por las cuales el Estado debe velar.

Paz Araya. Investigadora del Centro de Energía de la Universidad de Chile y Coordinadora de Poryectos RedPE.

Patricio Mendoza. Académico del Departamento de Ingeniería Civil Eléctrica y del Centro de Energía de la Universidad de Chile. Coordinador Digital RedPE.


Olas de calor, desigualdad y envejecimiento de la población: una peligrosa combinación

Santiago de Chile es una ciudad altamente segregada y desigual respecto de las condiciones socioeconómicas de los hogares, el acceso a servicios e infraestructura urbana y también del porcentaje de cobertura vegetal o zonas verdes. Respecto de esto último, estudios recientes indican que las comunas de mayores ingresos son las que poseen mayor superficie de áreas verdes por habitante, lo que no solo tiene impactos positivos en la configuración del paisaje y las oportunidades para realizar actividades al aire libre, sino que las áreas verdes ayudan también a regular la temperatura de las ciudades, limitando las llamadas “islas de calor” y reduciendo los efectos de las olas de calor que se hacen cada vez más frecuentes en la zona central del país. Analicemos brevemente esto en el contexto de los episodios de altas temperaturas que tuvimos la última semana en la ciudad de Santiago.

Entre el 9 y el 16 de noviembre tuvimos nuestra primera ola de calor de la temporada y durante cinco días la temperatura rondó los 30ºC. Gracias al sistema de monitoreo del Minvu (RENAM), logramos identificar que en dicha semana las temperaturas máximas de Renca estuvieron siempre sobre los 33ºC, mientras que en Vitacura solo cerca de los 27ºC. Esto no debiera sorprendernos, pues, mientras las áreas verdes disponibles en Renca suman 17,8 metros cuadrados per cápita (incluyendo toda el área del cerro Renca), en Vitacura la cifra alcanza los 56,2 metros cuadrados. Este es solo en ejemplo de disparidad entre comunas “ricas” y “pobres” de nuestra ciudad.

La situación anterior resulta preocupante al largo plazo, pues en investigaciones llevadas a cabo en el (CR)2 hemos constatado que las olas de calor serán cada vez más frecuentes en el país. Así, al proyectar estos fenómenos en las ciudades de la zona centro sur del Valle Central, considerando la posible evolución durante el siglo XXI, se visualiza que los días con temperaturas sobre 30ºC se podrían triplicar hacia el fin del presente siglo (desde 8% hasta 28%).

Ante las olas de calor, la población más vulnerable son niños, enfermos y personas de la tercera edad. Respecto de este último grupo, y en el contexto de las proyecciones anteriores, se debe considerar que todos los indicadores muestran que estamos envejeciendo como población y que, a mediados del presente siglo, el porcentaje de la población mayor será cercano al 25%. Por tanto, cada vez tendremos a más personas mayores expuestas a olas de calor, las cuales ocurrirán con mayor frecuencia.

Vale la pena preguntarse entonces: ¿cómo es la calidad de las viviendas (aislación térmica) de las personas mayores?, ¿qué servicios de salud tendremos disponibles para enfrentar las complicaciones relacionadas con las altas temperaturas?, ¿qué características tienen los barrios para reducir las islas de calor?, ¿cuántos contaremos con los recursos económicos para comprar equipos de aire acondicionado y, al mismo tiempo, pagar los costos de energía que involucran? En el contexto de la discusión sobre las pensiones, la calidad del sistema de salud y la segregación de la ciudad, problematizar la “pobreza energética” que probablemente enfrentará una parte importante de nuestra población se vuelve un tema clave.

En este contexto, tendremos que evaluar a futuro si es que artefactos como los ventiladores eléctricos o los equipos de aire acondicionado domiciliario deberían ser considerados en la canasta familiar de algunas ciudades y el modo en que estos impactan en la calidad de vida de las personas mayores, considerando la desigual capacidad económica de la población. Por otra parte, no podemos dejar de considerar que el aumento de consumo de aire acondicionado no está exento de efectos colaterales, porque, además de ser altamente desigual su acceso (aparatos y costo de energía), se sospecha que su uso intensivo podría implicar un aumento de las islas de calor, debido al efecto que produce su funcionamiento en el entorno inmediato.

Leer columna en el mostrador

Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales y coordinadora de la Red de Pobreza Energética

Patricio Mendoza. Académico del Departamento de Ingeniería Civil Eléctrica y del Centro de Energía de la Universidad de Chile. Coordinador Digital RedPE.


Pobreza energética en Chile: ¿un problema invisible?

La desigualdad social en Chile tiene muchas más caras de las que alcanzamos a ver. No es solo esa vergonzosa columna que nos representa en el primer lugar del índice de ingresos desiguales de países de la OCDE (Gini), o nuestro mundialmente famoso sistema educativo diseñado para mantener el statu quo entre ricos y pobres, ni siquiera se puede reducir al retrato de aquellas familias que ocupan gran parte de los puestos de poder del país. Nuestra desigualdad social no solamente se puede ver y medir, sino que se puede sentir en la piel, se puede respirar y padecer en cuerpo y alma. Lentamente hemos ido tomando conciencia que nuestras imágenes de la desigualdad están incompletas, que la materialidad de las viviendas, la conformación e idiosincrasia de barrios y territorios o la propia contaminación atmosférica son solo parte de un problema mayor que se asoma en ocasiones en medio de los desastres naturales o las crisis sanitarias. Nos referimos a la pobreza energética.

Una lectura apresurada de este concepto podría ver en él una idea naif, una ingenuidad o acaso una redundancia, pues el tipo y calidad de energía a la que pueden acceder las familias sería una consecuencia directa de la mentada desigualdad de ingresos, influencias o poder. Pero, como ocurre con los sismos en Chile, el estar acostumbrados a ellos no significa que los conozcamos mejor. Imaginamos que la pobreza material implica pobreza energética, pero ¿qué sabemos de ella? Los instrumentos actuales que definen pobreza no dan cuenta de este aspecto, a pesar de sus enormes consecuencias para la salud y la calidad de vida de la población.

Si bien desconocemos muchas de las maneras en que este fenómeno afecta a los habitantes de nuestro país, hay fuentes de información estadística a nivel nacional que nos permiten identificar algunas de sus características y nos muestran lo urgente que es actuar en este aspecto. Así, por ejemplo, sabemos que los hogares más pobres gastan un porcentaje muy alto de sus ya escasos ingresos en energía, pero la deficitaria aislación térmica de sus viviendas sumada a los tipos de energía que pueden acceder (leña, carbón o gas) no permiten a estos hogares alcanzar ambientes confortables. Peor aún, estas energías producen contaminación intradomiciliaria que favorece todo tipo de enfermedades respiratorias, afectando principalmente a niños y personas mayores (ver recuadro con algunos hallazgos). A partir de esto podemos plantear muchas interrogantes. Por ejemplo, si esta situación la ubicamos en el marco de las proyecciones demográficas nacionales aparecidas recientemente, las cuales indican que estamos envejeciendo rápidamente, y a ellas sumamos nuestro deficiente sistema de pensiones que condena a gran parte de las personas mayores a vivir en la pobreza, ¿qué implicancias tiene dicha pobreza?, ¿qué pasará, por otro lado, con los adultos mayores en las olas de calor proyectadas como consecuencia del cambio climático? Casas mal aisladas y sin ventilación adecuada en comunas con muy pocas áreas verdes y sin servicios comunitarios especialmente acondicionados, harán que las personas mayores tengan muy pocas opciones para enfrentar fríos intensos u olas de calor.

Conocido es ya el problema de contaminación que produce la leña, especialmente en algunas ciudades del sur de Chile. Sabemos hace mucho que la contaminación de esas ciudades está relacionada directamente con la fatal combinación que representa la combustión de una materia prima de mala calidad a través de una tecnología escasa, pero la preocupación por la aislación de las viviendas en esas zonas es más bien reciente y con dudosos resultados sobre su efectividad (no consideran aspectos críticos de aislación o simplemente se concentran en el recambio de tecnología sin capacitar a las personas para su uso). Por otro lado, una medida efectista como prohibir la leña en esas zonas afectaría dramáticamente la fuente de calefacción más conveniente para miles de familias, sin tener meridiana claridad acerca del impacto socioeconómico para grandes sectores de la población, ni sobre las soluciones posibles y sustentables.

Con todo, el panorama actual permite alimentar esperanzas. Hoy podemos construir mucho mejor nuestras viviendas para que los requerimientos energéticos sean menores, tenemos diversas fuentes renovables en nuestro territorio y contamos con el conocimiento y la tecnología para desarrollar infraestructuras resilientes. Sabemos también que educación y sustentabilidad son principios que deben cruzar las estrategias para enfrentar este problema y que se requiere la participación de la comunidad para definir soluciones que consideren las condiciones locales. Pero aún nos falta mucho conocimiento por desarrollar, el cual requiere la cooperación de diversas disciplinas y el involucramiento del sector público y el privado. La pobreza energética es un problema estructural que no se puede abordar con medidas sintomáticas o meros subsidios. Debemos estudiarla en profundidad para proponer estrategias que mejoren nuestra matriz energética, la calidad de las viviendas, la gestión del calor, la institucionalidad y el mercado de la energía, de modo que la población utilice la energía de forma eficiente y limpia, y que se generen medidas que respeten la diversidad cultural y territorial del país.

Una acción concreta en este sentido es la “Red de Pobreza Energética” que impulsamos un conjunto de investigadores, académicos, tomadores de decisiones y representantes la sociedad civil. Esta comienza a formarse durante 2016, pero este año 2017 hemos dado pasos decisivos, logrando desarrollar espacios de reflexión interdisciplinaria y sumar a investigadores y académicos de 9 universidades, varios de ellos de regiones, con la representación de más de 15 especializaciones que, en alguna dimensión del problema, son aportes fundamentales para su comprensión y para desarrollar medidas que disminuyan este tipo de pobreza. El viernes recién pasado celebramos nuestro tercer taller, con el cual consolidamos esta plataforma de colaboración y comenzamos a desarrollar lineamientos para las dimensiones establecidas como prioritarias: (1) Energía, políticas públicas y modelos de desarrollo; (2) Bienestar, cultura y eficiencia energética; (3) Justicia ambiental, contaminación atmosférica y población vulnerable; (4) Energía renovables y gestión local; y (5) Cambio climático, riesgos socio-naturales y resiliencia.

La Universidad de Chile se ha propuesto impulsar esta Red como parte de su responsabilidad como Universidad Pública, entendiendo que es una oportunidad de visibilizar un problema estructural que está profundizando la desigualdad social en el país. En este sentido, la Red de Pobreza Energética es fundamental para establecer puentes entre el conocimiento basado en evidencias y la toma de decisiones, de modo que mejoren las condiciones de vida de las poblaciones que sufren más directamente la desigualdad del país.

Por fortuna vemos que nuestro trabajo está estimulando las primeras iniciativas fuera de nuestro quehacer, las cuales nos muestran que el camino que hemos emprendido es el correcto. Así, por ejemplo, recientemente, el gobierno de Chile ha comenzado a trabajar con el PNUD en un estudio para una conceptualización del tema que permita avanzar en metodologías de evaluación y desde la Red de Pobreza Energética aplaudimos esta iniciativa. Sabemos que hay un largo camino por recorrer y que son muchos los actores que deben comenzar a actuar en este tema. El esfuerzo que estamos haciendo en la red apunta precisamente a mantener en pie la tarea más allá de las normales fluctuaciones de los tiempos políticos.

No hay soluciones simples para problemas complejos y la pobreza energética es un claro ejemplo de esto. Debemos estar dispuestos a colaborar entre profesiones y disciplinas, entre sectores y grupos de interés, de manera transversal en todo el territorio, con el fin de transformar esto en un problema país que se aborde mediante políticas de Estado, que trasciendan la lucha cotidiana entre fuerzas e intereses mezquinos. Si la pobreza es un problema para cualquier gobierno, es tiempo de aceptar que los “pobres” de nuestro país son más “pobres” de lo que creíamos.

Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales y coordinadora de la Red de Pobreza Energética

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