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8M: En Transición Energética, NO sin Mujeres

En los últimos años, el país ha entrado en una fase en donde las políticas públicas vinculadas al cambio climático y las transiciones energéticas se vuelven cada vez más importantes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta búsqueda e implementación de políticas públicas enfocadas en el logro de la ‘sustentabilidad’ (en su noción tradicional) puede entrar en tensión con el logro de los objetivos de justicia social que día a día son más demandados por las comunidades a nivel local y global.

Políticas de transición energética rápidas y agresivas corren el riesgo de no ser sensibles temporal y procedimentalmente para incluir en la toma de decisiones a tod@s l@s actores involucrad@s en los procesos de cierre de industrias, cambios tecnológicos y normativos o en la promoción de nuevos emprendimientos verdes. De la misma forma, una política de transición energética sin perspectiva de justicia corre el riesgo de no considerar las condiciones de vulnerabilidad estructural de ciertas poblaciones y comunidades.

Para poder hablar de una transición energética justa, se deben tener en cuenta, entre otros elementos, las realidades y complejidades de las desigualdades de género. Con ello, el ‘no sin mujeres’ toma relevancia para visibilizar la discriminación que sufrimos las mujeres en el sector energético a nivel doméstico, laboral y territorial; que, en la otra cara de la moneda implica una limitación del debate, el cual excluye a la mitad de la población que además es la más vulnerable a los efectos del cambio climático y la contaminación intra y extradomiciliaria asociada a la energía.

Desde un primer ámbito, las viviendas juegan un rol fundamental en mostrar los vínculos cotidianos que existen entre mujeres y energía. Cuando las casas son frías, los electrodomésticos inseguros, los combustibles para cocinar y calefaccionar contaminantes, entre otros, estamos ante la “pobreza energética” y, tal como ocurre con otras pobrezas, no es raro ver en ella el rostro de miles de mujeres que, día tras día, dedican parte importante de su tiempo a labores domésticas no remuneradas que las exponen constantemente al deterioro de salud y accidentes caseros vinculados a la energía.

Por otro lado, la instalación de industrias energéticas como las termoeléctricas a carbón, genera contaminación que también daña la salud humana; y si bien las enfermedades afectan a la población en general, lo hacen con mayor frecuencia en mujeres embarazadas, niños, niñas y personas mayores. De esta forma, las mujeres se encuentran afectadas no solo por las enfermedades que ellas pueden sufrir, sino que por las labores de cuidado que suelen realizar en estos grupos vulnerables; esta situación es una de las razones por las que en numerosas ocasiones agrupaciones lideradas por mujeres han salido a denunciar procesos industriales contaminantes vinculados a la producción de energía.

Otra arista no menor, es que aún se suele pensar que las mujeres no tienen cualidades para el desarrollo de la ciencia y las tecnologías, lo que repercute en un sinfín de brechas digitales y tecnológicas. De hecho, este estereotipo sexista ha implicado que, a nivel laboral, según estudios del Ministerio de Energía, la fuerza laboral femenina en el sector sólo alcanza un 23%. Además, las mujeres del sector ganan un 24% menos que los hombres y ocupan sólo el 18% del total de cargos gerenciales.

En este nuevo Chile que queremos construir, es necesario evidenciar y enfrentar la exclusión de las mujeres como usuarias, sujetas políticas de resistencia ante proyectos energéticos y sujetas que participan en el mercado laboral de la energía. Para ello, las brechas de género, que hemos mencionado anteriormente, deben ser superadas, para permitir el avance hacia sociedades sustentables más justas e inclusivas.

El rol de las mujeres en la planificación energética debe ser relevado, reconociendo sus necesidades e intereses en la toma de decisiones, y destacando el rol de las mujeres como agentes de transformación en la sociedad.

Es urgente crear más y mejores oportunidades para mujeres en la fuerza laboral del sector energético, que es altamente masculinizada, sobre todo en cargos directivos. Por otro lado, es necesario hacer hincapié en la visibilización de la dimensión doméstica y cotidiana de la energía, que suele ser de interés para las mujeres, sin embargo, en su mayoría los proyectos sobre capacitaciones en energía o recambios tecnológicos se piensan respecto de un receptor o usuario hombre.

 

Respecto a la promoción de nuevos proyectos de energías renovables, se considera como desafío incorporar elementos interculturales en el abordaje de los problemas de género, considerando los contextos específicos de comunidades rurales y/o indígenas o los diferentes sectores urbanos, así como también los desafíos asociados al reconocimiento e inclusión de las diversidades sexuales.

Hoy, se requiere un cambio cultural para re-equilibrar los roles de género respecto de las tareas socialmente asignadas, además de plantar cara frente a situaciones patriarcales que ocurren en el sector energético. Lo anterior, nos permitirá acercarnos hacia un sistema energético con más participación de la ciudadanía, más democrático en el acceso y gestión de la energía, en donde encontremos una economía que ponga en el centro el cuidado de la vida y el valor del trabajo reproductivo. Solo así se abrirán oportunidades para generar transiciones energéticas justas que nos permitan abordar los problemas de contaminación local, el cambio climático y avanzar en la tan ansiada sustentabilidad.

Claudia Fuentes. Encargada de Proyecto de Descarbonización de Fundación Chile Sustentable. Ingeniera en Recursos Naturales Renovables y estudiante del Master Governance of Risk and Resources. Integrante de la Red Ecofeminista por la Transición Energética y de la
Red de Pobreza Energética.


Desigualdad de género y medio ambiente, oportunidad de transformación

La humanidad enfrenta hoy una grave crisis climática que demanda la urgencia de modificar nuestra relación con el medio ambiente, así como también la de reducir las desigualdades socio-estructurales, pues son dos caras de una misma moneda.

La idea de explotar constantemente a otros seres vivos con la finalidad de cubrir necesidades infinitas, sostiene un modelo económico inviable y una sociedad profundamente injusta.

Hoy día el modelo capitalista movilizado por el consumo material, que cuenta con recursos limitados en mercados globalizados, está siendo tensionado, cuestionando las estructuras que lo mantienen, poniéndose en contradicción con los propios derechos enarbolados por su éxito.

Los asuntos ambientales en general – y especialmente el cambio climático – son problemas de desigualdad: decisiones pensadas y tomadas en función del beneficio de algunas personas, generan consecuencias que profundizan las vulnerabilidades de otras. En ese contexto, las mujeres y disidencias quedan en una posición de evidente desventaja como resultado de los roles de género que históricamente se les han atribuido.

Tradicionalmente las mujeres y cuerpos feminizados han sido encargadas de las tareas de cuidado de los hogares, incluyendo la crianza, el cuidado de personas enfermas, de las personas mayores, el abastecimiento de alimentos, agua, energía y necesidades importantes como actividades de higiene, educación, entre muchas otras, según el contexto cultural donde nos encontremos.

Paralelamente, las decisiones políticas y económicas han estado en manos masculinas, donde el modelo económico se ha desarrollado, en base al sometimiento y extractivismo de territorios y de sus habitantes, sostenido en la producción de “recursos naturales” necesarios para el estilo de vida de ciertos grupos de personas en diferentes rincones del planeta.

Para reflexionar sobre este tema es posible pensar en dos niveles: la mayor vulnerabilidad de las mujeres y la menor posibilidad de incidir en las transformaciones públicas que se requieren.

Miremos algunos datos para hacernos una idea. Según la encuesta CASEN 2017, en vulnerabilidad debemos considerar la feminización de la pobreza, donde el 20% de las mujeres están en situación de pobreza multidimensional, pero además al mirar que el 22% de las familias en campamentos son monoparentales, el 96% de ellas tienen jefaturas femeninas (Techo-Chile, 2015).

Por otro lado, las mujeres ocupan en promedio el doble del tiempo en tareas domésticas, incluyendo a las que tienen trabajo remunerado además del doméstico (ENUT, 2015), siendo las principales afectadas si estas horas se amplían por problemas climáticos (limitaciones de recursos, eventos extremos, etc.). Este fenómeno es especialmente evidente cuando hablamos de Pobreza Energética.

Paradójicamente son las mujeres quienes declaran mayor preocupación y se sienten más responsables cuando hablamos de cambio climático, tanto del problema como de involucrarse en la solución (cerca de 10% de diferencia) (Statknows, 2019).

Sin embargo, la participación en cargos políticos solo se ha logrado acercar al 20% (SERVEL, 2018). En el sector privado la situación no es mejor, ya que en Chile solo el 13% de los principales cargos directivos de empresas son mujeres (Imad, 2017). Claramente, aún hoy día las mujeres están en una importante minoría cuando se toman decisiones políticas y económicas.

En este contexto podemos visualizar una gran oportunidad; tenemos la obligación de transformar nuestras estructuras económicas para hacer viable nuestra vida en el planeta y al mismo tiempo necesitamos transitar hacia un modelo que logre incorporar y valorizar el cuidado de otras personas y otros seres vivos, como la base de las decisiones políticas y económicas.

Más mujeres en los círculos de toma de decisiones nos permitirían avanzar en mostrar este escenario, estas visiones más colectivas, donde el cuidado de las nuevas generaciones sea la base de las expectativas de desarrollo.

¿Qué es lo humano?, ¿lo racional?, ¿la capacidad de pensar o de decidir para lograr beneficios individuales? Ninguna de las anteriores, es el lenguaje y pensamiento simbólico que existe para cuidar de otras personas, es decir, la capacidad de vivir colectivamente a través del sentido. Sin embargo, cuando la lógica reduccionista se apodera de nuestras estructuras, nos impide incorporar visiones más integrales que consideren un horizonte temporal más amplio, más inclusivo socialmente, y donde la sociedad asuma que no existe sin el entorno que la sostiene.

Colaboración y respeto. Más mujeres en las decisiones, más hombres en tareas de cuidado y más espacio para quienes no se adscriben a las definiciones binarias. Solo personas, donde los roles se compartan, las visiones se complementen y el futuro se construya de forma colectiva.

Cuando vemos a millones marchando por las calles, nos damos cuenta de que hoy tenemos una gran oportunidad, quizás una de las últimas. No la dejemos ir.

 

Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, investigadora del Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia (CR)2 y Coordinadora de la Red de Pobreza Energética.

Columna disponible en Cooperativa.cl

Red de Pobreza Energética publica documento con reflexiones y propuestas sobre Energía y desigualdad de género.

A nivel social, la pobreza energética es una barrera que limita las posibilidades de los hogares de avanzar en el proceso de transición energética necesario para enfrentar los desafíos de cambio climático, dificultando la implementación de acciones de mitigación y adaptación a nivel de hogar. En este contexto, también presenta una oportunidad para transformar estructuras de la sociedad, no solo en lo que respecta al acceso equitativo a energía de calidad, sino también a la reducción de emisiones, la difusión de hábitos ambientalmente benignos y al cuestionamiento de las desigualdades estructurales, incluyendo las desigualdades de género e interseccionales.
Bajo este marco, la Red de  Pobreza Energética, en conjunto con CEPAL y Ministerio de Energía prepararon el documento de trabajo “Energía, género y cambio climático: Reflexiones sobre el ODS7 y su potencial transformador” que realiza un análisis multidimensional, desde un enfoque de género, con el doble fin de evidenciar las mayores vulnerabilidades experimentadas por las mujeres frente a la pobreza energética, e identificar oportunidades transformadoras para avanzar hacia sociedades a la vez más justas y más sustentables.
En noviembre pasado, en el Seminario Internacional de Pobreza Energética se realizó la mesa de trabajo “Energía, Género y Cambio Climático: ODS 7 como desafío”. El objetivo era promover la discusión sobre la pobreza energética con enfoque de género como una nueva dimensión de la desigualdad, buscando explorar los vínculos existentes con aspectos territoriales y con los impactos del cambio climático en Chile y la región latinoamericana.
Esta actividad contó con la participación de Mónica Alvear, Ministerio de Medio Ambiente;  Marcela Zulantay, Ministerio de Energía; Catalina Amigo, RedPE, (CR) 2; Estefanía Forero, Universidad de Tufts; Gabriela López, EGEA ONG y  Marina Casas, CEPAL, quien moderó le panel de discusión.
En un taller participativo orientado a la identificación de brechas, desafíos y oportunidades en iniciativas relacionadas a energía con enfoque de género en contexto de cambio climático, se conformaron cinco grupos de trabajo con las personas asistentes: dos grupos se enfocaron en observar el problema desde el hogar y tres a analizarlo desde un punto de vista fuera del hogar.

Las principales conclusiones descritas en profundidad en el documento de trabajo, hacen referencias al rol del Estado, quien debe intervenir para posicionar la relevancia del problema. Para esto se propone asegurar con cuotas la participación de mujeres en la toma de decisiones, avanzando en la construcción de políticas públicas con enfoque de género e incorporando también indicadores que permitan medir estas brechas de género en todo el sector público.

Además, las autoras plantean la necesidad de considerar la educación como factor fundamental dentro de esta transformación. Educar en torno a temas ambientales para así impactar en nuevas generaciones y al mismo tiempo generar cambios en los espacios más cotidianos como lo son el hogar y la escuela, donde además la transformación de las brechas de género permitirá que los procesos de aprendizaje sean equitativos para mujeres y hombres, pudiendo desarrollar capacidades y habilidades por igual en las disciplinas científicas y tecnológicas. En este sentido, se propone generar cuotas de género en docentes y estudiantes de carreras que están altamente masculinizadas y potenciar la postulación a fondos de investigación e iniciativas asociadas a temas energéticos que incorporen perspectivas de género, incentivando de esta manera que el enfoque de género sea transversal a la docencia, investigación e innovación.

“Hoy es urgente transformar una cultura que ha creado y perpetuado los roles de género, los cuales han potenciado las brechas existentes entre mujeres y hombres, perpetuando estas desigualdades” señala Catalina Amigo, coordinadora ejecutiva de RedPE y una de las autoras del documento. El análisis transdisciplinar entre energía, género y cambio climático permite pensar en avanzar en una transición justa, tanto en el proceso como en sus resultados, que empuje hacia la erradicación de toda forma de pobreza, garantizando la inclusión efectiva de todas y todos.

Descarga y revisa el documento de trabajo completo AQUÍ.


Género y energía: otra cara de la pobreza

El vínculo entre pobreza y género ha impulsado numerosas investigaciones en organismos internacionales. En Chile, este tema no es titular ¿Será porque es un tópico emergente o porque preferimos evitar asuntos que son duros de roer? La pobreza es compleja de abordar porque tiene muchas caras y una de ellas es la que nace del cruce entre energía, género y pobreza: las mujeres son las más pobres energéticamente.

El concepto de pobreza energética sigue siendo desconocido para muchos. Acogiendo a los esfuerzos impulsados por el Estado, la Red de Pobreza Energética ha trabajado en su definición exponiendo que un hogar se encuentra en un estado de pobreza energética cuando no dispone de energía suficiente para cubrir las necesidades fundamentales, como acceso a agua, temperatura mínima y máxima, agua caliente sanitaria, iluminación, por mencionar algunas.

La pobreza energética va más allá del mero acceso al recurso, pues integra variables como calidad y equidad así como de sociales y culturales. No es lo mismo, por ejemplo, climatizar una casa con leña húmeda y estar expuesto a contaminación intradomiciliaria, que calefaccionar con una fuente limpia como la geotermia. Si bien existen todavía variados desafíos en esta temática de género, de cara al comienzo de la época invernal y la llegada de las bajas temperaturas, es la pobreza energética una de las caras de esta desigualdad.

En Chile, esta discusión es incipiente, sin embargo, en países como Reino Unido y España se han realizado estudios que señalan que las mujeres son las más expuestas a la pobreza energética. En el Reino Unido los movimientos ciudadanos han tomado el tema como una bandera de lucha en contra la injusticia social. Por otra parte, la Asociación Catalana de Ingeniería Sin Fronteras en 2016 señaló que los sectores más vulnerables en España son las familias monoparentales, las mujeres jubiladas, jefas de hogar, trabajadoras de servicio doméstico y las mujeres migrantes.

La realidad chilena ofrece un escenario similar: es la mujer quien realiza mayor trabajo no remunerado, lo que incluye trabajos domésticos y de cuidado en el hogar, destinando en promedio 2 horas diarias más para actividades de este tipo (Encuesta Nacional Sobre Uso del Tiempo). La mujer es quien pasa más tiempo en el hogar, jugando un rol protagónico en el cuidado de niños y adultos mayores.

Por otra parte, de acuerdo a datos de la encuesta CASEN 2015 los hogares liderados por mujeres muestran una tendencia hacia estados de conservación más precarios de las viviendas (tipo de vivienda, material y estado de conservación de muros, piso y techo) respecto de aquellos hogares liderados por hombres.

Estos datos sugieren que la pobreza energética afecta mayormente a mujeres, siendo este nexo entre género y pobreza una categoría de análisis urgente a la hora de impulsar políticas públicas que buscan disminuir la pobreza energética de nuestro país. Creemos y sostenemos que el primer paso es incluir la perspectiva de género a la hora de construir los instrumentos de diagnóstico, ya que partir con datos certeros que visibilicen esta dramática situación en la que viven miles de mujeres junto a las personas que ellas tienen a cargo, es fundamental para hacer de nuestra sociedad una más inclusiva, justa y sana.

Sofía Vargas, Investigadora CEGA

Jorgelina Sannazzaro, investigadora NUMIES

 

* Ambas investigadoras pertenecen a la Red de Pobreza Energética – RedPE

FUENTE: El Quinto Poder

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