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Memoria RedPE 2017-2022

Esta memoria reúne recuerdos entre 2016 y 2022 que conforman nuestra historia común, fruto del trabajo que hemos venido realizando como Red de Pobreza Energética durante estos 6 años de vida. Confiamos que con los pasos dados hemos logrado instalar la urgencia de enfrentar las distintas caras de la pobreza energética en nuestro país y en la región latinoamericana, además de subrayar la importancia de comprender el acceso equitativo a la energía como un derecho.
La Red de Pobreza Energética ha instalado la importancia del trabajo colaborativo entre distintos sectores de la sociedad para empujar las transformaciones que necesitamos en el actual contexto de crisis socioecológica y emergencia climática.
En este marco, las transformaciones del sector energético son clave pero deben ser acompañadas de un proceso de transición energética justa, que a su vez reduzca las brechas en el acceso a energía de calidad en los hogares y la vulnerabilidad energética de los territorios, fomentando la eficiencia energética y el uso de energías limpias.
El desafío es mayúsculo y debe ser enfrentado con una mirada de largo plazo que aborde su multidimensionalidad de forma intersectorial, tanto dentro del Estado como en articulación con otros sectores de la sociedad.
El diálogo transdisciplinar, fuertemente impulsado desde la Academia, nos ha permitido encontrarnos para escucharnos y conocernos, base fundamental y necesaria para sostener cualquier esfuerzo de colaboración. Este documento busca tejer parte de nuestra historia como organización, para recordar y aprender del camino recorrido. Sin duda aún tenemos algunas hilachas y más que unos cuántos hilos sueltos, pero la imagen de red que hoy vemos nos gusta y nos pone contentas: una red flexible pero firme, grande, diversa y acogedora.
La energía nos mueve y sabemos lo fundamental que resulta para avanzar en un país más justo. Los desafíos que enfrentamos en materia de acceso a energía de calidad en nuestro país son grandes, pero hoy estamos en mejor pie que seis años atrás para contribuir en este desafío complejo. Porque como bien sabemos, no hay soluciones simples a problemas complejos y necesitamos colaboración para la transformación.

Desigualdad de género y medio ambiente, oportunidad de transformación

La humanidad enfrenta hoy una grave crisis climática que demanda la urgencia de modificar nuestra relación con el medio ambiente, así como también la de reducir las desigualdades socio-estructurales, pues son dos caras de una misma moneda.

La idea de explotar constantemente a otros seres vivos con la finalidad de cubrir necesidades infinitas, sostiene un modelo económico inviable y una sociedad profundamente injusta.

Hoy día el modelo capitalista movilizado por el consumo material, que cuenta con recursos limitados en mercados globalizados, está siendo tensionado, cuestionando las estructuras que lo mantienen, poniéndose en contradicción con los propios derechos enarbolados por su éxito.

Los asuntos ambientales en general – y especialmente el cambio climático – son problemas de desigualdad: decisiones pensadas y tomadas en función del beneficio de algunas personas, generan consecuencias que profundizan las vulnerabilidades de otras. En ese contexto, las mujeres y disidencias quedan en una posición de evidente desventaja como resultado de los roles de género que históricamente se les han atribuido.

Tradicionalmente las mujeres y cuerpos feminizados han sido encargadas de las tareas de cuidado de los hogares, incluyendo la crianza, el cuidado de personas enfermas, de las personas mayores, el abastecimiento de alimentos, agua, energía y necesidades importantes como actividades de higiene, educación, entre muchas otras, según el contexto cultural donde nos encontremos.

Paralelamente, las decisiones políticas y económicas han estado en manos masculinas, donde el modelo económico se ha desarrollado, en base al sometimiento y extractivismo de territorios y de sus habitantes, sostenido en la producción de “recursos naturales” necesarios para el estilo de vida de ciertos grupos de personas en diferentes rincones del planeta.

Para reflexionar sobre este tema es posible pensar en dos niveles: la mayor vulnerabilidad de las mujeres y la menor posibilidad de incidir en las transformaciones públicas que se requieren.

Miremos algunos datos para hacernos una idea. Según la encuesta CASEN 2017, en vulnerabilidad debemos considerar la feminización de la pobreza, donde el 20% de las mujeres están en situación de pobreza multidimensional, pero además al mirar que el 22% de las familias en campamentos son monoparentales, el 96% de ellas tienen jefaturas femeninas (Techo-Chile, 2015).

Por otro lado, las mujeres ocupan en promedio el doble del tiempo en tareas domésticas, incluyendo a las que tienen trabajo remunerado además del doméstico (ENUT, 2015), siendo las principales afectadas si estas horas se amplían por problemas climáticos (limitaciones de recursos, eventos extremos, etc.). Este fenómeno es especialmente evidente cuando hablamos de Pobreza Energética.

Paradójicamente son las mujeres quienes declaran mayor preocupación y se sienten más responsables cuando hablamos de cambio climático, tanto del problema como de involucrarse en la solución (cerca de 10% de diferencia) (Statknows, 2019).

Sin embargo, la participación en cargos políticos solo se ha logrado acercar al 20% (SERVEL, 2018). En el sector privado la situación no es mejor, ya que en Chile solo el 13% de los principales cargos directivos de empresas son mujeres (Imad, 2017). Claramente, aún hoy día las mujeres están en una importante minoría cuando se toman decisiones políticas y económicas.

En este contexto podemos visualizar una gran oportunidad; tenemos la obligación de transformar nuestras estructuras económicas para hacer viable nuestra vida en el planeta y al mismo tiempo necesitamos transitar hacia un modelo que logre incorporar y valorizar el cuidado de otras personas y otros seres vivos, como la base de las decisiones políticas y económicas.

Más mujeres en los círculos de toma de decisiones nos permitirían avanzar en mostrar este escenario, estas visiones más colectivas, donde el cuidado de las nuevas generaciones sea la base de las expectativas de desarrollo.

¿Qué es lo humano?, ¿lo racional?, ¿la capacidad de pensar o de decidir para lograr beneficios individuales? Ninguna de las anteriores, es el lenguaje y pensamiento simbólico que existe para cuidar de otras personas, es decir, la capacidad de vivir colectivamente a través del sentido. Sin embargo, cuando la lógica reduccionista se apodera de nuestras estructuras, nos impide incorporar visiones más integrales que consideren un horizonte temporal más amplio, más inclusivo socialmente, y donde la sociedad asuma que no existe sin el entorno que la sostiene.

Colaboración y respeto. Más mujeres en las decisiones, más hombres en tareas de cuidado y más espacio para quienes no se adscriben a las definiciones binarias. Solo personas, donde los roles se compartan, las visiones se complementen y el futuro se construya de forma colectiva.

Cuando vemos a millones marchando por las calles, nos damos cuenta de que hoy tenemos una gran oportunidad, quizás una de las últimas. No la dejemos ir.

 

Anahí Urquiza. Académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, investigadora del Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia (CR)2 y Coordinadora de la Red de Pobreza Energética.

Columna disponible en Cooperativa.cl

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