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El confinamiento y la verdad más cruda de la pobreza energética en Chile


El endeudamiento por cuentas eléctricas es, en buena parte, consecuencia de una excesiva carga de pagos por servicios básicos en relación al ingreso total. Esta situación se agrava debido al aumento del consumo energético producto del confinamiento, el mayor desempleo y la suspensión temporal de contratos debido a la crisis, especialmente entre los más pobres.

Encender la luz para leer, cocinar o comer. Cocinar para desayunar, almorzar y tomar once o cenar. Encender el calefont para tomar una ducha caliente o lavar la loza. Encender una estufa para calefaccionar la casa. Encender el computador para estudiar y/o trabajar. Esta rutina que muchos de nosotros no nos cuestionamos, requiere de un insumo básico: la energía. Pero, según datos de 2017 de la Encuesta de Presupuestos Familiares, el 22,6% de los hogares no logra cubrir los gastos básicos del hogar, incluyendo los servicios energéticos. El endeudamiento por cuentas eléctricas es, en buena parte, consecuencia de esta excesiva carga de pagos por servicios básicos en relación al ingreso total. Esta situación se agrava debido al aumento del consumo energético producto del confinamiento, el mayor desempleo y la suspensión temporal de contratos debido a la crisis, especialmente entre los más pobres.

Recordemos también que todavía un 10,7% de los hogares no tienen acceso a agua caliente sanitaria. Al menos un 66% de las viviendas actuales fueron construidas antes de la Reglamentación Térmica del 2000, por lo que no se rigen por un estándar mínimo respecto a aislamiento y climatización. Además, en una muestra reciente en 82 viviendas vulnerables de Renca pudimos constatar que 60% de las casas tenían riesgos de electrocución e incendio por sistemas eléctricos fuera de la normativa vigente o por aparatos de calefacción mal mantenidos.

En lo que respecta a salud mental, la pobreza energética (PE) también tiene repercusiones e impactos. Ya en tiempos previos a la cuarentena, se identificaba que en personas mayores la PE conlleva un mayor aislamiento social: para algunos/as el confinamiento es habitual, se quedan siempre en casa, se abrigan más, se acuestan temprano y no invitan otras personas por no tener un lugar cálido para recibir visitas. Por otra parte, era habitual salir de casa para ir a lugares climatizados, como bibliotecas y centros comerciales, rutinas que hoy se ven fuertemente limitadas, intensificándose el riesgo de enfermedades de salud mental por aumento de los niveles de estrés y aislamiento social.

La pobreza energética repercute también en las oportunidades sociales y educativas de las personas: en el acceso a Tecnologías de Información y Comunicación (TICs), acceso a conexión estable a internet para procesos educativos a distancia y/o teletrabajo, acceso a iluminación en horario nocturno, entre otras formas. Sin duda el uso de TICs suele ser un facilitador para el bienestar de las personas con algún nivel de aislamiento social, ya que se constituye como un espacio de ocio, aprendizaje y conexión con otros/as.

La vulnerabilidad energética se resuelve a través de la erradicación de la pobreza en general y mayores ingresos para el 20% más pobre del país. Consta el esfuerzo estatal en el Programa de Hogar Mejor del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, que incluye subsidios para el reacondicionamiento térmico de la vivienda, instalación de paneles fotovoltaicos y/o paneles solares térmicos. Y sin duda, la ley de estabilización de tarifas eléctricas promulgada a fines del año pasado ayuda a las familias chilenas.

Pese a los esfuerzos, necesitamos trabajar aún más sistemática, decidida y mancomunadamente para enfrentar la pobreza energética. Una concreta inclusión de criterios de eficiencia energética en el diseño de la vivienda social, programas más masivos dirigidos a un reacondicionamiento térmico de las viviendas e inserción de paneles solares y también programas de regularización de instalación eléctrica y recambio de artefactos eléctricos eficientes. Adicionalmente, se requiere de un trabajo con iniciativas en conjunto entre el sector público, privado, la sociedad civil y la academia, con el fin de abordar esta problemática de forma integral. Un ejemplo de contribución en este sentido es el Programa de Inclusión Energética (PIE), iniciativa que nos encontramos impulsando desde EBP Chile, en alianza con EGEA ONG y la Red de Pobreza Energética. Esta iniciativa busca se basa en la convicción de que se debe enfrentar la pobreza energética con enfoques holísticos, integrando a las familias vulnerables junto a emprendedores locales. Es por esto que actualmente se está articulando el concurso “Desafío Inclusión Energética”, el cual busca apoyar iniciativas innovadoras por parte de MiPyMEs y desarrolladores de proyectos, que permitan reducir la pobreza energética en distintos contextos territoriales del país.

La emergencia sanitaria causada por el Covid-19 visibiliza una vez más la profunda desigualdad de nuestro país, y la validez de las exigencias sociales por una vida digna, que considere entre otras cosas, el acceso a energía de calidad como una condición necesaria para el desarrollo social y económico de la población, además del bienestar y la salud de las personas. Con la llegada del invierno, se hace más necesario una pieza caliente, una taza de té y unas horas más de luz. Nuestros hijos tienen derecho a recibir una buena educación, la cual en estos momentos también requiere de este insumo básico: la energía.

Nicola Borregaard. Doctora en Economía de Recursos Naturales de la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Gerenta de EBP Chile y Directora de Espacio Público.

Reportaje disponible en la tercera

Pobreza energética y teletrabajo ¿Una nueva fuente de desigualdad social?

Gentileza: Energía y Equidad
Autores:  Maximiliano Proaño e Ignacio Sánchez

Si bien el teletrabajo era considerado una creciente tendencia en distintos países con anterioridad a la crisis global originada por el COVID-19, lo cierto es que el explosivo crecimiento que ha tenido esta modalidad de ejercer la actividad laboral, encontró a muy pocos sectores y servicios preparados para llevarlo a cabo adecuadamente. A primera vista el teletrabajo puede ser percibido como positivo para trabajadoras y trabajadores, mayor flexibilidad para disponer de su tiempo, ahorro de tiempo y de dinero al no tener que efectuar los, muchas veces extensos, desplazamientos desde casa al hogar y viceversa. En general han sido las empresas las que han tenido sus aprehensiones en aplicar el teletrabajo, por su conservadora visión de que el jefe tiene que estar encima del trabajador o trabajadora para que  produzca adecuadamente. Sin embargo, a los pocos meses de la implementación forzada del teletrabajo por el confinamiento decretado en la mayoría de los países, ha quedado de manifiesto, que quienes más tienen que perder son las trabajadoras y los trabajadores. Esto por dos razones, la regulación es inexistente o débil y las condiciones materiales de la mayoría de la fuerza laboral para trabajar desde el hogar, no son las adecuadas.

En Chile, la ley que modifica el código del trabajo en materia de trabajo a distancia, lo define como “aquel en el que el trabajador presta sus servicios, total o parcialmente, desde su domicilio u otro lugar o lugares distintos de los establecimientos, instalaciones o faenas de la empresa”. Si bien la ley de teletrabajo aprobada en plena crisis sanitaria, fijó un derecho a desconexión de al menos 12 horas, también establece que “las partes podrán acordar que el trabajador quede excluido de la limitación de jornada de trabajo”. Al abrir la puerta la ley para un aumento de la jornada laboral “de común acuerdo”, y dado el desequilibrio en la relación entre empleador y trabajador, podrá implicar en la práctica que trabajadoras y trabajadores trabajen horas extra sin pago adicional. En efecto algunas críticas que se le hacen al teletrabajo o trabajo a distancia es que ha significado “una tendencia a la flexibilización de las condiciones de trabajo, encubrimiento de la relación de dependencia, aumento de la jornada de trabajo, además de los perjuicios que pueda implicar el aislamiento y las complicaciones que puedan provenir de desarrollar el trabajo en un ambiente no diseñado para eso como es el hogar en el caso del teletrabajo domiciliario”.

Si bien la mayoría de los países latinoamericanos han implementado medidas para facilitar el teletrabajo, son muy pocos los que poseen una regulación especial para su implementación. En Argentina aún se encuentra en tramitación un proyecto de ley en la materia, mientras que Colombia reguló el teletrabajo hace 12 años.

En los países latinoamericanos una dificultad adicional para el teletrabajo es que parte importante de los hogares padecen la pobreza energética. Aunque es un tema que tiene sólo algunos años y no se ha podido enmarcar en una medida general, comúnmente se entiende pobreza energética como “la incapacidad de asegurar los niveles necesarios de energía en el hogar, esto significa vivir en una casa imposible de enfriar o calentar, iluminar o mantener electrodomésticos, debido a las facturas excesivas de energía, los bajos ingresos y la mala eficiencia energética. Las personas con poca energía son más vulnerables a los riesgos de salud como las enfermedades respiratorias y las enfermedades mentales”. Desde Taller Ecologista han observado que el “concepto de pobreza energética ha sido elaborado como una forma de comprender la relación entre el estado de privación vivenciado por el actor social y su relación con las fuentes y el acceso a la energía”. 

Como ejemplo, de acuerdo a la Red de Pobreza Energética, 35.900 chilenos y chilenas no poseen acceso a electricidad, mientras que el porcentaje de la población que declara pasar frío en su hogar en invierno corresponde a un 34% del segmento pobre, un 27% del segmento vulnerable y un 21% de la clase media baja. Sumado a lo anterior, los efectos en las condiciones estructurales del hogar (disminución de ingresos, mayor permanencia de los habitantes en el hogar, mayor número de los mismos, etc.) pueden hacer cruzar la línea de pobreza energética a hogares que antes no la presentaban.

Trabajar desde el hogar debido al COVID-19 implica integrar por parte del trabajador, costos asumidos normalmente por el empleador, como son la insumos de trabajo (Computadores, teléfonos, papelería, etc), Servicios relacionados (Internet, electricidad, Servicios sanitarios) y infraestructura mínima (espacio de trabajo, iluminación adecuada y mobiliario correspondiente). Costos que significan indudablemente un aumento en el costo de vida para todos los hogares volviéndose insalvable para hogares en pobreza energética y sumiendo a muchos otros en la misma.

En un segundo punto, las familias de bajos ingresos mantienen un gasto mayor en proporción de energía que los estratos medios y altos (ver gráfico). Lo anterior no quiere decir que mantengan energía de mayor calidad, en Chile, en especial en la zona centro-sur el uso de leña es preponderante y genera una alta tasa de material particulado, con el efecto del COVID-19 y la permanencia en el hogar en paralelo de la llegada del invierno, las emisiones aumentarán en su magnitud y ventana horaria, apareciendo horarios con alta contaminación que no existían.

Adicionalmente lleva a una mayor atención a la elevación del material particulado en casos de contaminación intradomiciliaria o de hacinamiento, debido a que ha encontrado que el COVID-19 podría aumentar su permanencia en el aire debido este tipo de partículas y una relación directa con la incidencia y gravedad de enfermedades respiratorias.

También existen correlaciones entre la contaminación y la disminución de la capacidad de toma de decisiones afectando directamente la productividad, elemento que puede afectar colateralmente a calidad y percepción del trabajo realizado a distancia.

En un tercer punto es el efecto de las brechas de género en términos de cuidados en el hogar, donde directamente una mayor tasa de incidencia de enfermedades, agravadas por la contaminación, aumenta las labores de cuidado que son principalmente realizadas por mujeres manteniendo una presión y crisis permanente cuando existe el teletrabajo, al tener que lidiar simultáneamente con mantener un buen desempeño laboral y caer en deficiencia de los cuidados y viceversa, agravando las condiciones estructurales.

Creemos que el desarrollo de la crisis del COVID-19 plantea un escenario complejo con mucha incertidumbre de por medio, en el cual más que plantear respuestas inmediatas y efectistas para el teletrabajo es necesario contar con la información adecuada para realizar las preguntas acertadas.

Las causas que generan la pobreza energética son multidimensionales y se deben tomar en cuenta todas sus aristas, considerando como base mínima regulaciones que no traspasen los costos estructurales del empleador en los y las trabajadoras, no siendo solamente los costos propios del trabajo diario, medidas que prevean también los costos y externalidades negativas amplificadas de la estadía permanente en un ambiente intradomiciliario contaminado, tanto en la remuneración, diferencias de género,  el desempeño como en la exigencia esperada. 

Si los procesos de implementación masiva del teletrabajo no consideran lo anteriormente expuesto, especialmente en las condiciones de pobreza energética en que se encuentran muchos hogares en latinoamérica, es posible advertir que el teletrabajo puede significar una nueva forma de profundizar la desigualdad entre quienes cuentan con las condiciones para ejercer el teletrabajo en el hogar y quienes no las tienen, o al menos no para lograr un desempeño adecuado.

Publicación disponible en Energía y Equidad

Indicadores de Pobreza Energética: 34,3% de los hogares en zonas urbanas no tiene acceso equitativo a servicios energéticos de calidad

Identificar la equidad con que la población chilena accede a servicios energéticos de calidad y generar una propuesta de definición de pobreza energética socialmente robusta fueron los objetivos de la investigación “Acceso equitativo a energía de calidad en Chile. Hacia un indicador territorializado y tridimensional de pobreza energética”, desarrollado por la Red de Pobreza Energética de la Universidad de Chile.
El documento, elaborado con la participación de más de 20 profesionales de diversas disciplinas, centros y casas de estudios, desarrolla dos propuestas para cuantificar la pobreza energética en Chile: identifica el estándar nacional de acceso a energía de calidad y, luego, un índice tridimensional de pobreza energética que permite sintetizar este fenómeno en indicadores posibles de observar con los datos existentes para el desarrollo de políticas públicas en esta materia, en miras de avanzar hacia una caracterización más compleja del fenómeno.
Los resultados de esta investigación indican que la pobreza energética en Chile se expresa en una mala eficiencia energética de la vivienda, bajo confort térmico, un gasto excesivo en energía y alto promedio de tiempo de las interrupciones del suministro eléctrico.
“Un hogar se encuentra en situación de pobreza energética cuando no tiene acceso equitativo a servicios energéticos de alta calidad para cubrir sus necesidades fundamentales y básicas, que permitan sostener el desarrollo humano y económico de sus miembros” indica Anahí Urquiza, coordinadora de I+D+i de la Red de Pobreza Energética (RedPE), Investigadora Responsable de Proyecto Fondecyt Nº11180824 sobre pobreza energética en Chile e investigadora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2.
La pobreza energética implica más dimensiones que el gasto excesivo que pueda enfrentar un hogar, relacionándose también al acceso a servicios energéticos de alta calidad. Estas condiciones incluyen los umbrales físicos y económicos de acceso a la energía, así como también a los niveles de confort que alcanzan las personas que viven en los hogares.
Al considerar las proyecciones climáticas y los nuevos requerimientos asociados a ellos, la baja eficiencia térmica y la inestabilidad del servicio se constituyen en nuevas condiciones que aumentan la desigualdad a nivel nacional. “Es sumamente urgente que el país cuente con instrumentos y metodologías para cuantificar los hogares que sufren los efectos negativos de un acceso desigual a energía de calidad”, señala Rubén Calvo, investigador de la de RedPE y especialista en políticas públicas, pobreza y desigualdad.
El estudio da cuenta que la baja eficiencia térmica de las viviendas, otra expresión de pobreza energética, es una característica transversal a nivel nacional. En cambio, la calidad del suministro eléctrico es más baja en las zonas centro, centro-sur y sur del país, probablemente debido a condiciones geográficas y climáticas.
Para los investigadores de la Red de Pobreza Energética estos resultados no sorprenden: históricamente en Chile hay malas condiciones de aislación térmica de las viviendas. La baja exigencia de la actual Normativa Térmica, implementada entre los años 2000 y 2007, sumado a la evidente dificultad de electrificación para zonas aisladas y de difícil acceso.
Gran parte de los problemas de contaminación atmosférica de las ciudades del sur del país se relacionan con estas barreras.

Principales Resultados

En relación con el gasto excesivo en energía, un 22,6% de los hogares no puede cubrir simultáneamente las necesidades básicas de la línea de pobreza oficial. Por lo tanto, cerca de 1.160.426 de hogares de los centros urbanos chilenos tienen un gasto excesivo en energía o realiza un gasto energético menor, poniendo como prioridad otras necesidades.

Asimismo, la investigación remarca las actuales brechas de información en materia de pobreza de energía y ofrece una guía para la generación de datos más complejos, robustos y territorializados, que permitan comprender y enfrentar esta problemática, promoviendo un desarrollo más sustentable, equitativo y resiliente de Chile, considerando los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.

Si bien Chile posee una alta electrificación (99,63% de los hogares según CASEN 2017), el acceso a energía eléctrica varía en función del territorio. Por ejemplo, la comuna de Pumanque presentó en 2012 un promedio de interrupciones del servicio eléctrico correspondiente a 10,63 horas anuales, esto sin considerar eventos de fuerza mayor. En el caso de la comuna de Camarones, durante el año 2015 las interrupciones al servicio eléctrico se tradujeron a 7,89 horas anuales.

Según los indicadores del Banco Mundial, Chile ha experimentado un crecimiento constante en las últimas décadas a pesar de los vaivenes económicos mundiales, manteniéndose sobre el 4% en promedio en los últimos 25 años. “Pese a este crecimiento, hoy Chile es un país desigual social y económicamente, con profundas dificultades para enfrentar los desafíos del siglo XXI. En este contexto, el acceso a energía limpia es una condición habilitante, tanto para el desarrollo más equitativo como para avanzar en la ineludible transición energética”, concluye Anahí Urquiza.

Investigación completa disponible para descargar aquí


Pobreza y eficiencia energética en los hogares: la temática abordada por investigadora RedPE en el Festival Internacional de Innovación Social 2018

Durante la tarde del miércoles 5 de diciembre, en la versión santiaguina del Festival Internacional de Innovación Social, llevado a cabo entre el 4 y 8 de diciembre en diferentes lugares de la ciudad, la investigadora de RedPE, Alejandra Cortés, fue parte del panel sobre energía y ciudad. En esta actividad, la académica estuvo conversando sobre la importancia de resolver las desigualdades energéticas con el fin de disminuir diferencias sociales en la actualidad.

Cortés expuso el trabajo que realiza RedPE, explicando que la Red nace bajo una iniciativa académica, la cual busca enfrentar los desafíos planteados en la Política Energética 2050, donde se reconoce la necesidad de definir pobreza energética para el contexto nacional y la construcción de indicadores que permitan medirla. “La energía, tanto a escala urbana como rural, es un factor que puede generar desigualdad e inequidad social, por lo tanto, la academia tiene un rol fundamental en evidenciar estos problemas que muchas veces nadie quiere ver”, sostuvo la investigadora.

El panel también contó con la participación de Sebastián Reyes, ingeniero civil mecánico y miembro de la Fundación Chile, centrando la discusión en las diferentes acciones que se pueden llevar a cabo para impulsar la eficiencia energética dentro de las ciudades y así construir una sociedad más sustentable y amigable con el medio ambiente.

Cortés también destacó la profundidad y constancia que se le está dando al tema de la eficiencia energética en los hogares, ya que según el contexto que enfrenta el país, miles de viviendas conviven diariamente con condiciones de frío, lo cual se convierte en un problema para la salud de sus habitantes. A su vez, la ineficiencia energética implica una mayor demanda de energía para mantener temperaturas saludables, lo que se transforma en mayores costos para las familias: “Una vivienda mal aislada o que no responda bien a las condiciones climáticas, implica que, por mucho que tenga acceso a energías limpias, los costos se tornan impagables”.

Por último, la también académica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, destacó la urgencia de acelerar los procesos de reglamentación en la industria de la construcción para así mejorar los estándares de las viviendas del país: “Lo que falta es voluntad política para que existan mejores códigos de construcción, donde, por ejemplo, la Calificación Energética sea obligatoria. Esta más que demostrado que su condición de “voluntaria” no mueve el mercado de la construcción a mejorar los estándares”. 


Al menos 61% de hogares se encuentra en estado de pobreza energética

La cifra corresponde a Valdivia y fue señalada por un estudio del Instituto Forestal. Esto significa que las familias gastan más del 10% de sus ingresos en energía, pero aún así no cubren sus necesidades.

A partir del seminario abierto en Valdivia el pasado 23 de agosto en la Universidad Austral de Chile, el Diario Austral sacó una nota sobre la pobreza energética y los estudios de INFOR en torno al tema.


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