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Medio ambiente y sustentabilidad de cara a una nueva Constitución para Chile


Estos deben ser temas transversales a la sociedad, resguardados en el amparo de una nueva Constitución, que permita tener un Estado mucho más participativo y que favorezca el trabajo inter, multi y transdiciplinarios hacia una mejora en la eficiencia energética
y la sustentabilidad.

La crisis sociosanitaria que estamos sufriendo hace más de un año nos tiene que servir de aprendizaje para cambiar esquemas y paradigmas que teníamos enquistados en nuestro día a día. En particular, en Chile hemos podido ver cómo los temas de eficiencia energética y sustentabilidad aparecen y desaparecen de la agenda política-social como si fueran cometas.

Es cierto que el discurso sociopolítico de los últimos meses estaba centrado en cómo abordar la pandemia en el país. Y con justa razón. Pero, a pesar de ese tema prioritario, hay una deuda enorme que Chile tiene con el medio ambiente, la sustentabilidad y la eficiencia energética. Ya existen opiniones interesantes en donde se pone de manifiesto la importancia de invertir en ciencia para abordar éste y otros problemas que afectan a nuestra sociedad.

Conseguimos pasar el invierno de 2020 -posiblemente a consecuencia de las restricciones de movilidad en las grandes ciudades- con números no tan malos en cuanto a la calidad del aire. Pero el problema de mejorar los estándares de vida de los ciudadanos sigue vigente, partiendo por la gran cantidad de zonas de sacrificio existentes. Hay muchos problemas ambientales relacionados con un desarrollo feroz que no respeta el ecosistema. Hay poca cultura cívica, pues es normal ver en nuestras calles a ciudadanos que tiran los papeles de envoltorios de caramelos al suelo.

Pronto llegará el otoño, las lluvias y la natural bajada de temperatura, por lo que volveremos a ver esas imágenes repetidas hasta la saciedad de personas con problemas respiratorios asociados a una mala calidad de aire, esperando en los centros médicos a ser atendidos. Una vez más, presenciaremos calles inundadas por problemas de mala gestión territorial. Estas son imágenes que se repiten año tras año y que necesitan una mirada holística con una fuerte base en la ciencia. Sin ir más lejos, este verano vimos cómo una lluvia pronosticada hizo estragos en el centro de nuestro país. Sin lugar a duda, no podemos controlar que llueva más o menos, pero sí podemos tener una mejor gestión de nuestro territorio a fin de construir un futuro más sustentable.

Al mismo tiempo, hay que poner luces sobre la crisis hídrica en la zona centro-sur. Actualmente, falta una visión de Estado que aborde de verdad y con recursos importantes la problemática desde los diferentes aspectos que ella conlleva. En el sur de nuestro país, la radiación solar no es intensa y estamos viendo que, con las reducciones de precipitaciones, nuestros ríos ya no llevan los caudales que se veían en años anteriores. En este contexto, estudios del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes están mostrando que es posible, desde el punto de vista técnico, implementar pequeñas plantas de generación y co-generación geotérmica en esta zona. Se trata de instalaciones que ocupan muy poco espacio, por lo que el impacto ambiental es mínimo, permitiendo la generación de electricidad y calor.

Este viernes 5 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Eficiencia Energética y son muchos los desafíos que tenemos por delante si aspiramos a un Chile más sustentable. Quizá esta pandemia nos abrió un poco más nuestra visión hacia una sociedad más justa e igualitaria. Pero aún quedan muchos retos por delante, especialmente entendiendo el contexto social y político que estamos enfrentando desde el estallido social. Debemos tomar conciencia que el medio ambiente y la sustentabilidad no tienen color político. Deben ser temas transversales a la sociedad, resguardados en el amparo de una nueva Constitución, que permita tener un Estado mucho más participativo y que favorezca el trabajo inter, multi y transdiciplinario hacia una mejora en la eficiencia energética y la sustentabilidad.

Diego Morata. Director del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes y académico del Departamento Geología de la Universidad de Chile. Gerente de EBP Chile y Directora de Espacio Público. Es parte de la Red Transdisciplinar ENEAS de la Universidad de Chile y también de la Red de Pobreza Energética.

Reportaje disponible en el dínamo

Recuperación Post-Pandemia: Una Oportunidad para Avanzar en Justicia Ambiental

 

RECUPERACIÓN POST-PANDEMIA: UNA OPORTUNIDAD PARA AVANZAR EN JUSTICIA AMBIENTAL

El acontecer nacional de los últimos meses marcará nuestras vidas y el devenir de importantes procesos económicos, políticos y socioculturales, por lo que es fundamental hacernos cargo de los problemas actuales y tomar las decisiones urgentes para el futuro cercano.

Hace casi un año tuvimos que aprender con dureza que nuestra sociedad es mucho más desigual de lo que estábamos dispuestos a asumir y, solo unos meses después, una pandemia global desnudó aún más nuestras profundas diferencias y acrecentó las brechas existentes.

Hemos visto que parte importante de las desigualdades actuales se expresan en las condiciones de habitabilidad, el acceso a servicios básicos y la posibilidad de vivir en ambientes libres de contaminación. Así, las comunas menos afectadas por la pandemia son las más acomodadas y las personas en ciudades contaminadas son más vulnerables. Hoy al virus y, permanentemente, al cambio climático. Este último, ha ido profundizando las condiciones de desigualdad existentes.

Sequías, incendios, aluviones, ya son parte de nuestros desastres regulares, mientras recién comenzamos a comprender el nuevo clima en el que vivimos y el desigual impacto de desastres que empeoran las condiciones de vida de los más vulnerables y generan mayores dificultades para los países en vías de desarrollo. A lo anterior se suman profundas transformaciones socioculturales que están ocurriendo como la automatización, digitalización y cierre de innumerables fuentes laborales.

En un escenario como éste, tenemos la oportunidad de reinventarnos, definir reglas para una economía circular y una gobernanza policéntrica, modificar la enseñanza y sus contenidos, mejorar el acceso a servicios básicos y fortalecer derechos sociales. Debemos poner los incentivos adecuados, avanzar en las restricciones necesarias e impulsar nuevos modelos de desarrollo.

En este contexto, las energías renovables son una oportunidad para el desarrollo local, junto a esfuerzos de gran escala para avanzar en eficiencia energética, la coordinación intersectorial, la generación de nuevas oportunidades laborales y el impulso a la innovación local.

Las decisiones de hoy definirán el país del futuro

Gentileza Revista ACERA

Publicación disponible AQUÍ

Por qué el futuro de la universidad es interdisciplinario


Producto de una marcada concentración en la formación de las disciplinas, las universidades chilenas no se han preparado para responder ante problemas complejos como el COVID-19 ni proponer caminos para que la sociedad pueda enfrentarlos, sostienen los autores de esta columna. Ven esta crisis como una oportunidad para pensar un nuevo tipo de ciencia, interdisciplinaria, y con énfasis en la formación de profesionales conectados “con los problemas del país”

Gentileza: Ciper Académico.
Autores: Andree Henríquez, Anahí Urquiza, Julio Labraña y Marco Billi 

La pandemia tiene efectos en múltiples áreas. Es un problema de salud pública; y es también un desafío político y jurídico que pone en tensión la necesidad del bienestar general de la población con el sacrificio de algunos derechos fundamentales de la democracia, como es el derecho al libre tránsito frente a la cuarentena. Es un tema económico, si se considera el reto de garantizar el ingreso de las familias y el crecimiento económico sin comprometer el desarrollo sostenible. Desde una mirada más abstracta, la pandemia es, por una parte, tema de las ciencias sociales, ya que requiere de la comprensión acabada de la sociedad para tomar las decisiones públicas que tengan mayores posibilidades de éxito. Y es un tema de las ciencias naturales, cuando existe la urgencia de producir conocimiento sin sacrificar los estándares de rigurosidad de la investigación, como el caso de la búsqueda acelerada de una vacuna sin que sus efectos colaterales sean mayores que sus beneficios.

En este nuevo contexto, se aboga por un rol activo de los/as científicos/as para guiar la toma de decisiones y resolver la emergencia (Sevilla, Nájera & Pérez, 2020). Los especialistas son invitados a conformar mesas de trabajo nacionales e internacionales, los medios de comunicación buscan contar con sus opiniones, se generan documentos de trabajos, webinars, gobiernos aportan financiamientos especiales e incluso las empresas parecen estar dispuestas a dejar su reticencia para contribuir a la investigación. Sin embargo, ¿está la ciencia en condiciones de dar respuesta a las expectativas que plantea la toma de decisiones en el contexto de complejidad que estamos enfrentando?

Abordar esta pregunta requiere, primero, reconocer que los procesos de producción, reproducción y diseminación científica se dan en nuestras sociedades, principalmente, dentro de los marcos institucionales universitarios: instituciones que hasta hace unos pocos meses eran foco de crítica, por asemejarse a una “torre de marfil”, donde sus miembros se concentraban solo en la publicación científica, sin una estrecha vinculación con las necesidades reales de la población; o, desde la vereda opuesta, por haberse convertido en instituciones politizadas, donde la reflexión se subordinaba a intereses políticos.

Si bien el actual contexto ha llevado a una parcial revalorización de las universidades y del conocimiento que en ellas se produce, en buena medida debido a la renovada relevancia que la pandemia ha otorgado a la evidencia científica, tanto en los espacios de toma de decisión como en la opinión pública, justamente esta misma relevancia obliga a repensar en profundidad los desafíos que estas instituciones encuentran al abordar problemas sociales complejos y urgentes como el que estamos viviendo. Desde esta perspectiva, parece evidente que uno de los principales obstáculos a este respecto, reside en la primacía de cierto ‘discurso’ hegemónico en relación con los fines que debiesen perseguir estas instituciones, expresada en el llamado modelo de ‘la universidad de investigación de clase mundial’ (world-class research university).

Dicha idea se origina históricamente en la opción de las instituciones modernas de educación superior por estructurarse, en función de una organización disciplinar del conocimiento que, según Kant (1798/1979), garantizaba su autonomía y libertad frente a los poderes políticos. La fundación de la Universidad de Berlín en 1810, guiada por la concepción humboldtiana de la universidad como espacio de desarrollo de docencia informada por descubrimientos disciplinares (Humboldt, 1810/1956), marcó los orígenes de la expansión de este paradigma a nivel global y el desprestigio de formas de conocimiento que no pudiesen ser entendidos desde un enfoque disciplinar (Hassan, 2003). Si bien, gracias a su influencia y éxito histórico, este paradigma aún atraviesa las funciones y organización de la universidad, desde hace algunas décadas ha ido gradualmente siendo cuestionado, por las dificultades que enfrenta para abordar la complejidad actual.

Cuatro factores pueden explicar esta transformación de la comprensión de la universidad en nuestros días. El primero es la dinámica de las disciplinas científicas que ha conducido a su creciente especialización y, paradójicamente, su alejamiento respecto de un mundo de la vida común, contribuyendo a su desprestigio social (Luhmann, 1996). A continuación, la masificación de la educación superior, expresada en un aumento en el número de estudiantes con características heterogéneas, no siempre pre-socializados en el marco tradicional de las disciplinas científicas, lo que conllevó el reto para las universidades de reconocer la existencia de formas de conocimiento no hegemónicas (Marginson, 2016). En una dirección similar, la centralidad de las nuevas tecnologías extendió el alcance de los descubrimientos disciplinares más allá de las comunidades académicas, resultando en un terreno fértil para su crítica, que se puede ver hoy, por ejemplo, en los gobiernos que mediante una manipulación de la información científica disponible optan por posicionarse directamente en contra del consenso de los investigadores sobre los orígenes y alcances del cambio climático (Barbier, 2015). Finalmente, la emergencia de un discurso que ancla generación y transmisión de conocimiento con desarrollo social y económico—sea en la forma de sociedad del conocimiento, sociedad del información o sociedad postindustrial (Steinbicker, 2011)—redundó en que la superioridad del conocimiento disciplinar per se sea puesta en cuestión, asignando relevancia, en cambio, a su capacidad de ser convertido en un insumo para el proceso de toma de decisiones en áreas no académicas (Maríñez, Labraña & Matus, 2019).

Estos cuatro factores —especialización disciplinar, masificación, digitalización y sociedad del conocimiento— han debilitado las bases de la idea de la superioridad universal del saber dividido en enfoques disciplinares. En este contexto, la actual pandemia, con su demanda por un tratamiento interdisciplinar de los problemas, profundiza una crisis ya presente en las instituciones de educación superior a nivel global: cómo justificar su relevancia ante un escenario en que la mera idea del progreso disciplinar ya no es suficiente desde el punto de vista de su misión (Barnett, 2000; Derrida, 2002; Baecker, 2007).

El sistema chileno de la educación superior no escapa a estos debates. Si bien su desarrollo disciplinar fue tardío en comparación al contexto europeo, hoy posee comunidades académicas consolidadas con crecientes vínculos a nivel internacional (Santelices, 2015). La comprensión de las universidades centrada en el perfeccionamiento de las disciplinas sigue siendo dominante, especialmente entre académicos (carreras académicas, legitimidad de centros de investigación por publicaciones indizadas en Web of Science antes que por su capacidad de resolver problemas en sus territorios, posición en rankings nacionales e internacionales de calidad de las universidades, etc.), pero también entre los tomadores de decisiones en el área (definición de financiamientos, dimensiones de acreditaciones, menor puntaje asignado a la publicación en revistas interdisciplinarias, etc.).

Como resultado de lo anterior, los programas de evaluación de rendimiento docente, las políticas públicas para el financiamiento de la investigación y los sistemas de aseguramiento de la calidad, entre otros órganos responsables de la evolución del sistema, tienden a asignar una importancia central al número de publicaciones en revistas indizadas altamente especializadas, sin mayor atención a la capacidad de las universidades de avanzar en prácticas interdisciplinares y resolver problemas complejos.

Si bien la especialización disciplinar es una necesidad, al menos, para los procesos de formación e investigación científica, el problema radica cuando esta se transforma en un pilar monolítico y panóptico del quehacer completo de las universidades. Este camino ha implicado que la ciencia pierda parte de su capacidad de comprender los problemas en su complejidad y, por lo tanto, proponer caminos de acción para la sociedad en su conjunto.

Por estas razones, retomando la pregunta planteada en un comienzo, se podría afirmar que la ciencia, y las universidades en particular, no están preparadas para entregar respuestas articuladas a la complejidad que nos plantea el COVID 19, debido a un exacerbado enfoque disciplinar sobre el cual se han fundado y desarrollado en los últimos siglos. Pero a la vez esta crisis nos plantea el desafío de comenzar a pensar un nuevo tipo de ciencia donde la interdisciplina y la transdisciplina sean pilares fundamentales de todo el quehacer universitario, con especial relevancia en la formación de profesionales e investigación conectada con los problemas país y de cara a los desafíos que la humanidad presenta para su futuro y existencia en este planeta.

29/08/2018

Andree Henríquez.

Anahí Urquiza.

Julio Labraña.

Marco Billi.

Reportaje disponible en ciperchile.cl

Seminario “Pasado, presente y futuro de la calificación energética de viviendas”

Durante la mañana del viernes 09 de noviembre y ante la presencia de alrededor de 60 personas,se llevó a cabo el seminario abierto “Pasado, presente y futuro de la calificación energética de viviendas” en el Auditorio de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. El objetivo del encuentro fue analizar el valor de la herramienta de Calificación Energética en Viviendas (CEV) creada por los ministerios de Medio Ambiente y Energía, desde la perspectiva del negocio inmobiliario privado y público, reflexionando sobre las oportunidades estratégicas que dan valor a este servicio profesional, entendiendo el contexto que se desarrolla en el país.

La jornada comenzó con la presentación del arquitecto de la Universidad Andrés Bello y Master of Arts in Architecture Technology de la Universidad de Nottingham, John Fookes. Fookes presentó un resumen de las políticas medioambientales y energéticas a nivel mundial y local, además de mostrar el escenario nacional sobre  sustentabilidad, poniendo énfasis en la necesidad de implementar nuevos estándares que obliguen a mejorar la construcción en este ámbito.
El segundo en presentar fue el constructor civil de la Universidad Católica y Doctor en Gestión y Valorización Urbana de la Universidad Politécnica de Cataluña, Carlos Aguirre. El expositor presentó sobre los factores que influyen en la construcción en Chile, como el tiempo de obra, los costos y la calidad  de las  viviendas. Además, Aguirre se centró en explicar cómo la desigualdad social se ha convertido en una condición relavante que dismuye las posibilidades que tienen los chilenos al momento de escoger su hogar.
Cerrando la jornada, el constructor civil de la Universidad Católica, ingeniero industrial y Master en Economía Energética de la Universidad Santa María, José Torres, se encargó de caracterizar el proceso de construcción en Chile. Torres realizó un paso a paso sobre los factores que influyen en la construcción de viviendas, como el etiquetado energético, las horas de confort y las fallas que presenta cada espacio.

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