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Desafíos energéticos: el rol de la sociedad civil en la transición energética chilena

Durante los últimos años, las energías renovables han penetrado raudamente en la matriz energética del país. En el año 2017, la generación con este tipo de fuentes representó el 43% de la producción energética y se espera que para el año 2030 alcance el 75%, según lo planteado en el último reporte mensual entregado por las Generadoras de Chile.

Ante este escenario, resulta clave orientar dicho proceso con miras a una transición energética sostenible. Resolver esta problemática no sólo pasa por una dimensión tecnológica en torno a la generación, transmisión, distribución y almacenamiento, sino también implica una dimensión sociocultural, donde la inserción y participación de las personas permitan que esta transición lleve a la sostenibilidad energética esperada.

El proceso de transición hacia una matriz energética sostenible requiere nuevas y/o renovadas relaciones entre los diversos actores involucrados, tales como el Estado, privados, ONGs, fundaciones, academia y comunidades, estableciendo cooperación recíproca y permanente, lo cual genere un marco de confianza y un incremento del bienestar social. Lo anterior ya fue reconocido, impulsado y promovido en la Agenda 2030, cuando en el año 2015, Chile adoptó el compromiso de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS), acción que busca mejorar la calidad la vida de las personas a través de energías asequibles y no contaminantes, entre otros fines, lo cual se ve reforzado con el sello ciudadano de la Ruta Energética 2018-2022 de la actual administración.

Alcanzar esta meta en los próximos años requiere del compromiso y la participación activa de todos los actores, es decir, el gobierno, el sector privado y la sociedad civil, siendo esta última una componente clave para que la transición energética sea exitosa; forjando de esta forma una cultura energética sostenible. Ante ello, cabe preguntarse: ¿Cómo se está incorporando la sociedad civil a esta transición energética?

Existen muchas formas. Algunas de ellas comprenden la participación: informativa, consultiva, cogestión, control y asociación, entre otras. La participación consultiva ha sido mayormente utilizada por el Estado en los últimos años, hecho que se aprecia al revisar el Programa Comuna Energética y el Plan Ruta Energética, donde se registran las necesidades y prioridades ciudadanas que permiten formular los lineamientos y/o proyectos en torno a las energías renovables. Sin embargo, la participación consultiva es sólo uno de varios instrumentos correlacionados para abordar la incorporación de la ciudadanía. Por lo tanto, es necesario promover una participación empoderada que incorpore una mayor cantidad de herramientas participativas y de actores.

Un ejemplo concreto de esto último es la ejecución de proyectos de energías renovables y gestión local, cuyo objetivo es el desarrollo social sostenible por medio de soluciones energéticas locales que poseen la potencialidad de integrar las opiniones, propuestas y capacidades de las personas en el diseño, implementación y evaluación de la intervención energética en el corto, mediano y largo plazo, dotando así de mayor protagonismo a la comunidad local durante todo el proceso.

Precisamente en torno a este tipo de iniciativas, la academia, como un actor de la sociedad civil, y en coherencia con su misión de desarrollar conocimientos al servicio del bienestar de la población, puede desempeñar un rol relevante al desarrollar proyectos de gestión local de recursos con energías renovables, en la medida que estos proyectos sean capaces de otorgarle un rol protagónico a las comunidades. Nuevos horizontes de desarrollo, orientados a lograr formas de empoderamiento efectivo y transferencia tecnológica para la gestión local, entendiendo esto como un desafío altamente complejo, donde se debe entregar y producir conocimiento a través de procesos de diálogo y organización local, son parte de esta meta.

Este tipo de iniciativa ofrece la potencialidad de facilitar el proceso de transición energética, puesto que abre espacios de empoderamiento a las personas, abarcando los ámbitos informativos, educativos, consultivos, cogestión, control y asociación. En concreto, entrega seguridad a las comunidades al derribar las barreras de desinformación en torno a las energías renovables, visibilizando los recursos y oportunidades locales, que harán que esta transición lleve a la sostenibilidad energética deseada.

En este marco, para promover un proceso de transición energética en Chile, es necesario abordar la dimensión sociocultural y generar espacios de participación que sean capaces de otorgar protagonismo a las comunidades, creando experiencias de gestión local de recursos con miras a un desarrollo sostenible definido desde la propia ciudadanía.

Por lo tanto, el compromiso de todos los actores involucrados es fundamental para promover y ejecutar los diversos proyectos en materia de energías renovables y gestión local. El éxito del proceso de transición energética recaerá en que cada actor de la sociedad cumpla su rol para así  poder avanzar de forma integral en la disminución de la pobreza energética.

Ericka Osses. Asistente de línea energías renovables y gestión local, especialista en arquitectura, planificación y diseño de entorno

Mauricio Muñoz. Especialista en geología y geotermia CEGA U. de Chile

Columna disponible en El Quinto Poder

Desafíos y necesidades energéticas que Chile enfrenta ante la OCDE

En el 2010 se anunciaba con gran orgullo el ingreso de Chile al selecto grupo de la Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE), el club de los países ricos como la jerga pública había acuñado para estas naciones con más de medio siglo de historia colaborativa, siendo Chile el primer representante sudamericano en alcanzar dicho status.

Ser parte del grupo OCDE, desde una mirada socioambiental, reviste ciertas “curiosidades”. Por ejemplo, se observaba como nuestra economía basada en la explotación de los recursos naturales, se incorporaba al grupo OCDE, asimilándose a sólo uno de los entonces 30 miembros, constituyendo casi una particularidad frente a “pares” cuyas economías se sustentan en otros desarrollos productivos. Por otra parte,  la intensidad del CO2 y de la energía se han reducido más lentamente que en otros países “pares”, pese a que, en el año 2015, a raíz del Acuerdo de París, la nación comprometió la reducción de la intensidad de las emisiones de gases de efecto invernadero. El posible éxito en la verificación de este compromiso va a depender fuertemente del sector energético, responsable del 77% de las emisiones de gases de efecto invernadero en Chile.

También resulta curioso que la matriz energética indicara casi un 20% de satisfacción de las demandas a partir de combustión de biomasa, es decir, leña como forma más básica de uso de renovables no convencionales, y que la dependencia de fuentes energéticas alcanzara a más de un 75% de fuentes importadas, que en el caso del petróleo llega a un 99%. Todo lo anterior redunda en un delicado equilibrio de la sustentabilidad del abastecimiento energético mediante incertidumbre frente a los vaivenes de la economía mundial.

Frente a estos desafíos, Chile ha propuesto una ruta en la modificación de su matriz energética. Se ha incorporado la participación ciudadana, tendiendo hacia el incremento de fuentes renovables a tasas crecientes y con metas claras. Así, por ejemplo, desde el año 2014 ha habido avances en el sector eléctrico mediante subastas de energía, ley de transmisión del 2016, conexiones adicionales a la red existente y la publicación de una Política de Energía 2050, reforzando incentivos a la inversión en fuentes renovables que debiesen aportar un 70% de la electricidad en tres décadas más. Lo anterior conlleva a realizar inversiones cuantiosas en infraestructura para reforzar la red, tender hacia un equilibrio entre la oferta y demanda de electricidad, que evite intermitencias y por ello reduzca el riesgo de apagones y la volatilidad de los precios.

Todo lo anterior pone de manifiesto la necesidad de explorar fuentes locales de energía e incorporar conceptos como la calefacción distrital y la implementación efectiva de prácticas que apunten hacia la eficiencia energética y su internalización a nivel doméstico. En este punto nos planteamos la inquietud respecto de la necesidad de contar con un suministro de fuentes renovables que sea continuo y sincrónico con la demanda de energía por los distintos agentes económicos. Si la mayor parte de fuentes renovables sigue proviniendo de la biomasa en forma de leña, como ha sido tradicionalmente, es válido cuestionarse si otras formas alternativas de biomasa o los productos de su transformación estarán disponibles en forma oportuna y local.

Acá surgen nuevas inquietudes y el concepto emergente de la pobreza energética, el que se manifiesta cuando no se dispone de energía suficiente para cubrir las necesidades fundamentales y básicas, considerando tanto lo establecido por la sociedad (lo objetivo) como por sus integrantes (lo subjetivo). Esto quiere decir que un hogar energéticamente pobre no cuenta con la capacidad de acceder a fuentes de energía limpias que le permitan decidir entre una gama suficiente de servicios energéticos de alta calidad (adecuados, confiables, sustentables y seguros), que permitan sostener el desarrollo humano y económico de sus miembros.

Los niveles de pobreza energética son fuente de preocupación y su correcta valoración e incidencia va a depender de muchos factores, tales como la densidad poblacional, la actividad económica local, la conexión a sistemas de distribución y el mosaico de posibilidades que ofrece la oferta de fuentes renovables en un país tan singular como el nuestro, con una extensión latitudinal continental que abarca 38 paralelos de norte a sur y explican la presencia de 7 de los 9 tipos de climas existentes y las más diversa expresión de tipos de suelo.

Este escenario invita a hacer esfuerzos para realizar un adecuado dimensionamiento de la pobreza energética, lo que requiere generar una cartografía basada en la superposición de coberturas con diversa información y la unión de criterios para poder, en un futuro cercano, generar estrategias que apunten hacia la superación de la pobreza energética y al adecuado ordenamiento territorial, para finalmente ser dignos representantes de la OCDE.

Alejandro García. Académico, Facultad de Ciencias Forestales y Conservación de la Naturaleza, Universidad de Chile. Investigador Red de Pobreza Energética.

Patricio Mendoza. Académico, Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Universidad de Chile. Investigador Red de Pobreza Energética.

Columna disponible en El Quinto PoderClick Here

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