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Seguridad hídrica y energética en América Latina y el Caribe Definición y aproximación territorial para el análisis de brechas y riesgos de la población

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Reconociendo el principio precautorio: cuando la ciencia no es suficiente


Teniendo en cuenta el principio precautorio, sería preciso complementar las medidas de cuarentena y aislamiento con medidas ambientales a corto plazo —como el monitoreo de la calidad del aire y la vigilancia del cumplimiento de la norma—, y a mediano y largo plazo —como la transición a una matriz energética coherente con el escenario actual. Es posible que la evidencia sobre la transmisión aérea del virus demore en construirse; no obstante, ya sabemos que la contaminación del aire aumenta las enfermedades y muertes por causas respiratorias, cardiovasculares y cánceres, afectando particularmente a personas que experimentan algún tipo de vulnerabilidad como enfermedades basales o condiciones sociales desventajadas, y que incrementa la incidencia de infecciones del tipo influenza, es decir, de cuadros similares al COVID19.

Gentileza: Ciper Académico.
Autores:  Felipe Encinas, Ricardo Truffello,
Anahí Urquiza y Macarena Valdés

15 de Mayo de 2020 en ciperchile.cl disponible aquí

Hace un par de décadas surgió la controversia sobre el riesgo que el bisfenol A —una sustancia química conocida como BPA— implicaba para la salud. Esta sustancia es ampliamente utilizada en la producción de plásticos y resinas, y comenzó a usarse en la fabricación de chupetes y accesorios para niñas y niños. En estudios toxicológicos realizados en condiciones controladas con animales de laboratorio, este compuesto fue caracterizado como un disruptor endocrino, es decir, una sustancia que afecta el metabolismo de diversas hormonas y con ello el neurodesarrollo, la inmunidad y la potencial aparición de cánceres. Sin embargo, en estudios epidemiológicos realizados en grupos poblacionales de seres humanos, la evidencia causal sobre la relación entre BPA y los efectos anteriormente mencionados no resultaba concluyente, lo que significa que estos estudios no generaban la misma evidencia que la obtenida en el laboratorio. La incertidumbre sobre el riesgo que representaba el BPA para la salud de niñas y niños instó a varios países a prohibir su uso en la elaboración de accesorios infantiles, mientras que otros han esperado a que la evidencia sea concluyente.

¿Qué sucede cuando la evidencia científica no es una receta de cocina que aplicamos y que nos entrega siempre el mismo resultado? Hay muchos ejemplos en salud ambiental en que la evidencia epidemiológica no es concluyente, tal como sucedió con el BPA, y que hacen que la toma de decisiones requiera de un enfoque basado en la salud pública. Situaciones como la del BPA nos permiten reconocer el principio precautorio como un enfoque que responde a la incertidumbre con medidas preventivas que permiten reducir los potenciales efectos negativos en la población; por lo mismo, este principio nos motiva a interpretar la falta de evidencia como riesgo y no como falta de causalidad. Teniendo en cuenta esta premisa, parece necesario reflexionar sobre cuál será nuestra postura como país para enfrentar eventos agudos como la actual pandemia del coronavirus, o estados más crónicos, como la crisis de inequidad que ha progresado en las últimas décadas.

Bajo el escenario actual de la pandemia por COVID19 —la enfermedad producida por el coronavirus— y el rápido aumento de la incidencia en regiones como la Metropolitana y la región de Magallanes, es pertinente tener una postura precautoria respecto del rol que jugará la contaminación del aire en indicadores sanitarios como la incidencia o la letalidad. En las últimas semanas, la calidad del aire ha sido buena en algunas ciudades, sin embargo, las bajas temperaturas experimentadas en las ciudades del sur de país, implicarán una mayor demanda energética y con ello mayor contaminación atmosférica, y en algunos casos, mayor contaminación intradomiciliaria. En efecto, si revisamos los datos de las estaciones de monitoreo del aire —pertenecientes al Sistema de Información Nacional de Calidad del Aire, SINCA—en ciudades como Osorno, Puerto Montt y Coyhaique ya se indica alerta y preemergencia ambiental.

Teniendo en cuenta el principio precautorio, sería preciso complementar las medidas de cuarentena y aislamiento con medidas ambientales a corto plazo —como el monitoreo de la calidad del aire y la vigilancia del cumplimiento de la norma—, y a mediano y largo plazo —como la transición a una matriz energética coherente con el escenario actual. Es posible que la evidencia sobre la transmisión aérea del virus demore en construirse; no obstante, ya sabemos que la contaminación del aire aumenta las enfermedades y muertes por causas respiratorias, cardiovasculares y cánceres, afectando particularmente a personas que experimentan algún tipo de vulnerabilidad como enfermedades basales o condiciones sociales desventajadas, y que incrementa la incidencia de infecciones del tipo influenza, es decir, de cuadros similares al COVID19.

Aunque las redes sociales y los medios de comunicación han destacado que medidas como la cuarentena están teniendo un efecto positivo en la calidad del aire, es también cierto que este efecto es temporal y probablemente no significativo. Por lo mismo, esta pandemia representa un desafío que aviva la fantasía que todas y todos tengamos acceso a salud, es decir, que la protección del bienestar físico, mental y social, y no tan solo la ausencia de enfermedad, sea un derecho indiscutible para todos lo miembros de nuestra sociedad. Para que esta fantasía se haga realidad y podamos superar la crisis de manera equitativa, se hace necesario establecer la idea que el principio precautorio no sea tan solo un enfoque basado en una postura filosófica, sino que sea uno de los principios fundamentales del nuevo pacto social que es requerido para solucionar los problemas crónicos que acarreamos del pasado y para enfrentar de mejor forma los desafíos actuales y futuros que la era del antropoceno trae consigo.

Macarena Valdés S. Doctora en Salud Pública. Investigadora Red de Pobreza Energética. Profesora asistente de la Escuela de Salud Pública e investigadora postdoctoral de Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2. Amante del esquí y el boulder.

Reportaje disponible en El mostrador

Académicos advierten riesgo de un invierno con más contaminación pese a medidas restrictivas por COVID-19

Observaciones satelitales de la Agencia Espacial Europea y de la Nasa muestran que la disminución de la actividad humana producto del COVID-19 ha incidido en una baja de las emisiones de gases contaminantes en China y Europa de entre un 25 a un 40 por ciento. Académicos de la U. de Chile plantean que una situación distinta podría vivir nuestro país durante el invierno. El escenario sería especialmente complejo en la zona centro-sur, donde el incremento de emisiones configuraría una verdadera “tormenta perfecta” sobre la salud de la población.

 

Gentileza: Prensa UChile, por Cristian Fuentes
China, el país que más contaminantes libera a la atmósfera, redujo significativamente sus emisiones en los últimos meses debido a las medidas adoptadas ante la emergencia sanitaria originada por el SARS-CoV-2. Así lo evidencia la observación desde el espacio realizada por la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos (Nasa) y la Agencia Espacial Europea -esta última a través de la red de monitoreo Copernicus-, entidades que verificaron el mismo fenómeno en Europa tras comparar imágenes de estos territorios antes y durante la pandemia.
Las cuarentenas, restricciones al movimiento de personas y paralizaciones productivas han significado una caída sorprendente en los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) -uno de los principales contaminantes producidos por la combustión en las ciudades- de entre un 25 a un 40 por ciento. Esto ha revelado de manera gráfica el impacto de la actividad humana en la atmósfera. Pero este paradójico efecto colateral de la crisis sanitaria es apenas un respiro para el planeta, afirman los académicos de la Universidad de Chile e investigadores del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2, Nicolás Huneeus y Anahí Urquiza, quienes advierten además la posibilidad de que la próxima reactivación económica sea a costa del medio ambiente.

Fenómeno temporal

Ambos académicos recalcan que este fenómeno es de carácter temporal, circunscrito a la crisis que atravesamos, y que no tendría mayor incidencia en la mitigación del calentamiento global. “Este es un evento que va a tener un efecto pasajero en términos de contaminación y moderado en relación al cambio climático, principalmente por la permanencia de los gases de efecto invernadero en la atmósfera”, comenta Nicolás Huneeus, académico del Departamento de Geofísica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

En este sentido, marca una diferencia entre la dinámica de los gases de efecto invernadero directo, como el dióxido de carbono (CO2), y los “contaminantes criterio”, como el dióxido de nitrógeno (NO2), que son los que se han mostrado a través de la observación satelital. “Los gases de efecto invernadero perduran mucho tiempo en la atmósfera, estamos hablando desde décadas hasta cientos de años. Mientras que los gases criterio, los contaminantes que afectan la calidad del aire, duran relativamente poco, del orden de un par de días hasta algunas semanas. Por lo tanto, la reducción que ocurra en este período de pandemia va a tener un impacto muy menor a futuro, porque las emisiones de ahora se superponen con las anteriores y las venideras”, afirma.

Estas imágenes reflejan “cómo cuando limitamos nuestra actividad, inmediatamente existe algún nivel de recuperación. Pero no hay que engañarse, porque la recuperación es muy acotada a los espacios donde se deja de generar contaminación directa, y en ningún caso es algo que permita una reducción de las emisiones en el largo plazo”, comenta la profesora Anahí Urquiza.

Una bomba de tiempo

El fenómeno de la disminución de contaminantes visto en Asia y Europa sería algo distinto en Chile, tanto por la matriz de emisiones a nivel local como por el invierno que se avecina. Nicolás Huneeus indica, en primer lugar, que nuestra realidad difiere de la europea, que cuenta con sistemas de calefacción menos contaminantes en términos de material particulado, o de lo que ocurre en China, donde parte importante de las emisiones están asociadas a la industria.

Plantea que el hecho de que las personas estén en sus casas, disminuya el transporte y haya menor actividad humana en general hace que bajen las emisiones. Sin embargo, “una de las mayores fuentes de contaminación en ciudades de la zona centro-sur es la calefacción, particularmente aquella generada a partir de la leña. Por lo tanto, si esto se alarga durante el invierno es probable que tengamos el efecto contrario, que el COVID-19 en vez de reducir la contaminación la aumente, porque la gente se quedará más en sus casas y las calefaccionarán para tener una temperatura de confort. Puede que haya más emisiones y contaminación incluso en horarios en que normalmente se mantienen más bajas”, advierte.

Esta situación representaría una verdadera bomba de tiempo para la salud de la población, advierte la profesora Urquiza. “Ya hay estudios en Italia que indican que la contaminación por material particulado favorecería la transmisión del virus. El contagio en las ciudades del sur va a ser muy significativo. En general, los centros de salud en invierno están colapsados por las enfermedades respiratorias y por la misma leña, que es la forma más barata de calefaccionarse. Esto pondrá una presión muy grande sobre el sistema de salud, y hoy deberíamos estar conversando en mesas transversales de trabajo para implementar medidas urgentes”.

Economía por sobre el medioambiente

El mayor temor de ambos académicos es que las medidas pro crecimiento que se impulsen tras la crisis para reactivar la economía sean a costa del medio ambiente. “En general, cuando hay crisis económicas o algún tipo de crisis que hace reducir las emisiones, lo que viene después es un repunte que las hace crecer con la misma intensidad o más que en el período anterior”, señala el profesor Huneeus.

Este respiro para el planeta, sostiene, puede ser un arma de doble filo, “porque su impacto sobre la calidad del aire es muy limitado en el tiempo. Cuando las cosas vuelvan a la normalidad, es probable que el escenario sea incluso peor que antes, porque las industrias y el transporte emitirán más. De hecho, las productoras de energía en Estados Unidos ya están pidiendo permiso para relajar las restricciones”. Por esto, concluye, el desafío es el desarrollo de políticas de largo plazo que permitan una reestructuración de la matriz de emisiones.

Esta pausa, alerta la profesora Urquiza, puede ser una trampa, porque “la gran preocupación va a ser cómo reactivamos la economía, y la forma más fácil de hacerlo es mediante el consumo e incentivando las energías sucias. Esa es la fórmula más fácil y rápida”. Así lo planteó también Maisa Rojas, académica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la U. de Chile y directora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2, quien este lunes advirtió de un posible “efecto rebote” tras la salida de la crisis e interpeló al ministro de Hacienda, Ignacio Briones, para que políticas y medidas estén alineadas con la Estrategia Financiera de Cambio Climático de dicha cartera.

Por esta razón, la pandemia y sus efectos medioambientales, afirma la profesora Urquiza, “representan una oportunidad para una transformación profunda hacia un modelo sostenible, que no implique la sobreexplotación de los recursos e integre la mirada de todos los actores sociales y de las distintas disciplinas. Hoy tenemos que empezar a conversar cómo vamos a hacer esto al mismo tiempo que estamos enfrentando la tremenda crisis sanitaria. Si no lo hacemos, vamos a usar las viejas recetas para activar la economía en los próximos meses y eso va a ser fatal en el mediano y largo plazo”.

Noticia Publicada el 2 de Abril de 2020 en uchile.cl, disponible aquí


Olas de calor, desigualdad y envejecimiento de la población: una peligrosa combinación

Santiago de Chile es una ciudad altamente segregada y desigual respecto de las condiciones socioeconómicas de los hogares, el acceso a servicios e infraestructura urbana y también del porcentaje de cobertura vegetal o zonas verdes. Respecto de esto último, estudios recientes indican que las comunas de mayores ingresos son las que poseen mayor superficie de áreas verdes por habitante, lo que no solo tiene impactos positivos en la configuración del paisaje y las oportunidades para realizar actividades al aire libre, sino que las áreas verdes ayudan también a regular la temperatura de las ciudades, limitando las llamadas “islas de calor” y reduciendo los efectos de las olas de calor que se hacen cada vez más frecuentes en la zona central del país. Analicemos brevemente esto en el contexto de los episodios de altas temperaturas que tuvimos la última semana en la ciudad de Santiago.

Entre el 9 y el 16 de noviembre tuvimos nuestra primera ola de calor de la temporada y durante cinco días la temperatura rondó los 30ºC. Gracias al sistema de monitoreo del Minvu (RENAM), logramos identificar que en dicha semana las temperaturas máximas de Renca estuvieron siempre sobre los 33ºC, mientras que en Vitacura solo cerca de los 27ºC. Esto no debiera sorprendernos, pues, mientras las áreas verdes disponibles en Renca suman 17,8 metros cuadrados per cápita (incluyendo toda el área del cerro Renca), en Vitacura la cifra alcanza los 56,2 metros cuadrados. Este es solo en ejemplo de disparidad entre comunas “ricas” y “pobres” de nuestra ciudad.

La situación anterior resulta preocupante al largo plazo, pues en investigaciones llevadas a cabo en el (CR)2 hemos constatado que las olas de calor serán cada vez más frecuentes en el país. Así, al proyectar estos fenómenos en las ciudades de la zona centro sur del Valle Central, considerando la posible evolución durante el siglo XXI, se visualiza que los días con temperaturas sobre 30ºC se podrían triplicar hacia el fin del presente siglo (desde 8% hasta 28%).

Ante las olas de calor, la población más vulnerable son niños, enfermos y personas de la tercera edad. Respecto de este último grupo, y en el contexto de las proyecciones anteriores, se debe considerar que todos los indicadores muestran que estamos envejeciendo como población y que, a mediados del presente siglo, el porcentaje de la población mayor será cercano al 25%. Por tanto, cada vez tendremos a más personas mayores expuestas a olas de calor, las cuales ocurrirán con mayor frecuencia.

Vale la pena preguntarse entonces: ¿cómo es la calidad de las viviendas (aislación térmica) de las personas mayores?, ¿qué servicios de salud tendremos disponibles para enfrentar las complicaciones relacionadas con las altas temperaturas?, ¿qué características tienen los barrios para reducir las islas de calor?, ¿cuántos contaremos con los recursos económicos para comprar equipos de aire acondicionado y, al mismo tiempo, pagar los costos de energía que involucran? En el contexto de la discusión sobre las pensiones, la calidad del sistema de salud y la segregación de la ciudad, problematizar la “pobreza energética” que probablemente enfrentará una parte importante de nuestra población se vuelve un tema clave.

En este contexto, tendremos que evaluar a futuro si es que artefactos como los ventiladores eléctricos o los equipos de aire acondicionado domiciliario deberían ser considerados en la canasta familiar de algunas ciudades y el modo en que estos impactan en la calidad de vida de las personas mayores, considerando la desigual capacidad económica de la población. Por otra parte, no podemos dejar de considerar que el aumento de consumo de aire acondicionado no está exento de efectos colaterales, porque, además de ser altamente desigual su acceso (aparatos y costo de energía), se sospecha que su uso intensivo podría implicar un aumento de las islas de calor, debido al efecto que produce su funcionamiento en el entorno inmediato.

Leer columna en el mostrador

Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales y coordinadora de la Red de Pobreza Energética

Patricio Mendoza. Académico del Departamento de Ingeniería Civil Eléctrica y del Centro de Energía de la Universidad de Chile. Coordinador Digital RedPE.


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