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Podcast | La pobreza energética en Chile

En pocos días empezará, oficialmente el invierno. ¿Sabías que esta época del año es una de las que más evidencia los problemas de pobreza energética en el país? En este capítulo de Universidad de Chile Podcast se aborda la Pobreza Energética, sus implicancias en el invierno. Participan,  Catalina Amigo y Rubén Calvo, integrantes de la Red de Pobreza Energética y del Fondecyt Nº11180824.

Este podcast se encuentra disponible en Youtube y Spotify, además en el nuevo repositorio digital gratuito de la Universidad de Chile, llamado Tantaku. En esta plataforma está disponible material audiovisual, películas, conferencias, documentales, fotografías, audios y podcast, libros electrónicos, material educativo, mapas históricos, partituras, obras de artes, manuscritos y tesis históricas producidos en diferentes facultades, institutos y estamentos de la Universidad de Chile.
En quechua, Tantaku significa unión y este es el objetivo de la nueva plataforma online de la Universidad de Chile; unir a la sociedad en torno a la cultura poniendo a disposición del público general la producción cultural de los 178 años de historia de la institución.
Una de las misiones de la Universidad de Chile es contribuir con el desarrollo del país, no sólo a través de la producción de  patrimonio cultural sino también a través de la democratización de su acceso.
Accede al podcast de Pobreza Energética en Tantaku AQUÍ. 
Puedes escuchar el podcast de Pobreza Energética en Spotify AQUÍ. 

Red de Pobreza Energética recopila información de Constituciones en el Mundo en Materias Medioambientales


La causalidad no es una casualidad: cuando los eventos son multicausales


Podríamos aventuranos a decir que en algunos grupos la tasa de incidencia de casos confirmados dependerá de la cantidad de PCR. También podríamos decir que en otros grupos, la principal causal de propagación es la irresponsabilidad de quienes no respetan las medidas de prevención como el uso de mascarilla o el distanciamiento social. En otros grupos, la exposición crónica a contaminantes podría conllevar al agravamiento de los cuadros de COVID-19; esto ha sido sugerido por algunos artículos recientemente publicados en poblaciones de Italia y de Estados Unidos, donde la exposición crónica se asoció a mayor letalidad. En gran parte de los países en desarrollo (y también algunos desarrollados), la inequidad, el hacimiento y los determinantes sociales han favorecido el contagio.

La idea de causa que aprendemos cuando somos niños generalmente está asociada a una experiencia práctica que incorpora tiempo. Por ejemplo, si metes los dedos en el enchufe, luego te da la corriente; si no haces las tareas y estudias, luego repruebas el ramo. Podríamos escribir infinitos libros con ejemplos que ilustran que una causa es “algo” que antecede otro “algo”. Y aunque esta premisa parece sencilla, en el área de la Salud la definición de causa es algo mucho más complejo. Y cuando nos preguntamos porqué la incidencia o la letalidad del COVID-19 ha sido tan disímil entre poblaciones que parecían tan semejantes, no es casual que la respuesta nos obligue a revisar el concepto de causalidad.

En la época grecorromana existía la creencia que los dioses enviaban “malos aires” en forma de castigo a los mortales pecadores; estos malos aires o vapores tóxicos, eran conocidos como miasmas y acuñaron la primera teoría sobre causalidad. Los miasmas prevalecieron hasta el siglo XIX, cuando una de las tantas epidemias de cólera vió emerger al padre de la epidemiología John Snow (y no me refiero al personaje de Game of Thrones), y con él una nueva concepción de la causalidad. Snow pensaba que había “algo” en el agua que enfermaba y que no se trataba de vápores tóxicos ni de castigo divino. Aunque muchos no le creyeron debido a la hegemonía de la teoría miasmática, algunos años más tarde Robert Koch aisló la bacteria que causa la tuberculosis y además desarrolló sus propios postulados para referirse a los microorganismos como causa de enfermedad; una nueva era para la causalidad había comenzado. Y si aplicamos la teoría unicausal, diremos que la causa de COVID-19 es un microorganismo; por lo mismo, bastaría con eliminar el virus para terminar con la pandemia. Pero casualmente la unicausalidad no parece ser la respuesta a nuestra crisis.

Considerando la teoría unicausal como el mantra de las enfermedades infectocontagiosas, muchas cosas no encajaban cuando comenzaron a proliferar las enfermedades no transmisibles como el cáncer, el infarto, o la depresión. En el siglo XX, Austin Bradford Hill desarrolló algunos criterios que permiten hacer alusión a la causalidad de eventos no transmisibles. Él había estado dando una batalla contra la industria tabacalera para decir que el tabaco era causa de cáncer de pulmón. Al lograrlo no tan solo consolidó una nueva forma de concebir la causalidad sino que también se convirtió en caballero de la corona inglesa. Las ideas de Sir Bradford Hill no configuran una teoría como los paradigmas anteriores, sino que representan criterios orientados a la construcción del conocimiento causal. Más tarde, Kenneth Rothman complementó estos criterios con sus famosas “causas componentes” ejemplificando la multicausalidad a través de gráficos sectoriales o de torta. En ese sentido, Rothman nos invitó a revisar la multicausalidad de muchos eventos (incluso de las enfermedades infecciosas como el COVID-19), tal como reconocemos que un fósforo puede encender fuego debido a la pólvora, pero es necesario que alguien manipule el fósforo y que haya oxígeno que produzca la combustión.

Judea Pearl, uno de los científicos más reconocidos por su trabajo en el campo de la causalidad, ha llevado las cosas más allá de lo pensado, reconociendo que hay causalidades que incorporan distintos niveles de complejidad y que en ocasiones solo tenemos la capacidad de modelar probabilidades que no están exentas de error; tal como muchas y muchos de nosotres, nos encontramos modelando los datos disponibles sobre COVID-19. En este punto, parece fundamental  declarar que la epidemiología actual reconoce la multicausalidad de eventos de salud en poblaciones, así como el equipo de salud reconoce los eventos de salud en un paciente. Por lo mismo, es importante que en esta crisis aprendamos a diferenciar las causas de la enfermedad en el individuo, de las causas de la tasa de incidencia o de la prevalencia de la enfermedad en un grupo poblacional como una comuna o un país. Entonces la causalidad del COVID-19 en la población, parece ir más allá del virus en el individuo.

Existe certeza que la causa de COVID-19 en un individuo es el virus SARS-CoV-2 (más conocido como coronavirus); sin embargo, no podemos negar que existe una multicausalidad en su propagación a nivel poblacional, y que esta multicausalidad podría variar de grupo en grupo. Podríamos aventuranos a decir que en algunos grupos la tasa de incidencia de casos confirmados dependerá de la cantidad de PCR  (sigla del examen que verifica la presencia del virus en una persona). También podríamos decir que en otros grupos, la principal causal de propagación es la irresponsabilidad de quienes no respetan las medidas de prevención como el uso de mascarilla o el distanciamiento social. En otros grupos, la exposición crónica a contaminantes podría conllevar al agravamiento de los cuadros de COVID-19; esto ha sido sugerido por algunos artículos recientemente publicados en poblaciones de Italia y de Estados Unidos, donde la exposición crónica se asoció a mayor letalidad. En gran parte de los países en desarrollo (y también algunos desarrollados), la inequidad, el hacimiento y los determinantes sociales han favorecido el contagio.

Estamos en un momento crítico de la pandemia y el desenlace más pesimista, la muerte, hoy se sostiene principalmente en dos factores: la capacidad de respuesta de un equipo de salud con recursos limitados (que ha tratado de enmendar la causalidad de otros factores que no fueron reconocidos previamente) y la condición basal de una persona que se ha expuesto a distintas cosas durante su vida (evitables y no evitables). Por lo mismo, la multicausalidad de los eventos poblacionales nos debe convocar a asumir nuestra responsabilidad, es decir, a reconocer que nuestro comportamiento puede ayudar a mejorar o empeorar la situación actual y a no desconocer todas las potenciales causas de la incidencia a nivel poblacional, que no es lo mismo que la causa de COVID en un individuo.

29/08/2018

Macarena Valdés Salgado. Académica Escuela de Salud Pública, Universidad de Chile. Investigadora Red de Pobreza Energética

columna disponible en el mostrador

Estamos en guerra: ¿una profecía que se cumple a sí misma?

Entender la violencia se ha convertido en un tema recurrente a partir del estallido social. ¿Qué motiva la acción de los encapuchados, los abusos por parte de las fuerzas del orden y los saqueos a locales comerciales? Algunos responsabilizan una educación insuficiente, la desesperanza adquirida, las expectativas de la juventud “millenial” o la crisis de los valores tradicionales. Otros, en relación con la conducta de las fuerzas policiales, señalan como factores explicativos la incompetencia de las autoridades de gobierno, la actitud violenta de los propios oficiales o la cultura represiva de los altos mandos militares.

Es probable que todas estas variables contribuyan al fenómeno. Sin embargo, a nuestro juicio, aquellas no explican, por sí solas, como la violencia escala en una manifestación y conducta aislada de unos pocos individuos, a describir de manera generalizada y recurrente la acción de una parte considerable de grupos sociales. Para comprender aquello, como sugería el sociólogo norteamericano Robert R. Merton en su libro “Social Theory and Social Structure” (1949), no debemos buscar las causas en los atributos y motivaciones personales de cada sujeto, sino más bien en el plano de las estructuras sociales, y particularmente, en la interrelación entre medios institucionalizados y fines culturales. Según señala Merton, cuando existe una coincidencia entre medios y fines, la sociedad opera de manera conservadora, sin alterar sus estructuras. Por el contrario, cuando los dos están en disonancia entre sí, se dan las condiciones para una crisis social.

En situaciones normales, la sociedad se rige por expectativas compartidas, por ‘normas simbólicas’ que respetamos precisamente porque podemos dar por sentado que otros las respeten también: de este modo, pagamos por adquirir ciertos bienes y servicios pues asumimos que los demás harán lo mismo y que quien no lo haga será sancionado por el orden público; asimismo, respetamos a quienes están encargados de mantener ese orden público porque suponemos que los demás lo harán y también porque creemos que los oficiales de policía actuarán conforme a lo que la ley establece; aceptamos que quien ocupa posiciones de autoridad pueda decidir por nosotros porque creemos que los demás también aceptarán esas mismas decisiones y, quizá más importante, porque presumimos que las autoridades decidirán en razón de los intereses movilizados por la opinión pública y que podrán ser removidas del cargo si no lo hacen.

La convivencia cotidiana se funda en el hecho que su validez es auto-evidente. Por lo mismo, puede permanecer por largo tiempo incuestionada. Incluso cuando es puesta en tela de juicio, por ejemplo, cuando se acusa a la ley de ser ilegitima, a los políticos de ser corruptos, los propietarios de haber obtenido su fortuna mediante fraudes, es posible todavía aceptar el rol de las instituciones solo por la creencia de que otros también las aceptarán y que quienes no, serán marginados y castigados. De esa manera, la sociedad se conserva y reproduce, pese a saberse a sí misma improbable e imperfecta. Por el contrario, cuando su plausibilidad empieza a decaer, se hace espacio para la incertidumbre sobre si una determinada norma será efectivamente aceptada por otros. Es aquí cuando se abre el espacio para soluciones alternativas al problema, para la innovación y una mayor creatividad. Pero con ello caen – o se suspenden – los fundamentos de cualquier comunicación orientada al consenso.

La violencia aparece entonces como una opción válida. Cuando algunos evaden la propiedad privada o pública sin ser sancionados, no es sólo el propietario que se ve afectado, si no la propia idea de propiedad, en tanto saquear o destruir se hacen parte de la normalidad. Cuando vemos que la ley se aplica sin medida y sin legitimidad y que otros se resisten a quien busca castigarlos, lo que se pierde es el valor de la ley misma. Y cuando vemos que los políticos no saben responder, cuando más de nueve décimos de la opinión pública está en contra de ellos, lo que se derrumba es el propio valor de la autoridad democrática.

En tal contexto, cuando todas las normas sociales pierden su plausibilidad, se hace patente lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben llama la “vida desnuda”: una comunicación carente de presupuestos y centrada exclusivamente en el manejo del cuerpo. Entonces, el ser humano al frente, no es alguien del cual se pueda presuponer disposición a la argumentación y al cambio, sino un obstáculo para la imposición de la propia idea de lo correcto, un enemigo frente al cual las únicas opciones son subyugar o ser subyugado.

 

Afortunadamente, y a pesar de los temores del gobierno y las expectativas de un sector de los manifestantes, las normas sociales en las que descansa la convivencia de los chilenos parecen resistir todavía.

Ciertamente, su eficacia como medios institucionalizados aceptados en el sentido de Merton no es directa, como antes, pero ellas todavía definen el ámbito de lo que debiese esperarse: constitución democrática, acceso justo al sistema de la salud, educación de calidad, reducción de las desigualdades basadas en el origen socioeconómico y política medioambiental sustentable.

El reclamo reconoce la deseabilidad de los valores de la modernidad y su importancia como horizonte normativo común y, dentro de este marco, demanda, con rabia, que dichos valores puedan (¡al fin!) ser efectivamente realizados con los medios tradicionales.

De esta manera, el valor de las normas persiste, más se reconoce que ellas ya no describen lo que es, sino lo que debe ser

El problema es que cuando estas normas sociales ya no describen la realidad sino lo deseable, lo contra fáctico, se hace más probable aceptar definitivamente su ineficacia y descartarlas de una vez. Esta es la situación sociopolítica actual del país: un delicado equilibrio, sustentado en la esperanza, por parte de la clase política y de los protestantes, que aún es posible identificar una vía racional para alcanzar las promesas de desarrollo a pesar de la desconfianza mutua. Si este equilibrio es alterado, se abre espacio para alternativas, como la violencia, que no requieren ampararse en normas sociales, sino que justamente se nutren de la ausencia de aquellas. Así, manifestantes se convierten en violentistas, transeúntes en saqueadores y las fuerzas del orden, en abusadores.

Considerado lo anterior, el discurso bélico avanzado desde los primeros días por el presidente Piñera y reforzado con las medidas propuestas, centradas en fortalecer en orden público y perseguir a quienes hagan “desórdenes”, corren el riesgo de generar una mayor radicalización de los actores involucrados al confirmar la realidad de la retórica del enfrentamiento. Dicho enfrentamiento, puede acentuar la oposición entre bandos, contribuyendo a un debilitamiento más profundo de las mismas normas sociales. Se genera así un espiral, una escalada marcada por la adopción de más violencia como único medio si no para convivir, sí para seguir viviendo.

 

Julio Labraña.

Marco Billi.


Quien puede lo más, puede lo menos

Bonn, Alemania, reuniones entorno a la COP25 para la definición de los ejes estratégicos de la próxima conferencia. Este fue el escenario en que la Ministra de Medio Ambiente de Chile, Sra. Claudia Schmidt, al ser consultada por la resistencia del país a suscribir el Acuerdo de Escazú, declaró que la legislación nacional ya cubría lo indicado en la convención.

Antes de entrar en debate sobre la veracidad de estas afirmaciones es necesario recordar, groso modo, los principales compromisos de Escazú. Según lo establecido en su artículo 1°, este acuerdo tiene por objetivo “garantizar la implementación plena y efectiva en América Latina y el Caribe de los derechos de acceso a la información ambiental, participación pública en los procesos de toma de decisiones ambientales y acceso a la justicia en asuntos ambientales, así como la creación y el fortalecimiento de las capacidades y la cooperación, contribuyendo a la protección del derecho de cada persona, de las generaciones presentes y futuras, a vivir en un medio ambiente sano y al desarrollo sostenible”. En la misma dirección apunta su artículo 3°, el cual consagra como centrales los principios de igualdad, no discriminación, transparencia y rendición de cuentas, así como los valores de soberanía permanente de los Estados sobre sus recursos naturales y de medidas pro- persona, entre otros, en términos del diseño e implementación de políticas ambientales. Especialmente destacables por su significancia para los países que suscriben este acuerdo, son los nuevos requisitos respecto del acceso a información ambiental (artículo 5°), la generación y divulgación de información ambiental (artículo 6°), la participación pública en la toma de decisiones ambientales (artículo 7°) y el acceso a un trato justo y de defensa de derechos humanos en los asuntos ambientales (artículo 8° y 9°).

Si miramos en perspectiva, ellos son una bajada de los lineamientos planteados en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en particular el ODS N°16, reconocidos y ratificados por el Estado de Chile. Este objetivo se centra en la promoción de sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles. La adscripción de los países a estos lineamientos implica, por lo tanto, avanzar en medidas en esta dirección. Medidas como, por ejemplo, los compromisos tomados en el Acuerdo de Escazú.

 

Recordemos que, en materias de política exterior la incidencia de la sociedad civil es nula, y los mecanismos de participación ciudadana —entiéndase la Ley 20.500, entre otros cuerpos— está restringida, no por el escaso interés de la sociedad, sino por las “barreras de entrada” que el propio sistema introduce.

Dicho esto, volvamos a las declaraciones de la Ministra. Todo estudiante de Derecho en sus primeras clases de Derecho Romano conoce —y sufre—el aforismo jurídico que reza: QUI POTEST PLUS, POTEST MINUS, que literalmente sostiene “quien puede lo más, puede lo menos”. En breve, quien tiene poder para hacer cosas grandes o importantes puede hacer sobre el mismo tema cosas menores, accesorias, derivadas o subordinadas a las primeras.

Si se acepta la importancia de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ¿cuál es el problema que nuestras autoridades suscriban un acuerdo ciertamente más limitado y que busca operacionalizar medidas para avanzar en esta dirección, como el Acuerdo de Escazú?

Julian Cortés. Investigador RedPE.

Julio Labraña. Investigador RedPE

Columna disponible en el mostrador

Entrevista de INVI a Anahí Urquiza

“Pobreza energética es un concepto que permite observar cuáles son las dificultades que tiene un hogar para poder acceder a cubrir sus necesidades energéticas, acceder a los servicios energéticos que requieren con fuentes que sean de buena calidad y que les permita lograr confort en diferentes ámbitos: confort térmico, lumínico, etc.”
De esta manera, la investigadora y coordinadora de RedPE, Anahí Urquiza, señaló las características centrales del concepto de pobreza energética en la entrevistas realizada por el Instituto de la Vivienda de la Universidad de Chile.

Presentación Alejandra Schueftan

Presentación de la investigadora Alejandra Schueftan sobre los resultados del estudio “Control de la contaminación atmosférica en un contexto de Pobreza Energética en el sur”. Estudio realizado por el Instituto Forestal, parte del Ministerio de Agricultura de Chile.


Nuevos pasos en la alianza RedPE, Techo y Red Genera: Análisis y construcción de datos en torno a viviendas

Miembros de la línea Bienestar, cultura y eficiencia energética de RedPE fueron parte de la primera mesa de trabajo con Techo Para Chile luego de los primeros avances el pasado 15 de marzo. En esta ocasión, se sumaron al encuentro representantes de la cooperativa energética, Red Genera.

El encuentro, realizado en las instalaciones de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, se centró en avanzar en la cooperación entre ambas instituciones. Viviendas sociales  con enfoque en sustentabilidad energética fue el tema principal de la jornada, siendo el primer eje de trabajo de la naciente alianza. En este sentido, Carlos Westermeier, Jefe Nacional de Ingeniería y Construcción de Techo Para Chile, señaló que desde hace un tiempo la institución está buscando construir viviendas energéticamente sustentables. En este contexto, Techo visualiza a RedPE como un aliado para generar soluciones en conjunto y avanzar en este camino.
La novedad de este enfoque se debe a que los proyectos de Techo abordan el bienestar técnico de las viviendas, su buena localización, equipamiento, áreas verdes y la formación de un entorno participativo con las comunidades beneficiarias. Por otra parte, esta nueva iniciativa busca generar una nueva definición sobre viviendas de menor impacto, es decir, energéticamente sustentables, considerando todos los elementos anteriormente mencionados.
A partir de esto,  Red Genera aportará desde su experiencia de trabajo en diferentes comunidades de Santiago y Valparaíso. Rocío Sepúlveda, representante de Red Genera, considera vital que las poblaciones cuenten con soberanía territorial y autonomía. De esta forma se buscará entregar información y  educar energéticamente  a las comunidades para generar las capacidades de aprovechamiento máximo  de los recursos energéticos disponibles en sus medios.
El trabajo entre las tres organizaciones se enfocaría en crear un centro de investigación social para generar datos e intercambiar material y así poder realizar análisis a posibles soluciones de pobreza energética en los hogares chilenos. Sumado a esto, se desarrollaría un cronograma de educación ambiental el cual estaría enfocado en generar talleres y seminarios que acerquen el tema de la pobreza energética a la gente, como lo sería la alfabetización energética y la formación en el uso de la energía.
Lorna Lares, coordinadora de la línea Bienestar, cultura y eficiencia energética, se manifestó optimista frente a esta nueva alianza, ofreciendo el apoyo de los investigadores de RedPE con sus distintas especialidades y disciplinas, sumado a la posibilidad de trabajo en conjunto con estudiantes tesistas.

Anahí Urquiza sobre Pobreza Energética


Vulnerabilidad energética en Chile. Entrevista a Anahí Urquiza en Radio Biobío


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