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Webinar Pobreza Energética y Ruralidad

¿Cuáles son los desafíos pendientes en Pobreza Energética? Esta actividad se realizó el Jueves 15 de octubre del 2020 a las 10:00 hrs. Contó con la participación de Rubén Calvo, investigador de la Red de Pobreza Energética y del Fondecyt Nº11180824 Pobreza Energética en zonas rurales, Políticas Públicas, Género y Eficiencia Energética son algunos de los temas abordados.

Puedes revisar el video de la actividad AQUÍ

https://www.youtube.com/watch?v=sCNrOqgjToU&feature=youtu.be&ab_channel=EnergiaMaule

Organiza: Seremi de Energía del Maule

Colaboran: Ministerio de Energía, Ministerio de Vivienda y Urbanismo, Universidad de Talca y Red de Pobreza Energética.


Red de Pobreza Energética se suma al proyecto “Energía a la Salud Primaria” de Fundación Energía Para Todos

01/09/2020

El proyecto, que será implementado en seis Cesfam de cuatro comunas del país, permitirá generar un ahorro total de $14.546.201 por año, y, además, se evitará la emisión de más de 66 toneladas de CO2 anualmente.

“Energía a la Salud Primaria” es un proyecto que nace de la iniciativa Fundación Energía Para Todos y que, junto a la colaboración de los Municipios de Independencia, El Monte, San Pedro de la Paz y Penco, y el apoyo de Empresas Eléctricas A.G, busca ser un aporte a la Salud Pública del país incorporando la transición hacia las Energías Renovables en seis Centros de Salud Familiar (CESFAM) del país.
El proyecto pretende que los seis Centros de Salud Primaria de la Región Metropolitana y del Biobío, generen su propia energía eléctrica de manera sostenible a través de sistemas fotovoltaicos. Esto, será una oportunidad de contribuir en la reactivación sostenible del país, además de permitir un ahorro económico que se traducirá en tener mayores recursos a la hora de enfrentar la pandemia del Coronavirus.
La Red Pobreza Energética, trabaja duro para visibilizar los problemas de acceso, calidad y equidad de la energía en nuestro país, es por eso, que la plataforma no quiso quedar fuera de esta gran iniciativa, y apoyará en el proyecto, difundiendo la iniciativa y generando puentes de colaboración con distintos actores sociales. Así, se podrá avanzar en conjunto a la hora de enfrentar los desafíos de la pobreza energética existente en Chile.
“Es paradójico, pero el funcionamiento del sector salud contribuye a dañar la salud planetaria. Considerando que centros de salud y hospitales tienen un alto consumo de energía, producción constante de residuos químicos peligrosos y utilización de material no reutilizable, es imperioso avanzar en la agenda para un gestión de servicios de salud que sean amigables con el medio ambiente” señala Macarena Valdés, doctora en Salud Pública, investigadora de la Red de Pobreza Energética y académica de la Facultad de Salud Pública  de la Universidad de Chile.
El Director Ejecutivo de la Fundación Energía Para Todos, Javier Piedra, agradeció el apoyo que RedPE está brindando, y aseguró que: “nos pone muy contentos que la plataforma más grande en torno a la vinculación de la energía con problemas sociales se sume a esta iniciativa, pues es un gran aporte que permitirá generar ahorro económico a distintos Centros de Atención de Salud Primaria a través de las Energías Renovables, permitiendo contar con más capital a la hora de enfrentar la crisis ocasionada por la pandemia del Coronavirus”.
Cabe destacar, que la Fundación Energía Para Todos, estará realizando una campaña de difusión hasta mediados del mes de noviembre, motivando a las empresas del mundo privado (tanto del sector energético, como de otros sectores) a que se unan a esta causa para conseguir los fondos necesarios y así, poder entregar energía limpia a la salud primaria, sobre todo, durante la crisis sanitaria actual.

Infografía | Pobreza Energética y Confinamiento

Investigadoras e investigadores de Red de Pobreza Energética, RedPE, durante el primer semestre 2020 han comunicado a través de columnas de opinión, conversatorios y seminarios web las profundas desigualdades que ha evidenciado el confinamiento en que se encuentran millones de chilenas y chilenos por la pandemia por Covid_19.

El equipo RedPE elaboró la Infografía Pobreza Energética y Confinamiento para revisar los principales problemas y brechas que existe en el territorio nacional.

Puedes descargar AQUI

Con un amplio respaldo, el Pleno de la Convención Constituyente aprobó la inclusión en el borrador de la nueva Constitución una norma histórica que busca consagrar el “derecho a un mínimo vital de energía asequible y segura”, durante la última jornada de votaciones de norma, el 14 de mayo pasado. La disposición fue incluida en la propuesta de informe final realizada por la Comisión de Medio Ambiente al cierre de las jornadas de trabajo del Pleno.
Así, el artículo que se votó en incisos separados contó con un amplio apoyo de los convencionales de diferentes sectores políticos, alcanzando 114 votos a favor en su primer inciso, y cero votos en contra. Finalmente, el borrador de la Nueva Constitución consagra en el punto 323 “el derecho a un mínimo vital de energía asequible y segura” estableciendo que es “deber del Estado garantizar el acceso equitativo y no discriminatorio” de todas las personas para que puedan satisfacer sus necesidades y velar por “la continuidad de los servicios energéticos”.
Por otra parte, la norma releva la importancia de que el Estado fomente en la matriz energética “renovable y de bajo impacto ambiental”, que cumpla con las características de distribución, descentralización y diversificación, haciendo explícito que la “infraestructura energética es de interés público”. Finalmente, el artículo entrega al Estado el deber de fomentar y proteger a “las empresas cooperativas de energía y el autoconsumo”

COVID-19, PE y desigualdad

  • La emergencia sanitaria causada por el Covid-19 visibiliza la profunda desigualdad social y de género en Chile.
  • Es urgente garantizar el acceso equitativo a la energía para sostener el desarrollo social y económico de la población.
  • La reglamentación térmica debe ser más exigente y crear más programas de apoyo para el (re)-acondicionamiento de las viviendas.

Fuentes

1 EPF (2017). Instituto Nacional de Estadísticas: Ingresos y gastos.

2 RedPE (2019). Policy Paper Pobreza energética. Acceso desigual a energía de calidad como barrera para el desarrollo en Chile.

3 Instituto Nacional de Estadísticas (2018). Encuesta de Presupuestos Familiares, 2016-2017, Santiago, Chile.

4 CASEN (2019). Encuesta de Caracterización Socioeconómica, Ministerio de Desarrollo Social, Santiago, Chile.

5 ENE (2016). Encuesta Nacional de Energía 2016: Resultados principales.

6 Mould, R. & Baker, K. (2017). Documenting fuel poverty form the householders perspective.

7 OMS (2012). Burning Opportunity: Clean Household Energy for Health, Sustainable Development, and Wellbeing of Women and Children.


El confinamiento y la verdad más cruda de la pobreza energética en Chile


El endeudamiento por cuentas eléctricas es, en buena parte, consecuencia de una excesiva carga de pagos por servicios básicos en relación al ingreso total. Esta situación se agrava debido al aumento del consumo energético producto del confinamiento, el mayor desempleo y la suspensión temporal de contratos debido a la crisis, especialmente entre los más pobres.

Encender la luz para leer, cocinar o comer. Cocinar para desayunar, almorzar y tomar once o cenar. Encender el calefont para tomar una ducha caliente o lavar la loza. Encender una estufa para calefaccionar la casa. Encender el computador para estudiar y/o trabajar. Esta rutina que muchos de nosotros no nos cuestionamos, requiere de un insumo básico: la energía. Pero, según datos de 2017 de la Encuesta de Presupuestos Familiares, el 22,6% de los hogares no logra cubrir los gastos básicos del hogar, incluyendo los servicios energéticos. El endeudamiento por cuentas eléctricas es, en buena parte, consecuencia de esta excesiva carga de pagos por servicios básicos en relación al ingreso total. Esta situación se agrava debido al aumento del consumo energético producto del confinamiento, el mayor desempleo y la suspensión temporal de contratos debido a la crisis, especialmente entre los más pobres.

Recordemos también que todavía un 10,7% de los hogares no tienen acceso a agua caliente sanitaria. Al menos un 66% de las viviendas actuales fueron construidas antes de la Reglamentación Térmica del 2000, por lo que no se rigen por un estándar mínimo respecto a aislamiento y climatización. Además, en una muestra reciente en 82 viviendas vulnerables de Renca pudimos constatar que 60% de las casas tenían riesgos de electrocución e incendio por sistemas eléctricos fuera de la normativa vigente o por aparatos de calefacción mal mantenidos.

En lo que respecta a salud mental, la pobreza energética (PE) también tiene repercusiones e impactos. Ya en tiempos previos a la cuarentena, se identificaba que en personas mayores la PE conlleva un mayor aislamiento social: para algunos/as el confinamiento es habitual, se quedan siempre en casa, se abrigan más, se acuestan temprano y no invitan otras personas por no tener un lugar cálido para recibir visitas. Por otra parte, era habitual salir de casa para ir a lugares climatizados, como bibliotecas y centros comerciales, rutinas que hoy se ven fuertemente limitadas, intensificándose el riesgo de enfermedades de salud mental por aumento de los niveles de estrés y aislamiento social.

La pobreza energética repercute también en las oportunidades sociales y educativas de las personas: en el acceso a Tecnologías de Información y Comunicación (TICs), acceso a conexión estable a internet para procesos educativos a distancia y/o teletrabajo, acceso a iluminación en horario nocturno, entre otras formas. Sin duda el uso de TICs suele ser un facilitador para el bienestar de las personas con algún nivel de aislamiento social, ya que se constituye como un espacio de ocio, aprendizaje y conexión con otros/as.

La vulnerabilidad energética se resuelve a través de la erradicación de la pobreza en general y mayores ingresos para el 20% más pobre del país. Consta el esfuerzo estatal en el Programa de Hogar Mejor del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, que incluye subsidios para el reacondicionamiento térmico de la vivienda, instalación de paneles fotovoltaicos y/o paneles solares térmicos. Y sin duda, la ley de estabilización de tarifas eléctricas promulgada a fines del año pasado ayuda a las familias chilenas.

Pese a los esfuerzos, necesitamos trabajar aún más sistemática, decidida y mancomunadamente para enfrentar la pobreza energética. Una concreta inclusión de criterios de eficiencia energética en el diseño de la vivienda social, programas más masivos dirigidos a un reacondicionamiento térmico de las viviendas e inserción de paneles solares y también programas de regularización de instalación eléctrica y recambio de artefactos eléctricos eficientes. Adicionalmente, se requiere de un trabajo con iniciativas en conjunto entre el sector público, privado, la sociedad civil y la academia, con el fin de abordar esta problemática de forma integral. Un ejemplo de contribución en este sentido es el Programa de Inclusión Energética (PIE), iniciativa que nos encontramos impulsando desde EBP Chile, en alianza con EGEA ONG y la Red de Pobreza Energética. Esta iniciativa busca se basa en la convicción de que se debe enfrentar la pobreza energética con enfoques holísticos, integrando a las familias vulnerables junto a emprendedores locales. Es por esto que actualmente se está articulando el concurso “Desafío Inclusión Energética”, el cual busca apoyar iniciativas innovadoras por parte de MiPyMEs y desarrolladores de proyectos, que permitan reducir la pobreza energética en distintos contextos territoriales del país.

La emergencia sanitaria causada por el Covid-19 visibiliza una vez más la profunda desigualdad de nuestro país, y la validez de las exigencias sociales por una vida digna, que considere entre otras cosas, el acceso a energía de calidad como una condición necesaria para el desarrollo social y económico de la población, además del bienestar y la salud de las personas. Con la llegada del invierno, se hace más necesario una pieza caliente, una taza de té y unas horas más de luz. Nuestros hijos tienen derecho a recibir una buena educación, la cual en estos momentos también requiere de este insumo básico: la energía.

Nicola Borregaard. Doctora en Economía de Recursos Naturales de la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Gerenta de EBP Chile y Directora de Espacio Público.

Reportaje disponible en la tercera

¿Qué es Pobreza Energética?

Entendamos y conozcamos más sobre la #PobrezaEnergetica
Este video explica qué es Pobreza Energética, los principales desafíos y las posibles soluciones para mejorar la calidad de vida de las personas.

Pobreza energética y teletrabajo ¿Una nueva fuente de desigualdad social?

Gentileza: Energía y Equidad
Autores:  Maximiliano Proaño e Ignacio Sánchez

Si bien el teletrabajo era considerado una creciente tendencia en distintos países con anterioridad a la crisis global originada por el COVID-19, lo cierto es que el explosivo crecimiento que ha tenido esta modalidad de ejercer la actividad laboral, encontró a muy pocos sectores y servicios preparados para llevarlo a cabo adecuadamente. A primera vista el teletrabajo puede ser percibido como positivo para trabajadoras y trabajadores, mayor flexibilidad para disponer de su tiempo, ahorro de tiempo y de dinero al no tener que efectuar los, muchas veces extensos, desplazamientos desde casa al hogar y viceversa. En general han sido las empresas las que han tenido sus aprehensiones en aplicar el teletrabajo, por su conservadora visión de que el jefe tiene que estar encima del trabajador o trabajadora para que  produzca adecuadamente. Sin embargo, a los pocos meses de la implementación forzada del teletrabajo por el confinamiento decretado en la mayoría de los países, ha quedado de manifiesto, que quienes más tienen que perder son las trabajadoras y los trabajadores. Esto por dos razones, la regulación es inexistente o débil y las condiciones materiales de la mayoría de la fuerza laboral para trabajar desde el hogar, no son las adecuadas.

En Chile, la ley que modifica el código del trabajo en materia de trabajo a distancia, lo define como “aquel en el que el trabajador presta sus servicios, total o parcialmente, desde su domicilio u otro lugar o lugares distintos de los establecimientos, instalaciones o faenas de la empresa”. Si bien la ley de teletrabajo aprobada en plena crisis sanitaria, fijó un derecho a desconexión de al menos 12 horas, también establece que “las partes podrán acordar que el trabajador quede excluido de la limitación de jornada de trabajo”. Al abrir la puerta la ley para un aumento de la jornada laboral “de común acuerdo”, y dado el desequilibrio en la relación entre empleador y trabajador, podrá implicar en la práctica que trabajadoras y trabajadores trabajen horas extra sin pago adicional. En efecto algunas críticas que se le hacen al teletrabajo o trabajo a distancia es que ha significado “una tendencia a la flexibilización de las condiciones de trabajo, encubrimiento de la relación de dependencia, aumento de la jornada de trabajo, además de los perjuicios que pueda implicar el aislamiento y las complicaciones que puedan provenir de desarrollar el trabajo en un ambiente no diseñado para eso como es el hogar en el caso del teletrabajo domiciliario”.

Si bien la mayoría de los países latinoamericanos han implementado medidas para facilitar el teletrabajo, son muy pocos los que poseen una regulación especial para su implementación. En Argentina aún se encuentra en tramitación un proyecto de ley en la materia, mientras que Colombia reguló el teletrabajo hace 12 años.

En los países latinoamericanos una dificultad adicional para el teletrabajo es que parte importante de los hogares padecen la pobreza energética. Aunque es un tema que tiene sólo algunos años y no se ha podido enmarcar en una medida general, comúnmente se entiende pobreza energética como “la incapacidad de asegurar los niveles necesarios de energía en el hogar, esto significa vivir en una casa imposible de enfriar o calentar, iluminar o mantener electrodomésticos, debido a las facturas excesivas de energía, los bajos ingresos y la mala eficiencia energética. Las personas con poca energía son más vulnerables a los riesgos de salud como las enfermedades respiratorias y las enfermedades mentales”. Desde Taller Ecologista han observado que el “concepto de pobreza energética ha sido elaborado como una forma de comprender la relación entre el estado de privación vivenciado por el actor social y su relación con las fuentes y el acceso a la energía”. 

Como ejemplo, de acuerdo a la Red de Pobreza Energética, 35.900 chilenos y chilenas no poseen acceso a electricidad, mientras que el porcentaje de la población que declara pasar frío en su hogar en invierno corresponde a un 34% del segmento pobre, un 27% del segmento vulnerable y un 21% de la clase media baja. Sumado a lo anterior, los efectos en las condiciones estructurales del hogar (disminución de ingresos, mayor permanencia de los habitantes en el hogar, mayor número de los mismos, etc.) pueden hacer cruzar la línea de pobreza energética a hogares que antes no la presentaban.

Trabajar desde el hogar debido al COVID-19 implica integrar por parte del trabajador, costos asumidos normalmente por el empleador, como son la insumos de trabajo (Computadores, teléfonos, papelería, etc), Servicios relacionados (Internet, electricidad, Servicios sanitarios) y infraestructura mínima (espacio de trabajo, iluminación adecuada y mobiliario correspondiente). Costos que significan indudablemente un aumento en el costo de vida para todos los hogares volviéndose insalvable para hogares en pobreza energética y sumiendo a muchos otros en la misma.

En un segundo punto, las familias de bajos ingresos mantienen un gasto mayor en proporción de energía que los estratos medios y altos (ver gráfico). Lo anterior no quiere decir que mantengan energía de mayor calidad, en Chile, en especial en la zona centro-sur el uso de leña es preponderante y genera una alta tasa de material particulado, con el efecto del COVID-19 y la permanencia en el hogar en paralelo de la llegada del invierno, las emisiones aumentarán en su magnitud y ventana horaria, apareciendo horarios con alta contaminación que no existían.

Adicionalmente lleva a una mayor atención a la elevación del material particulado en casos de contaminación intradomiciliaria o de hacinamiento, debido a que ha encontrado que el COVID-19 podría aumentar su permanencia en el aire debido este tipo de partículas y una relación directa con la incidencia y gravedad de enfermedades respiratorias.

También existen correlaciones entre la contaminación y la disminución de la capacidad de toma de decisiones afectando directamente la productividad, elemento que puede afectar colateralmente a calidad y percepción del trabajo realizado a distancia.

En un tercer punto es el efecto de las brechas de género en términos de cuidados en el hogar, donde directamente una mayor tasa de incidencia de enfermedades, agravadas por la contaminación, aumenta las labores de cuidado que son principalmente realizadas por mujeres manteniendo una presión y crisis permanente cuando existe el teletrabajo, al tener que lidiar simultáneamente con mantener un buen desempeño laboral y caer en deficiencia de los cuidados y viceversa, agravando las condiciones estructurales.

Creemos que el desarrollo de la crisis del COVID-19 plantea un escenario complejo con mucha incertidumbre de por medio, en el cual más que plantear respuestas inmediatas y efectistas para el teletrabajo es necesario contar con la información adecuada para realizar las preguntas acertadas.

Las causas que generan la pobreza energética son multidimensionales y se deben tomar en cuenta todas sus aristas, considerando como base mínima regulaciones que no traspasen los costos estructurales del empleador en los y las trabajadoras, no siendo solamente los costos propios del trabajo diario, medidas que prevean también los costos y externalidades negativas amplificadas de la estadía permanente en un ambiente intradomiciliario contaminado, tanto en la remuneración, diferencias de género,  el desempeño como en la exigencia esperada. 

Si los procesos de implementación masiva del teletrabajo no consideran lo anteriormente expuesto, especialmente en las condiciones de pobreza energética en que se encuentran muchos hogares en latinoamérica, es posible advertir que el teletrabajo puede significar una nueva forma de profundizar la desigualdad entre quienes cuentan con las condiciones para ejercer el teletrabajo en el hogar y quienes no las tienen, o al menos no para lograr un desempeño adecuado.

Publicación disponible en Energía y Equidad

Al menos 61% de hogares se encuentra en estado de pobreza energética

La cifra corresponde a Valdivia y fue señalada por un estudio del Instituto Forestal. Esto significa que las familias gastan más del 10% de sus ingresos en energía, pero aún así no cubren sus necesidades.

A partir del seminario abierto en Valdivia el pasado 23 de agosto en la Universidad Austral de Chile, el Diario Austral sacó una nota sobre la pobreza energética y los estudios de INFOR en torno al tema.


Pobreza energética y vivienda social

La necesidad de elaborar una definición de Pobreza Energética para Chile fue declarada en la Política Energética 2050 cuando se expone que, en Chile, es necesario responder a cuáles son los elementos que determinan la pobreza energética y cuál es el nivel actual en nuestro país. Se plantea la necesidad de definir el concepto y su forma de medición con el objetivo de establecer políticas específicas para su reducción. La Red de Pobreza Energética (RedPE) nace al alero de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile con un equipo multidisciplinario que busca enfrentar este desafío. Actualmente la red se compone de investigadores y socios de distintos ámbitos, tanto públicos como privados, de regiones y de diferentes actores de la sociedad civil. El enfoque de la red se ha iniciado desde la escala de la vivienda, para avanzar hacia una escala territorial de las dimensiones que afectan la pobreza energética.

Es en la escala de vivienda, donde precisamente existe el gran desafío de construir indicadores que nos permitan evaluar la pobreza energética residencial, en los distintos contextos climáticos, geográficos y territoriales de nuestro país. Chile, desde los 80, inició una política habitacional para suplir el déficit cuantitativo de hogares, que dejó como resultado, un extenso parque habitacional edificado a lo largo de todo el país, con pobres estándares constructivos y mínimos requerimientos de espacio público. Es precisamente la mala calidad constructiva que tienen las viviendas, la responsable de la contaminación por combustión a leña (Material Particulado 10 y 2.5) que sufren muchas ciudades al sur del nuestro país, afectando la salud de la población. Una vivienda mal aislada y llena de infiltraciones de aire, no permite mantener el calor dentro de la vivienda; y eso, en consecuencia, implica mayor cantidad de energía requerida para generar calor y mantener un ambiente mínimamente confortable.

En el caso de las ciudades del sur, esa energía calórica se genera a partir de la combustión de leña. Y no se puede prohibir el uso de leña, cuando es el recurso energético más barato y asequible para las familias de menores ingresos. No contar con recursos para costear la calefaccionar en un hogar, implica tener que tolerar el frío sin otra alternativa que abrigarse más dentro de la vivienda y en el caso de los adultos mayores, permanecer mayor tiempo dentro de la cama. Por lo tanto, ¿qué hacemos? Si prohibimos el uso de leña, las personas más vulnerables no pueden costear otros combustibles para calefaccionar, lo cual trae como consecuencia problemas de salud de las personas por bajas temperaturas dentro del hogar. Pero su extensivo uso, genera por otro lado, la contaminación atmosférica, que también afecta a la salud de las personas. Si bien hoy contamos con un subsidio de reacondicionamiento térmico y una reglamentación térmica para vivienda, los requerimientos exigidos siguen siendo pocos, sobre todo para la zona sur de nuestro país, que cuenta con climas con frío extremo.

Mejorar la calidad constructiva de una vivienda, no es sólo preocuparse de la aislación térmica. Implica resolver problemas de infiltraciones, puentes térmicos, humedad, garantizar adecuados niveles de ventilación, así como contar con fuentes de calefacción limpias, seguras y con combustible asequibles y disponibles. El desafío de mejorar la calidad de nuestras edificaciones es a toda escala y en todo el territorio, porque no sólo las familias más vulnerables pasan frío en invierno, las familias de clase media también. La vivienda debe garantizar una calidad de ambiente interior saludable y confortable, con los mínimos requerimientos energéticos posibles. Si esto último es de consenso nacional, entonces cabe preguntarse:

¿Cuántos chilenos sufrimos algún tipo de pobreza energética?

Alejandra Cortés. Profesora asistente, departamento de Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile.

Mira la columna de opinión aquí

Pobreza Energética: un desafío complejo para la política pública

En la pasada cuenta pública se planteó una agenda país que busca enfrentar desafíos tales como el desarrollo, la equidad y la inclusión social. Cada uno de estos, requiere comprensiones profundas de sus condicionantes, expresiones e implicancias en la vida de las personas.

Como Red de Pobreza Energética, nos encontramos abocados desde el 2016 a la comprensión de este fenómeno caracterizado por la insuficiencia, mala calidad o poca sostenibilidad de fuentes que permitan a las personas y comunidades cubrir sus necesidades energéticas. En este sentido hay situaciones preocupantes como  la territorialización de la pobreza energética. Por ejemplo, un 46% de la población total que no cuenta con acceso a electricidad se encuentra en el sur de Chile en las regiones del Bio-Bio y la Araucanía, evidenciando la precaria situación que se vive en esa zona del país.

Por otra parte, hay un uso diferenciado de combustibles para calefacción de acuerdo con la zona climática, lo que trae aparejadas consecuencias como el uso de leña en la zona sur donde la contaminación del aire se señala como principal problema ambiental. Confluyen así la costumbre y el costo en acceso a combustibles de bajo costo y altamente contaminantes, lo que sumado a las inadecuadas condiciones del revestimiento térmico de las viviendas, implica un uso  intensivo de combustible para alcanzar el confort térmico.

Por otra parte, un 34% del segmento pobre, así como un 21% de la clase media baja afirman pasar frio en invierno, lo que se debe en gran medida a la falta de aislación de las viviendas y de calefacción para las mismas. La clase media sufre pobreza energética. Finalmente, sobre el gasto familiar en energía, es posible señalar que las familias de menores ingresos gastan un mayor porcentaje de su presupuesto que las familias de mayores ingresos, pero al revisar los valores absolutos (el total de dinero gastado) es mucho menor y no alcanza para cubrir de manera adecuada sus necesidades energéticas.  En otras palabras, las familias de menores ingresos y la clase media realizan un esfuerzo mayor para calefaccionarse y cubrir sus necesidades energéticas. Estas cifras nos muestran que la pobreza energética va más allá del segmento con menos recursos, se extiende a la clase media, y son una expresión más de las profundas desigualdades existentes en nuestro país.

En este sentido, resulta esperanzador el anuncio de una Ruta Energética que declara entre sus tareas centrales la construcción de un Mapa de Vulnerabilidades, que permita localizar las condiciones territoriales, climáticas, económicas y sociales que afectan la capacidad de acceso, uso y sostenibilidad de este recurso. Creemos que este un paso en la dirección correcta, que apunta en parte a un abordaje de la complejidad del fenómeno, pero junto a él debe sumarse otros en orden al establecimiento de mecanismos permanentes de coordinación funcional intersectorial y multiescalar.

La superación de la pobreza energética no debe quedar en manos únicamente de una cartera, como por ejemplo la de Energía, sino que debe ser capaz de articular a todas las instituciones involucradas en todas sus escalas, sólo así se podrá hacer cargo de un problema tan profundo y complejo, facilitando de esta forma, la instalación de sistemas de observación que remitan información oportuna y relevante para la toma de decisiones y la articulación de agentes del mundo público, privado y de la sociedad civil detrás de un horizonte común de bienestar para todos y todas.

Creemos que así podremos avanzar en complejizar la acción del Estado a la hora de enfrentar con decisión y efectividad este y otros fenómenos, antiguos y nuevos, que afectan significativamente la vida de las personas.

Antonieta Urquieta. Profesora Asistente del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile. Jefa de Carrera de Trabajo Social. Doctora en Trabajo Social y políticas comparadas de bienestar social por la Universidad Autónoma de Nuevo León, México. Magister en Trabajo Social y Políticas Sociales de la Universidad de Concepción. Licenciada en Trabajo Social y Asistente Social de la Universidad de Valparaíso.

Columna disponible en Cooperativa

Confort Térmico como derecho humano, la pobreza también es energética

Ya sea leyendo, conversando, escuchando la radio o revisando una “app”, sin duda todos nos enteramos que se venían dias complejos en cuanto a situaciones climáticas se refieren para gran parte de nuestro país. De la misma manera, autoridades y representantes de las empresas de servicios básicos (energía, agua, gas, etc) realizaron sendos llamados a la ciudadanía hacia el autocuidado para la prevención ante desastres socionaturales.

A propósito de esto, hace unos días atrás, en un taller de la Red de Pobreza Energética estas noticias reflotaron en nosotros una de las banderas de nuestra Red: el confort térmico como derecho humano.

Sin duda, una de las construcciones filosófico-jurídicas más importantes en la historia de la humanidad ha sido el reconocimiento de la existencia de los derechos humanos; no sólo por la relevancia de poner al ser humano como su eje y centro, sino por el reconocimiento de su dignidad frente al  Estado y otras entidades.

Esta concepción marca un antes y un después en la relación Estado-Ciudadano-Sociedad Civil, puesto que nos permite advertir una etapa donde estos derechos son un límite a cualquier actividad (estatal o privada)  a favor de los individuos, y las consiguientes obligaciones de respecto, promoción y protección. No en vano, estos principios están consagrados como “Bases” de nuestra institucionalidad en la Constitución Política.

A grandes rasgos, y con fines netamente explicativos, podemos resumir la evolución de los derechos humanos bajo las siguientes clasificaciones:

  1. Derechos humanos de Primera Generación o también llamados: “Derechos Civiles y Políticos”. Reconocidos a partir de la Revolución Francesa, y expresados en la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Son derechos en los que tiene primacía la reivindicación de la autonomía y libertad individual frente al Estado.
  2. Derechos Humanos de Segunda Generación o también conocidos como “Derechos Económicos, Sociales y Culturales” (DESC). Esta nueva generación de derechos humanos exhorta al Estado a asumir un rol activo, exige una actividad positiva por parte de éste. En términos generales, los DESC configuran una “obligación de hacer” del Estado y son de satisfacción progresiva.
  3. Derechos Humanos de Tercera Generación, también llamados “Derechos de los Pueblos o de Solidaridad”. A partir de la segunda mitad del siglo XX, estamos siendo actores-testigos de una nueva “expansión” de las fronteras de los derechos humanos que tratan de responder a los nuevos retos y desafíos, así como a la necesidad de cooperación entre las naciones y de los distintos grupos que lo integran producto de la sostenida interdependencia y globalización mundial.

Entre los “nuevos derechos humanos” que han sido propuestos para formar parte de esta “nueva frontera de los derechos humanos” se encuentran, a modo ilustrativo, los siguientes: el derecho al desarrollo; el derecho al medio ambiente; el derecho a beneficiarse del patrimonio común de la humanidad, el derecho a la asistencia humanitaria, el derecho a la autodeterminación, a la independencia económica y política, a la identidad nacional y cultural, a la paz, a la coexistencia pacífica, al entendimiento y confianza, a la cooperación internacional y regional, a la justicia internacional, al uso de los avances de las ciencias y la tecnología, a la solución de los problemas alimenticios, demográficos, educativos y ecológicos, a proteger el medio ambiente y patrimonio común de la humanidad, a contribuir al progreso que garantice la vida digna y la seguridad humana.

Este nuevo paradigma también ha dejado sentir su influencia en la teoría de los derechos humanos, que cada vez va orientándose más hacia los problemas y necesidades concretas de una nueva categoría de actores aparecidos en la escena nacional e internacional: conflictos étnicos, armamentismo, inmigrantes y refugiados (no sólo producto de guerras sino también por efectos del cambio climático y los desastres naturales), terrorismo de corte religioso, etc.

Producto de la “juventud” de estos nuevos actores y escenarios, la discusión jurídica, filosófica y política entorno a esta nueva generación de derechos humanos no ha sido pacífica, existiendo intensas reticencias y debates entorno a ellos.

Por lo tanto, al hablar de Confort Térmico dentro del estudio de la Pobreza Energética, nos encontraríamos ante un nuevo derecho humano en proceso de formación; “in statu nascendi”, dado que los Estados, principales creadores del Derecho Internacional, se muestran reacios a su reconocimiento en algún instrumento de carácter vinculante o bien, en algunos casos, los vemos incorporados de manera difusa en sus políticas públicas y/o legislaciones locales al abordar sus respectivos conflictos energéticos.

Un enfoque desde la perspectiva de los derechos humanos (considerando al confort térmico como un derecho) nos brinda un marco de análisis en el cual se asume que éstos son propios de la naturaleza humana y deben ser garantizados en el presente y en el futuro; supone entonces, por un lado, un deber de todos los actores tanto de atender a cada una de sus dimensiones (acceso a la energía, calidad de la energía y equidad energética) como al Estado de garantizarlos de manera progresiva.

Julían Cortés Oggero. Programa de Reducción de Riesgos y Desastres (CITRID) / Universidad de Chile. Programa de Riesgo Sísmico (PRS) / Universidad de Chile. Red de Pobreza Energética (RedPE) / Universidad de Chile. julian@dgf.uchile.cl

Columna disponible en El Quinto Poder

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